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Juan sin Credo

Arropados en el calor del público

Arropados en el calor del público

Estábamos jugando con las bolas de nieve cuando de una de ellas se desgajo un trozo de hielo en dónde estaba insertada una minicápsula del tiempo que contenía una documento sobre nuestro idolatrado Juan sin Credo, muestra de su importancia y conocimiento para los lectores de su época. Realizadas nuestras oportunas investigaciones, parece ser que tan ávido lector era un tal Postrergénito López, residente en la Villa de Vallecas y pastor de profesión. Cedemos, pues, el espacio a su pensamiento.

Me apeteció en ese momento de tranquilidad, en parte por el frío reinante que hacía en el exterior, impidiéndome salir a la calle a realizar ciertos recados, ya, también, porque me había quedado un momento solo, (repito ¡¡Solo!!) Momentos, como digo, únicos donde el individuo reaparece con una sonrisa de placer por encontrarse a sí mismo, ordenando su alteridad en relación al caos y la insignificancia de la muchedumbre universal.

Insisto en que en esos momentos, una de las tareas más gratificantes que me quedan por hacer es volver a releer los añosos archivos de uno de mis críticos de la cultura favoritos, el atrevido opinador Juan sin Credo. Sin más dilación ni tiempo que perder, dejo paso a sus palabras, fiel reflejo de una situación verídica en las que se intercalan voces amables de la fantasía que hacen aún más ameno su relato.

(María Pastor es Molly)

…Últimos días de noviembre, el frío se apodera de nuestro confort de gas natural y de emisiones o calentamiento global. Parecemos alimañas encogidas, sin ánima ni cuerpo, que garabateamos el alquitrán en la búsqueda de un nuevo confort, una nueva calefacción que nos permita desentumecer nuestras extremidades agarrotadas de insecto aterido.

Por fin hemos llegado, la Sala Guindalera monta Molly Sweeney de Brian Friel; nosotros sin ningún tipo de equipaje cultural ni referencia alguna, acaso nada más que la invitación del maestro Juan Antonio , nos acomodamos en nuestras butacas decididos a recordar.

Como conoceréis, la Sala Guindalera está dedicada a la innovación en torno al Teatro de Texto y con Brian Friel acierta de lleno. Éste es hermoso, conmovedor, emotivo. La historia de unos perdedores, capitaneados por Molly Sweenny, en la búsqueda de un nuevo significado que les redima y les oriente, cala hondo en los espectadores; enciende la reflexión sobre la idoneidad de emprender cualquier acción que pueda cambiar significativamente nuestra existencia.

(Elenco de la obra)

La puesta en escena es sobria y simbólica, apenas tres sillas, una para cada personaje, arribadas en una pequeña tarima individual, cubierta con una alfombra blanca que finaliza en otra perpendicular que va de derecha a izquierda y poco más. Las técnicas audiovisuales se adecuan con acierto y naturalidad a la acción dramática y es digno de mencionar el último cuadro que con un fondo de foco blanco proyectado sobre la tela oscura sirve como ventana del más allá al que regresa Molly después de habernos narrado su experiencia. Por último, el vestuario se resume en seda contemporánea de discretos tonos neutros que otorga cierto toque de elegancia.

María Pastor le da voz a la palabra sencilla de Molly Sweenny, una joven y sensible irlandesa, ciega desde los diez meses - criada al calor sensato de su padre, puesto que su madre frecuenta durante largos periodos estancias en los frenopáticos- que decide operarse de la vista gracias a la insistencia de su inestable marido Frank, y el prestigioso derrotado doctor Rice. La actriz principal transmite la fuerza y tensión que requiere el drama vital de Molly con el empleo equilibrado de los diversos tonos y registros necesarios para mostrar la melancolía del personaje que ha perdido la seguridad en sí misma –el sentido de su vida- al recobrar parcialmente la vista. También es acertado el cambio de ritmo o punto de inflexión, que empieza a resquebrajar esa imagen serena de Molly, cuando Ana Pastor nos deleita con un paso de baile de ambientación folclórica para sorprender nuestro mutismo, justo la noche antes de la operación que cambiaría la vida sencilla y feliz de Molly Sweenney.

(María bailando, santo y seña de Guindalera)

Frank y el Dr Rice son meros comparsas que arquitectan e inducen la transformación del frágil edificio de Molly hacia la ruina mental. Frank, encarnado por el televisivo Raúl Fernández, es un alocado aventurero sin destino que irrumpe a tierra quemada en los pacienzudos y frescos pastos donde se mece la vida de Molly. Disparatado, efusivo y temperamental, Frank embelesa de emoción, por ser su contrapunto más perfecto, la tranquila existencia invidente de Molly. Mi impresión es que Raúl Fernández no gradúa con exactitud los límites de la verosimilitud de su personaje y lo tiraniza hacia el imperio de la bufonización, que en cierto modo aligera la densidad trágica de la obra, relajando en carcajadas al espectador.

El Dr. Rice encarna la figura del intelectual y científico refugiado en un condado remoto que tiene como especialidad gastronómica el licor del grano del cereal malteado. Al trago de las dosis de ese licor le llegan las voces de la añoranza del torbellino cosmopolita de su pasado, donde se han quedado, fugados en adulterio, los cuerpos de su mujer con uno de sus mejores amigos.

(El doctor Rice con Molly)

Ese fracaso le lleva a cometer el proyecto faraónico de intentar devolverle la vista a Molly Swenny, a pesar de ser consciente del bajo índice de posibilidades de éxito. No se plantea la posibilidad de sumir a la protagonista en la desgracia moral y mental, como al final sucederá, porque sólo busca en el fondo su propia satisfacción. El personaje del Dr. Rice utiliza a la candorosa Molly en aras de su egoísmo para resarcirse del propio fracaso vital en el que está ahogando su vida.

José Maya sabe darle sustento necesario al rol actancial que representa la figura del Dr. Rice para mostrarlo creíble al espectador, con ese tono interesante y pausado que debe ofrecer un profesional de las capas altas: liberal y cínico. Aunque algunas veces se le presienta el lanzamiento de globos de texto a los rincones de su memoria, se le agradece el conseguido dualismo que establece con su antagonista Frank, creando un posicionamiento de simpatías repartido por el público.

(Raúl Fernández)

Para finalizar, concluiré con la puesta en escena -el montaje de la compañía- palabras ígneas que incendian estructuras preconcebidas cuando las pronuncia un crítico, porque se piensa que se pone en tela de juicio todo el valor y el esfuerzo del trabajo de una compañía, cuando resulta que el crítico no es más que un ignorante, al igual que posiblemente el resto de los espectadores que asisten a la obra, que pretende mejorar con su crítica la propia visión que él mismo ha tenido en la recepción del espectáculo teatral.

Brian Fiel nos llega mediante textos narrativos orales, en una sarta dinámica de tres voces complementarias, cuyo vértice se halla en la protagonista, realizada, como habíamos señalado, por María Pastor. Monólogo tras monólogo, sin apenas interacción entre los personajes -salvando un baile conjunto entre el matrimonio y un diálogo referido por la narración de Frank- se le va desgranando al público, con un hilo retrospectivo, ese suceso de la memoria, contado por boca de los mismos protagonistas, articulándose la historia ante el público como las piezas de un puzzle caleidoscópico.

En definitiva, montaje híbrido donde el espectador nota la ausencia y el calor de las réplicas y contrarréplicas que ofrecen el diálogo entre los actores, pasando a ser la parte activa de la comunicación textual del personaje. Esta vez nos tocó ser la mirada del tú y no ese ”escudriñas” al que le divierte mirar cómo hablan los otros…

(La nebulosa de Friel)

Dicen que vuelta al frío de las calles, azotaba en la garganta el viento en Diego de León, dicen que se fue incubando este texto como un virus, dicen que al tercer día con 38 º de fiebre. Así son los textos críticos de mi admirado Juan sin Credo, enfebrecidos y directos hacia la consecución de una voz propia, personal, compartida en la tarea de crear espacios de reflexión. Permítanme que les abandone, pero tengo que ponerme el termómetro y me parece que he vuelto a dejar de estar solo.

Regala Guindalera por Navidad

Regala Guindalera por Navidad

 

Científicos futuristas, Científicos futuristas, Científicos futuristas, machacaban parpadeantes los leds de la pantalla de aviso de nuestra Central de Alarmas. El mensaje provenía de la ciudad de Ballybeg, perteneciente al condado de Donegal, en la lejana y católica Irlanda. En seguida nos pusimos en marcha con toda nuestra parafernalia técnica de medidores de frecuencia. En un santiamén aterrizamos con una de nuestras naves intertemporales en la verde campiña irlandesa, aproximadamente, a primeros de agosto de 1936. Mes elegido, según la tradición celta, para celebrar la fiesta de la Lughnasa.

El misterio del asunto venía provocado por una vetusta radio Marconi que, debido a unas graves interferencias, lanzaba unos extraños mensajes incomprensibles, mitad en gaélico, mitad en castellano. Para subsanar el problema del idioma irlandés, tuvimos que contar con la presencia de nuestro querido y añorado Marcos Byth Dha Honen. El resto ya lo solucionamos nosotros. ¡Cómo no! No podía ser de otra manera. Nos encontramos con otro documento de nuestro idolatrado nihilista cartesiano Juan sin Credo.

Dicho texto se refería a la obra maestra del reciente octogenario Brian Friel, Bailando en Lughanasa, bajo la dirección de Juan Pastor en la Sala la Guindalera, con fecha de 12 de diciembre del 2009 a las 20:00 horas. Al no querer retardar apenas una consonante de las palabras de nuestro tan denostado crítico, arrojamos su hilarante pensamiento para regocijo de sus únicos y fieles lectores.

(Michael y su familia)

Había dejado reservadas dos entradas de precio reducido, motivo por el que llegué a la taquilla con una hora de antelación. Me tocó esperar a mi amiga Zeniala Volvoreta en el bar que está al lado del teatro, en donde ponen las cortezas más resecas de toda la cristiandad. Allí estuvo Teresa Valentín hablando con unas amigas que ya habían visto el montaje por los años del Pradillo. Vino Zeniala, entramos con el tiempo justo y tuvimos que sentarnos al pie de escenario, en el banco que se encuentra cerca de la entrada.

Este espacio escénico se dividirá en dos partes, una exterior -el jardín donde el pequeño Michael jugará con sus horrorosas cometas- y otra interior -la casa de las hermanas Mundy- lugar en el cual ocurren la mayoría de las escenas. Un hogar cálido, donde predomina la madera; mesas y sillas de cocina. Además de la intermitente radio Marconi, el artilugio de la modernidad que vertebrará, con sus numerosas canciones, el hilo narrativo del recuerdo del protagonista.

(Bailando)

Por tanto, dos planos, el actual, relatado por Michael, y el de la memoria, centrado en los acontecimientos previos a la desmembración de su familia, justo a principios de agosto de 1936, cuando se celebra la fiesta de la Lughnasa. La pieza se abre y se cierra con la melodía del tema Morning has broken de Yusuf Islam. Otros importantes hitos musicales, que podemos destacar dentro de la puesta en escena, son las realizadas por Josephine Bater, Edith Piaf y Ella Fitzgerald, así como la música folclórica irlandesa. La coreografía de alguna de estas canciones marcará el momento culminante de tensión dramática de la pieza. Es digno de reseñar la escena en la que están todas las mujeres bailando, presas de la emoción por la idea de poder asistir a Lughansa, hasta que se estropea la radio y se quedan vacías, hundidas, huecas.

Ya hemos hablado del decorado y de la importante ambientación musical de la obra. El vestuario es gris, monótono, pobre. Destacan las grandes botas de tres de las actrices, que les sirven para zapatear en la pequeña tarima de madera de la zona interior. El vestuario del padre Jack es más variado, sobre todo en sus enormes chaquetas de lana. Michael viste un elegante traje de pana y el vestuario de Gerry es más vistoso y colorido.

(Cris en pleno paroxismo)

Del elenco sólo se puede hablar maravillas. El trabajo del grupo actoral está muy elaborado y el espectador se deleita en la contemplación de esas vidas ilusorias expuestas a los ojos de una ficción que se transforman en unas figuras sensibles, humanas, repletas de realidad. Para mi gusto es quizás la figura de Gerry Evans, Álex Tormo, la que desentona, levemente, el tono realista propuesto por el resto de actores.

Poco he de decir de la profesionalidad de Juan Pastor, que desempeña el papel de Padre Jack, y del televisivo, Raúl Fernández, Michael, sino que, junto a mi admirada, María Pastor, que protagoniza el papel de Cris, son la columna vertebral de la obra. Juan por su presencia en escena, Raúl por su torrente de voz melódica y María, por su sencillez y su fuerza escénica, destacan y arrastran al resto del grupo.

(La dulce Cris y el granuja de Gerry)

Aún así, no hay que echar de menos a las demás actrices del reparto. Personalmente, me quedo con Kate, Victoria dal Vera. Su papel de hermana mayor -frustrada por toda una serie de complejos provenientes del choque entre la realidad moral y sus deseos y pasiones que la convierten en una amargada- está realizado de una manera magistral. Por otro lado Maggie, Agnes y Rose, Elia Muñoz, Yolanda Robles y Carmen Gutiérrez respectivamente, también tienen su peso específico dentro de la obra.

En definitiva, una bonita historia que colma las expectativas de un espectador que va al teatro con el fin de pasar un rato agradable sin experimentos ni estridencias. Una puesta en escena donde el baile supone una liberación de las pasiones ocultas y que permite el paso al desahogo de un dolor presente y a otro mayor que se sospecha venidero.

(La malamada Kate)

Dicen que Zeniala Volvoreta y Juan sin Credo salieron satisfechos y fueron a cenar a una taberna de los alrededores, donde, más tarde, se encontraron con el grupo de actores. Dicen que Juan sin Credo mostró su agradecimiento a la sonrisa de María Pastor y a la simpatía de Raúl Fernández. Dicen que Zeniala Volvoreta y Juan sin Credo se marcharon a bailar, descubriendo un mundo que ya no les pertenecía. Dicen que Juan sin Credo dijo: -Será que me estoy convirtiendo en un clásico-

Un billete gratuito para un viaje mental (y II)

Un billete gratuito para un viaje mental (y II)

 

Después de haber intentado mostrar las características generales del lirismo en Espacio, continuaremos con un análisis más pormenorizado de la estructura y del contenido simbólico de dicho texto. Para ello hemos empleado el ya clásico libro de Teresa Font, Espacio: autobiografía lírica de Juan Ramón Jiménez. Madrid. Ínsula. 1972, que nos ha servido como guía en la resolución de algunas referencias desconocidas de la vida personal de Juan Ramón.

Dicho estudio nos ha confirmado el alto grado de experiencia como argumento temático que se refleja en en el poema en prosa. Por lo tanto la estructura de nuestro trabajo se ha construido sobre tres puntos clave: la temática, la simbología y las referencias culturalistas, geográficas y personalistas.

Como bien se conoce, Espacio está formado por tres partes, denominadas estrofas por el autor. La primera y la tercera son bastante extensas mientras que la segunda es un intermezzo, una relajación de la densidad conceptual y emotiva. Juan Ramón la titula Fragmentos y subtitula a las impares como Sucesión y a la segunda como Cantada, estructura hermanada con la composición musical.

Hecha esta aclaración de cómo esta compuesto el texto, hemos observado en el primer fragmento las siguientes características sobre los tres pilares básicos en los que se sustenta nuestro estudio. Dentro de la temática aparecen los motivos de la sustancia, el amor, la fugacidad, la inmensidad y la eternidad como Unidad de unidades. En la Simbología nos encontramos con el sol, el mar, las flores, los árboles (el chopo, los robles, el pino, el tocón), símbolos referentes a la naturaleza, aunque también nos encontramos los relacionados a la música y la palabra, la mujer y el niño, el cementerio o el perro como representante importante de la vida animal, después de la principal figura del pájaro. Por último, las referencias culturalistas que se citan en el primer fragmento son las que se dedican a Schubert, Yeats, Villón y Eloísa y Abelardo.

Hemos señalado la simplificación conceptual del segundo fragmento en relación con los otros dos. Por lo que se verán reducidos los motivos que forman la temática como la simbología, así como las referencias . Con respecto a la primera encontramos, únicamente, desarrollado el motivo del amor. Mientras que para la simbología  aparece como predominante el sol, aunque también está el pájaro -esta vez encarnado en el gorrión- la mujer, la infancia, los animales y los árboles. Finalmente en la parte dedicada a las referencias abundan las geográficas como Nueva York, Sevilla, Madrid, también aparece una culturalista cuando se cita a Murillo.

En el tercer fragmento se incrementa de nuevo la densidad conceptual. En la temática será el destino, la unidad, el amor y la conciencia los motivos principalesPara la simbología aparecen como características principales el mar, las olas, el otro yo, las ciudades mestizas del sur -motivo que le permite a Juan Ramón citar a las razas-, la mujer, el otoño, el sueño y el cangrejo –este último relacionado con la oquedad-. Sin embargo en este texto la verdadera profusión de motivos se dan en la referencias que son de tres los tipos culturalistas, geográficas y personalistas.

Para los primeros existen los bíblicos como Adán y Eva, Cristo y Barrabás y San Pablo, también religioso se encuentra la figura de Buda. El grupo de los artistas o intelectuales es muy numeroso como Longino, Carlyle, Keats, Anacreonte, George Sand, Goethe, Schiller, Curie, Maurice, Gauguin, Baudelaire, Poe, así como personajes literarios de la obra de Shakespeare como Desdémona y Otelo. De las geográficas se citan Florida, Sitjes, Miami, Coral Gables, Moguer, el Mediterráneo y el Atlántico. Para concluir las referencias personalistas son Rusiñol, Utrillo, Paquita Pechere, Achucarro, Marañon y don Cándido.

Tras esta apretada enumeración de datos se ha pretendido sintetizar el complejo universo textual que teje el hilo lírico de Juan Ramón. Este entramado numeroso de motivos gravitan en torno a un núcleo emocional permanente: el amor. Un amor que tiene ribetes panteístas reflejados en algunas instancias de la naturaleza –como el mar, los árboles o los pájaros-, pero que también se encuentra definido en la mujer universal o en el inocente paraíso infantil de los niños.

Este amor universal y eterno sugerido por Juan Ramón plantea el acceso a la unidad que brota en la conciencia permitiendo una asunción de la divinidad en el individuo. Esta creencia surge de un sincero deseo de eternidad, inexorable en el propio Destino mortal del hombre. Un deseo que se convierte en angustia diluida una vez quebradas las instancias cartesianas en un murmullo incontestable de irracionalidad intrínseca dirigido hacia un panorama vertiginoso de múltiples símbolos y referencias.

Finalizando nuestro trabajo, podemos decir, que el texto de Juan Ramón plantea un viaje desde la naturaleza exterior del mundo hacia la interior del individuo, en una sucesión ininterrumpida de sensorialidad, confidencia y sinceridad. El poeta ansía transmitir su grito de desamparo que a intervalos se sucede en el tránsito fugaz de la vida, paréntesis breve de nuestra verdadera eternidad. Juan Ramón se refugia en la unidad de su conciencia, creada a partir de su amor a lo absoluto.

Juan Ramón exige al lector un elevado grado de intensidad elitista para ofrecerle la posibilidad de trascender a la realidad y así dejarse conducir por un espacio donde la belleza se convierte en el aroma de un ritmo que despierta la sensibilidad. El viaje o la evasión planteada por Juan Ramón nos deparan una necesidad de continuidad, de esperanza, de un camino hacia la esencia propia de la identidad humana; el amor como billete en la unidad de conciencia con destino a la eternidad.

Un billete gratuito para un viaje mental I

Un billete gratuito para un viaje mental I

 

Al terminar tan pronto con el "Caso Mosaico" emprendimos la tarea de amortizar nuestros exactos medidores de frecuencia que se encargaron de desempolvar esos viejos cartapacios encontrados en el Monasterio de la Valdigna para dar la luz a un extraño documento de nuestro nihilista Juan sin Credo, en el cual apenas aparecen rasgos de humor o ironía. Sin más pausa lanzamos su atrevida prosa para deleite de nuestros únicos y fieles lectores

Aunque en prosa, el texto Espacio de Juan Ramón Jiménez contiene todas las características esenciales del género lírico. A grandes rasgos, dichas características que encontramos en el texto juanramoniano son un énfasis y una focalización simbólica y expresiva sobre la instancia de identidad del autor.

Espacio se nos muestra como una confidencia personal, donde la experiencia se convierte en el argumento temático peculiar. Emerge el yo reflexivo del poeta con una pretensión de representar la experiencia sincera mediante un mensaje meditativo y sentimental sobre las vivencias propias. Su contenido lírico nace de una vivencia personal subjetiva, resultado de la memoria, no de la imaginación. Esta vivencia o contenido de la experiencia, enlaza los argumentos con las emociones y reflexiones conceptuales del poeta como sujeto personal y lírico.

Se da en este poema en prosa las típicas características textuales de la lírica como son la concentración y la intensidad emotiva. La intensidad aparece mediante una tensión altamente productiva del lenguaje y con una densidad en la concentración conceptual y evolutiva del contenido. Tal intensidad es percibida por nosotros los lectores en la dificultad de la comprensión del texto que nos obliga a múltiples relecturas para desentrañar el significado temático de la experiencia.

Según Jakobson, esta peculiaridad se debe a la concentración autorreferencial del leguaje del poema que convoca la atención hacia su perfección rítmica, eufónica y simbólica. Esta intensidad también muestra la sensación de necesidad estricta de insustituibilidad de los constituyentes expresivos del poema.

Como hemos advertido, el contenido es una propiedad determinante de la fisonomía genérica de la lírica. Se observa en Espacio un grado de superior concentración en los contenidos emotivo-sentimentales en un tono de confidencia personal del sujeto lírico próximo a la experiencia personal del poeta. Esta emotividad activada de la lírica, este alto grado de concentración de la energía sentimental del poeta, incide sobre la conmoción emotiva de los lectores.

Vemos como en esta obra, existe una manipulación transformadora del concepto, una estilización como proceso de implicación espiritual del poeta donde modifica la condición objetiva real de las personas, los paisajes y los acontecimientos tematizados en el poema. Este procedimiento de estilización opera desde una selección o focalización del efecto estético-sentimental de la empatía del poeta. De este modo, la intensa liricidad emotiva de Juan Ramón depende de la cuidadosa selección en el detalle sentimental definitivo.

Por último, también podemos argumentar como característica del lirismo en el texto de Juan Ramón el irracionalismo presente como forma genérica de designar un variado conjunto de transgresiones expresivas. Éstas aparecen mediante un exceso en las reglas expresivo-simbólicas gramaticales y semánticas. Ese irracionalismo se origina con la exploración que el movimiento romántico efectúa de los registros sentimentales de lo sublime, que hace surgir una nueva escenografía de la imaginación y una nueva retórica imaginativa que culminará con la abstracción esquemática del surrealismo.

La plenitud plomiza de un océano con ronquera

La plenitud plomiza de un océano con ronquera

 

Queríamos aprovechar el acueducto de la vigilia de la Inmaculada Concepción para disfrutar de unos días de asueto y así alejarnos del mundanal ruido de la Gran Urbe, pero justo en el momento en el que iniciábamos el despegue de nuestra recién remodelada nave intertemporal: -TELÉFONO, TELÉFONO, TELÉFONO-

Repetitivo y urgente. Admonitorio. Quizá no deberíamos haberlo descolgado. Pudo más nuestra curiosidad y la confianza en que se tratara de un posible descubrimiento textual de nuestro idolatrado: ¡¡ el insoportable e ineludible Juan sin Credo !!

(Perspectiva exterior de La Olmeda)

El dispositivo localizador de emergencia nos mostraba una desesperada llamada originaria de Saldaña (Palencia). Con motivo de su ochenta cumpleaños, la ciudad estrenaba una escultura del descubridor de la villa romana de La Olmeda, fallecido el pasado tres de marzo, Javier Cortés. Fue el director de las excavaciones el que se puso en contacto con nosotros.

En el ala-izquierda de la villa, dirección sur, un enigmático mosaico mostraba unos símbolos inextricables nunca antes vistos. La organización de la efeméride pretendía ofrecer un completo homenaje al austero arqueólogo con el desentrañamiento de ese complejo galimatías de teselas policromadas. Desembarcamos nuestra más potente parafernalia de instrumentos medidores de frecuencia que mostraron unos algoritmos inequívocos del significado de tal mosaico.

(Mosaicos jeroglíficos)

Inmerso en ese jeroglífico de formas geométricas y vegetales se escondía otro valioso documento de nuestro denostado y libertario Juan sin Credo. Este último versaba sobre un recital escénico realizado por José Luis Gómez, con textos de Juan Ramón Jiménez, el 3 de diciembre del 2009, en la Sala Abadía, bajo el mismo título de una de las obras cumbres del Premio Nóbel de 1956, Diario de un poeta recién casado. Sin querer faltar una tilde a la verdad cedemos el espacio a las nihilistas palabras del ingobernable para gusto y regocijo de sus únicos y fieles lectores.


De mucho tiempo atrás me venía mi acendrado juanramonismo. Siempre tendré presente aquel poema del libro Eternidades que comienza Intelijencia dame el nombre exacto de las cosas, donde el poeta busca la precisión conceptual en la maraña agónica de lo inefable. Por este motivo, cuando vi anunciado en el libreto de la temporada del quince aniversario del Teatro de la Abadía el recital escénico de José Luis Gómez, sobre textos del Diario de un poeta recién casado, no dudé ni por un momento en que asistiría a dicho espectáculo.

(Logotipo 15 aniversario)

El caso es que cuando me quise dar cuenta apenas quedaban entradas y nos tocó sentarnos en la última fila, esquina derecha del escenario de la Sala Juan de la Cruz. No se nos ocurrió mejor idea que el acercanos con el monovolumen a la calle Fernández de los Ríos en hora punta, vísperas del puente de la Inmaculada. Entonces se nos apareció la virgen y aparcamos cerca de la puerta, cinco minutos antes del comienzo de la función.

Finalmente nos sentamos algo azorados y la espectatriz que estaba junto a mi butaca leía, sosegadamente, la selección de poemas del Diario realizada por Luis Muñoz para el audiolibro (y la tan excelsa ocasión), editado por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales y disponible en el Ambigú del teatro.

 

(El actor y director)

Le pedí, amablemente, que me lo dejara ver, razón a la que no puso ninguna pega y me confesó que era una estudiante de la RESAD, con un trabajo pendiente sobre José Luis Gómez. Mi ignorancia de novicio hizo que no le pudiera responder en ese momento. Ya debería estar pensando sobre la estulticia proverbial de la raza ibérica cuando, afortunadamente, el compañero de butaca me lanzó un capote y salvó la dignidad herida con unas cuantas frases acertadas acerca del origen, devenir y advenimiento de tan famoso actor y director.

Pues quién no se precia de haber visto alguna vez en su vida la película, basada en la obra de teatro del mismo nombre perteneciente a Jose Luis Alonso de Santos, La estanquera de Vallecas dirigida por Eloy de la Iglesia y protagonizada por Emma Penella, José Luis Manzano, Maribel Verdú y nuestro querido José Luis Gómez.

(Cartel de la película)

Sonó el aviso del comienzo y se apagaron las luces. Una pasarela recorría en vertical el escenario que desembocaba en una mesa, con dos sillas, ambas de madera, flanqueada por dos maniquíes de costura negros. Detrás de la mesa, una ventana rectangular, dividida, a su vez, por doce rectángulos menores, que serviría para proyectar, primeramente, una imagen de un joven Juan Ramón Jiménez.

Antes de continuar con la narración de los hechos, me gustaría dejar claro lo que humildemente entiendo por Producto Cultural de Consumo. Intentaré ser breve, pues mucha teoría desbarajustaría la intención última de mi crítica, aunque creo que esta precisión resultará beneficiosa para comprender con mayor exactitud el tipo de espectáculo al que asistimos.

En mi opinión, un Producto Cultural de Consumo es un tipo de espectáculo creado con fines comerciales, en donde la hondura metafísica del arte no importa ni un bledo. El más allá, la posible trascendencia de lo observado se sacrifica en aras de un entretenimiento vacuo sin otro interés que el propiamente lúdico. Ni lo alabo, ni lo denuesto, simplemente lo confirmo.

(Ferrocarriles de época)

Hecha esta salvedad retomo el hilo de la función cuando una vez apagados los focos se encendió la palabra. Una palabra cálida, que enternece y nos acaricia risueños, hablándonos de deseos, esperanzas y reencuentros. Una fuente de voz que emana sin fin, eterna, compacta. Un ritmo más otro ritmo más otro ritmo incesante, salpicado de melodías de época, sonidos férreos de ferrocarriles sin freno, bocinas de automóviles y sirenas de vapores transatlánticos. Una voz que se apaga, como los focos de la sala, ronca y triste que resquebraja el encanto de la palabra poética, asesinada por una maldita carraspera.

José Luis Gómez se muestra valiente al echarse sobre sus hombros todo el peso de una selección que destaca por el detenimiento en el viaje marítimo del poeta. Caracterizado con un sombrero de ala y un abrigo oscuro de tres cuartos, el actor apenas se levanta de una de las sillas y cuando lo hace sorprende con la mímica de la barra de la borda del barco.  Mientras tanto en la ventana se ofrecen contrapuntos grises de un mar de nubes plomizas y al final se verá iluminada con un retrato de la paciente Zenobia.

Por otro lado, los pacientes espectadores aplauden raudos en un espectáculo que fue de más a menos, vencido por la traición de una posible afonía, que de seguir así los responsables del evento se verán obligados a suspender las sesiones programadas para la semana siguiente en el Corral de Comedias de Alcalá de Henares.

(Nubes plomizas)

Dicen que Juan sin Credo le dio su correo electrónico a la estudiante americana para poder responder con más detenimiento (por no decir con chuleta) a la entrevista sobre José Luis Gómez. Dicen que al salir, su florida manceba, Rivimar le regaló el audiolibro del Diario, cercano el aniversario de su natalicio. Dicen que Juan sin Credo tuvo ya muy claro el valor y precio del auténtico Producto Cultural  de Consumo al que habían asistido de un euro por minuto.

(La joven y paciente Zenobia)

La oficina de los disparates

La oficina de los disparates

 

Habíamos arreglado los desperfectos de una de nuestras naves intertemporales planetarias, causados por el fundamentalismo de la violencia verbal del adlátere principal de Eva Rufo, el tal Pedrito el Faltón. Queriendo pasar página a este asunto tan desagradable para nuestros intereses acerca del resurgimiento de la denostada doctrina crítica de Juan sin Credo pensamos en emplear las mejores telas de camuflaje urbano a la venta en la Grandes Superficies Civiles de Consumo.

(Última tecnología de la comunicación)

Aprovechando el gasto, incluimos en nuestros receptores de información un teléfono, cuyo curioso timbre de aviso era una voz en off que decía: -teléfono- De esta forma, fue como recibimos el último documento del ingobernable e inaguantable Juan sin Credo, por vía oral, transcrita electrónicamente a nuestra base de datos, gracias a la inclusión de las últimas tecnologías de diseño con la que se dotó a nuestra nave debido a las reformas producidas por la lapidación de los radicales del CNTC.

(Logotipo de la fuente de conflictos)

No queriendo dilatar ni siquiera un diptongo, no fuera que se convirtiera en hiato, ponemos a disposición de nuestros únicos lectores el último texto rescatado de Juan sin Credo con fecha de 25 de noviembre de 2009, en la Sala Pequeña del Teatro Español, dentro del XXVI Festival de Otoño, bajo libro y dirección de Claudio Tolcachir, cuyo título es Tercer cuerpo.

(Otra vez el logotipo del Festival)

Me había propuesto esta vez, sin saber ciertamente si pudiera ser posible, el ponerme estupendo. Abandonar por un momento los ropajes bufos del nihilismo para mostrar mi semblante más circunspecto y dejar de lado el estrepitoso soniquete de la ridiculez y la estulticia. Tal ocasión lo merecía.

Era mi intención hacer un alegato en defensa de la proyección de nuestro teatro nacional contemporáneo, en particular sabéis mi predilección por la figura del joven pero avezado dramaturgo Juan Manuel Romero (ver crítica http://postrergenito.blogia.com/2009/041101-no-hay-mayor-prision-que-la-de-un-alma-oscura.php). Por este sencillo motivo, me parecía que iba a tener mayor capacidad de persuasión el enfocar la crítica desde un punto de vista serio y grave frente a tanto cachondeo y tontería grotesca.

La recepción de cualquier tipo de espectáculo depende en gran medida del estado de ánimo del espectador. La impresión que éste se lleva suele ser, por tanto, bastante subjetiva, ya que atiende a numerosos factores. Depende de cómo se encuentre cada uno en ese momento cumbre y puntual del directo en escena. También influye en esta percepción, el gusto teatral en el que está educado el espectador, característica que se va cultivando representación tras representación.

(Aledaños del Teatro Español)

Quizá mi incomodidad o retorcimiento en la butaca, posiblemente, se debía a que había puesto demasiadas expectativas en la figura de Tolcachir. No era para menos. La crítica oficial había alabado sin cesar su obra La omisión de la familia Coleman, estrenada en el 2005 y recién caída del cartel del Teatro Español a las puertas de los Santos, a la que no llegué a tiempo para ver, pues dos semanas antes habían colgado el cartel de No hay entradas.

Con estas impresiones me planté en la puerta del Español. El Padre de las Criaturas, acompañado en esta ocasión del sentimental Abel Prisionero, me facilitó la entrada. La Sala Pequeña del Español se asemeja a las pretensiones de cualquier otra sala alternativa de la ciudad. Eso sí, contando con el respaldo económico y publicitario del erario público municipal. Mi asiento estaba cerca de donde se ubica la cabina de luces y sonido. Como sus técnicos no tuvieron mucho trabajo, se les escuchaba de vez en cuando su molesto e irrespetuoso cuchicheo.

(Héctor al teléfono)

Empieza la función a telón abierto representando una oficina desvencijada y anacrónica. Todo el nutriente de la puesta en escena es la savia segregada por la raíz del absurdo que se hinca en los sagrados sembrados del género cómico. Buena muestra de esto es la secuencia en la que se escribe la carta del funeral de la madre de uno de los personajes.

Además, se entrelazan diversas acciones que tienen un tronco común consistente en una falta de respuesta, de sentido, de esperanza. El espacio de la oficina es asfixiante -muy similar a ese claustrofóbico salón del Ángel exterminador- del que apenas, los personajes principales pueden escapar.

(Moní y Héctor, con fondo de desorden) 

Sandra, interpretada por Melisa Hermida, no puede satisfacer su ansia de maternidad con un marido de segundas que termina por abandonarle. Moní, papel desempeñado por Daniela Pal, es una inadaptada que termina viviendo en la propia oficina. Héctor, personaje representado por José María Marcos, es un cincuentón homosexual, al que se le acaba de morir la madre. Manuel y Sofía, Hernán Grinstein y Magdalena Grondona respectivamente, son una pareja ciclotímica que no saben dosificar con equilibrio su atormentada pasión. Personajes insatisfechos, delirantes que nos muestran el abismo de su fracaso, de su desengaño, motivo por el cual están abandonados al tercer y último cuerpo del edificio de su propia ruina.

La inclusión de la pareja en la trama principal de la vida en la oficina, a mi parecer, me parece demasiado abrupta. Únicamente aportan un mínimo grado de tensión dramática porque nos preguntamos que tendrán que ver esos pegajosos enamorados que permanecen durante toda la obra ora besuqueándose ora discutiendo. Hasta que al final se incorporaran a dicha trama mostrándonos un inesperado desenlace.

(El director)

Otro guiño a la inverosimilitud se da cuando, tanto Sandra como Héctor, hablan con el vacío, bien como si fuera el doctor que está tratando la infertilidad de la primera o bien como si fueran sus respectivos amantes. En estas escenas el espectador tiene que hacer un esfuerzo añadido de imaginación para activar los mecanismos de la fantasía que no ha sido capaz de componer el director.

En definitiva, al igual que con Daniel Veronese, nos inyectamos una nueva dosis de teatro de actor, sin música, si apenas juego de luces y sin vestuario donde el texto teatral, a pesar de mostrarnos un reflejo de las carencias e insuficiencias en las relaciones afectivas que se dan en la actualidad, presenta un escaso valor estético y si sobrevive es gracias al elenco de actores que trabaja con brillantez.

(Moní y las nuevas tecnologías)

Dicen que Juan sin Credo salió defraudado de la Sala Pequeña del Teatro Español debido a la escasa calidad literaria que atesora el texto teatral Tercer Cuerpo. Dicen que Juan sin Credo piensa que hoy en día apenas se aprecia un buen texto- como, por ejemplo, el de la obra Prisionero en Mayo, donde la poesía y el aporte del bagaje cultural es un beneficioso elemento de alto calado que enriquece la presencia escénica- sino que sólo se mide la efectividad de la taquilla y la carcajada fácil o el que bien me lo he pasado sin pensar en nada. Dicen que Juan sin Credo ha llegado a la conclusión de que siempre nos ha gustado ser demasiado provincianos apreciando aquello que viene de fuera antes de hacer caso a todo lo bueno que tenemos dentro porque nos hace ser más modernos, más cosmopolitas y, también, más estúpidos y desagradecidos con nuestros propios dramaturgos y demás creadores.

(Los oficinistas preocupados)

Media ración de empanadillas criollas con firma de Autor

Media ración de empanadillas criollas con firma de Autor

 

Veníamos con los bolsillos llenos de hambre y con el estómago vacío, haciendo un ruido indecoroso, por lo que pensamos meternos en cualquier lugar para saciar nuestro voraz apetito. El apedreamiento de una de nuestra bases por los ultras radicales de la CNTC, en concreto la sección liderada por el fanático Pedrito el Faltón, nos había recluido en una indigencia que nos arrastraba sin freno por un precipicio abismal.

(Retrato robot de Pedrito el Faltón)

Vagabundeando por la periferia, esperando otro documento de Juan sin Credo sobre la CNTC que nos redimiese, holgazaneábamos en un tiempo que no era el nuestro; un tiempo vacío donde la cultura se estaba convirtiendo en un objeto de consumo sin más. En estos bajos fondos parecía brillar la sombra incómoda del Héroe. Cada paso, cada rincón recordaba su rabia nihilista sobre todo aquello que tenía la vitola de bien pensante o políticamente correcto.

(Trattoría especializada en empanadillas)

No aguantando ni un minuto más nuestros borgorigmos gastrointestinales, que hacían girar sorprendidas las caras de los demás viandantes, entramos en una especie de trattoria, regentada por unos psicoanalíticos y tópicos argentinos, cuyo principal preparado consistía en unas suculentas empanadillas criollas de carne, pollo, jamón y queso. Fue en la degustación de esta última, cuando empezamos a notar ese pálpito inherente a todo descubrimiento textual de nuestro idolatrado Juan sin Credo. El fino hilo derretido del cheddar se esforzaba retorciéndose en unas extrañas grafías que nos fueron explicadas prolijamente por el tan típico y simpático camarero de origen porteño.

No nos había fallado la intuición, era un documento del denostado e ingobernable Juan sin Credo, fechado a 13 de noviembre de 2009. en el Teatro Villa de Móstoles, dentro del XXVI Festival de Otoño, por la compañía de Daniel Veronese, que ponía en escena una versión del Hedda Gabler, de Henrik Ibsen, con el título de Todos los grandes gobiernos han evitado el teatro íntimo. Para no impacientar las consonantes siquiera de nuestros únicos lectores arrojamos la verbena nihilista como un nocturno, festivo y colorido Castillo de Pólvora de pensamiento cartesiano.

 

(Logotipo de XXVI Festival de Otoño)

La primera vez que tengo conciencia de ver a Daniel Veronese fue en su versión sobre la obra de Tres hermanas de Chejov, Un hombre que se ahoga. Vez, por cierto, también, primera que conocí al Padre de las Criaturas, que esté fin de semana sigue con la reposición de su espectáculo gótico Bathory, contra la 613, en la sala Liberarte, de la que ya os hablaré algún otro día. Dos años después, funcionan en Veronese las mismas coordenadas que en breve comentaré.

(El intensísimo director)

Casi con dos meses de antelación tuve que sacar las entradas pero ya para la Sala Cuarta Pared estaban agotadas por lo que elegí el Teatro Villa de Móstoles, antes que el Centro Cultural Isabel de Farnesio en Aranjuez o el Auditorio Pilar Bardem de Rivas, simplemente debido a una cuestión de calendario.

Hacia esa localidad de suroeste del cinturón industrial madrileño nos encaminamos la guerrillera narradora oral, Zeniala Volvoreta y vuestro humilde y discreto servidor. Como todos los pueblos que han crecido gracias a las oleadas de la inmigración interna de la décadas de los 50, 60 y primeros 70, Móstoles ofrece una visión arquitectónica irregular y anárquica, en donde predominan los edificios colmeneros y su casco histórico, peatonalizado recientemente, combina las creaciones de vanguardia -como la estación del Metro-Sur- con los caseríos vetustos de cuando la ahora ciudad-dormitorio era, todavía, un poblachón.

(La aguerrida en un dilema)

El teatro Villa de Móstoles es una de esas construcciones que destaca por su arriesgada estética pero totalmente carente de funcionalidad. El escenario está en escorzo y los espectadores de las butacas más cercanas a la salida ven a los actores en una perspectiva oblicua con lo que pierden un alto grado de visión. Allí no había ni acomodadores ni nada, afortunadamente sobraban asientos. Nos levantamos y nos sentamos más centrados en ese torcido teatro.

Claudio da Passano, en su papel de Jorge Tesman, nos espera en ropa interior a telón abierto. Saluda, aprieta nervioso los dientes esperando que nos pongamos cómodos, mientras Fernando Llosa, en el personaje de Asesor Brack, toca un piano que suena en off.

(El simpático bufón Claudio da Passano)

El decorado realista que les encuadra asemeja un salón compuesto por un serie de planchas de madera que lo delimitan. Dos puertas a los lados y una ventana en el medio, además de un recodo triangular que sirve de vestidor -donde también hay otro hueco de salida y entrada de personajes- conforman ese espacio escénico único en el que se desarrollará el grueso de la obra.

El mobiliario, del gusto nórdico de Ikea, apuesta decidida por la figura cuadrada, consiste en un sofá blanco en el centro y una mesa y cuatro sillas marrones a la derecha del espectador, al que habría que sumar el ya citado piano. Ni luces, ni música, ni apenas vestuario. Hedda Gabler, figura interpretada por la actriz Silvina Sabater, vestirá durante toda la obra con pantalón y camisa negra además de unas botas, también negras, de caña.

Los acontecimientos se suceden vertiginosos, sin solución de continuidad. El ritmo escénico es trepidante. El diálogo fluye incesante pero también el silencio es constructivo, logrado mediante el gesto cómplice entre los personajes. El parlamento establecido entre Tesman y Gabler, cuando el primero vuelve con el manuscrito de Ejlert, papel realizado por Marcelo Subiotto, es, sencillamente, una verdadera floritura de tensión dramática.

(Todos los personajes excepto el asesor)

Claudio de Passano es el actor que permanece durante más tiempo encima de las tablas, insuflando un humor ácido a la pusilánime figura del intelectual Jorge Tesman. Silvina Sabater clava con una elaborada presencia de astucia femenina la personalidad desbordante y caprichosa de Hedda. Es también reseñable la potencia actoral del veterano Fernando Llosa, sobre todo cuando se dirige al público con esa alocución autoreferencial acerca de los estrechos límites entre la realidad y la ficción teatral.

(Silvina, de espaldas, con Pipi y Marcelo)

En definitiva, unas mismas coordenadas que las observadas durante la versión de la obra de Chejov, basadas, nuevamente, en un esforzado trabajo de actor, pero con un inconveniente que hace plantearse al espectador una estructura deficitaria de la puesta en escena. El trabajo de síntesis de Veronese está realizado, no solamente con Hedda sino también con Casa de muñecas, bajo el nombre de El desarrollo de la civilización venidera, y el espectador que sólo asiste a una de ellas, por lo menos a Hedda, ve como la versión se cae, le falta la pieza donde imbricarse en un simbiosis acabada.

Dicen que Zeniala Volvoreta y Juan sin Credo salieron insatisfechos y con ganas de haber visto el trabajo completo que Veronese había realizado sobre la obra de Ibsen. Dicen que pensaron que la magnifica idea de diseminar la obra en diferentes sesiones o localidades del sur de Madrid podía corresponder al productor Sebastián Blutrach o a la distribución en España de los trabajos de Veronese, de la mano de Producciones Teatrales Contempóraneas, con el fin de hacer más caja o de potenciar el consumo de gasolina durante ese fin de semana de noviembre. Dicen que el sufrido monovolumen sufrió cien kilómetros más, debido a unas cuantas vueltas para salir de la ciudad famosa por la escena cómica interpretada por el humorista Millán Salcedo de las empanadillas y que, probablemente, daba la razón al argumento que habían procesado acerca del aumento en el consumo de gasolina y de la alianza entre Producciones Teatrales Contemporáneas y alguna Compañía Petrolífera de alto calado.

(Encarna y las empanadillas de Móstoles)

Senabre abrasa con sus sobradas y II

Senabre abrasa con sus sobradas y II

 

De la generación del 14 se pasará a los novelistas de postguerra, siendo seleccionados Carmen Laforet y Camilo José Cela. De la primera, se señala el aldabonazo que supone su novela Nada a la narrativa contemporánea debido a su valor sociológico e histórico. El primer premio Nadal, fechado a 6 de enero de 1945, tendrá doce ediciones durante ese año, gracias a un lanzamiento publicitario eficaz, sin, apenas, competencia. Este enorme éxito comercial -es una novela que sigue editándose casi sesenta y cinco años después de su publicación- también radica en unos rasgos literarios que residen en la muestra, la antimasculinización, pero sobre todo, según Senabre, en que Laforet es una novelista que sabe contar.

(La autobiografiada sonriente)

Para con Cela nuestro ilustrísimo se jacta de su atrevimiento por haber realizado unas críticas punzantes de sus últimas novelas, aún habiendo recibido ya el Premio Nobel, donde denunciaba la carencia de calidad literaria. -¡ Pues cojonudo !- como hubiera dicho el maestro.

Como siempre, como toda la vida se habló de La familia de Pascual Duarte y La colmena. Sin embargo, me sorprendió gratamente descubrir Los apuntes carpetovetónicos, de los que algo había ya oído hablar pero nunca con tanta precisión y conocimiento. Esta obra está compuesta de breves narraciones, escenas agridulces, donde impera la caricatura y el aguafuerte, así como el predominio de un sarcasmo certero y audaz.

(El deseado según sus royalties)

A falta de las dos últimas sesiones, los más optimistas estábamos perdiendo la esperanza acerca de que se tratase el atractivo tema de la novela de rabiosa actualidad, pero en un alarde de síntesis y poda salvaje llegamos a regañadientes al último tramo del curso, donde por fin Ricardo Senabre nos dio su visión personal sobre los nombres más importantes del panorama narrativo de la última década, no si antes habernos dado unas pequeñas pinceladas de Ignacio Aldecoa, Luis Martín Santos, Juan Goytisolo o Sánchez Ferlosio.

(La narrativa puede ser divertida)

Del vitoriano encumbra su lenguaje funcional y rigor conceptual; esa búsqueda del vocablo exacto. Con Martín Santos se vislumbra una exacta radiografía sarcástica de la cultura española, además de observarse una ruptura radical de los moldes novelescos del momento. En Goytisolo se señala el discurso autónomo que enraíza con las formas narrativas orales, fruto de la influencia árabe que hace bordear el discurso cerca de los territorios ajenos a la novela.

(Algunos le llama el extravagante)

En cambio, con Sánchez Ferlosio se dará una exposición más detenida. Se habla de Alfanhui y del Jarama. De la primera se destaca su carácter insólito y la influencia de la obra de su padre, La vida nueva de Pedrito de Andía, Sánchez Mazas para su composición. Para el Jarama nos ofrece el dato de la unanimidad del jurado en la concesión del Nadal, su construcción a base de secuencias, procedimiento eficaz para conseguir la ansiada simultaneidad temporal, y los elementos técnicos y sutilezas constructivas.

(El hazmerreír)

Después del último descanso, a cuento de una pregunta nada inocente de un personaje del público, saltó a la palestra la última novela de Javier Marías, Tu rostro mañana 3. Veneno y sombra y adiós, y con ella la chanza, el choteo, y como diría mi maestro, la úlcera de estómago. El fino estilete de Senabre desgajó todos los solecismos y las falsas concordancias de la novela a golpe de un humor bastante negro. Por último, señaló el nombre de Luciano Egido, Jorge Márquez, Manuel Talens o Gonzalo Hidalgo, que, curiosamente, publican sus obras, principalemente, en la editorial Tusquets, escamoteando autores nóveles que trabajan para Alfaguara como el asturiano Ignacio del Valle o el sevillano Luis Manuel Ruiz.

(El innombrado padre de Arturo Andrade)

Dicen que Juan sin Credo terminó agotado pero satisfecho de aprender un poco más de lo que nada sabe. Dicen que si Juan sin Credo, aún dudándolo, pudiera tener un día toda la sabiduría que atesora el ilustrísimo Ricardo Senabre Sempere, intentaría no tener su petulancia, endiosamiento y mala leche. Dicen que Juan sin Credo anotó escrupulosamente el nombre de los narradores actuales y que, próximamente, leerá la última novela de Gonzalo Hidalgo Bayal, profesor de Lengua y Literatura en Secundaria, “ El espíritu áspero ”