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Juan sin Credo

Senabre abrasa con sus sobradas I

Senabre abrasa con sus sobradas I

 

Ese cariz oscurecido que había tomado la situación nos agazapó, momentaneamente, en nuestras conejeras afilando el cuchillo para otro posible documento extraviado de Juan sin Credo sobre la CNTC, que prometía ser implacable; eso sí, con el mayor pudor y consciencia posible y siempre intentando respetar la integridad y dignidad de las personas.

Decidimos, de momento, tomar una actitud defensiva y pensamos, para ello, recuperar de nuestro magnífico archivo esos otros textos encontrados en el Monasterio de la Valldigna (mirar artículo http://postrergenito.blogia.com/2009/072901-el-sillon-iconoclasta-y-la-caja-de-los-hilos-punzantes.php )

Entre estos desvencijados y polvorientos cartapacios descubrimos un curioso escrito sobre la novela española del siglo XX y sus últimas tendencias, que pertenecían a unas conferencias impartidas por el Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, ensayista y crítico literario, don Ricardo Senabre Sempere, en el CRIF LAS ACACIAS, durante los martes y miércoles del mes de octubre del 2009.

Para no retardar ni una vocal más el ansía de nihilismo con el que gozan nuestros únicos lectores pasamos a continuación a ofrecer la disparatada y colorida prosa de nuestro idolatrado el ingobernable y libertario Juan sin Credo.

(Adónde iremos a parar)

El Plan E estaba reteniendo, tibiamente, el desplome del índice del desempleo en el sector de la construcción pero, sin embargo, había causado estragos en varias avenidas de Madrid, como la de General Ricardos que -convertida en carrera de obstáculos para aguerridos conductores- nos servía de enlace para llegar a la antigua y todavía ruinosa Finca de Vista Alegre, en el castizo distrito de Carabanchel, transformada, después de la desmantelación ideológica de los CAP, en el Centro Regional de Innovación y Formación, adscrito a la Dirección General de Mejora de la Calidad de la Enseñanza de la Comunidad de Madrid.

( Cae el día y sale el tío cigüeño )

Durante seis sesiones estuvimos asistiendo, presuntamente especialistas en la materia -y digo presuntos porque vuestro humilde servidor no se considera especialista de nada-, a un curso cuyos principales objetivos tendrían que haber consistido en ampliar los contenidos relacionados con el conocimiento de la novela española en el siglo XX, además de acercarse a las tendencias narrativas que se han desarrollado en la novela española desde 1978 hasta nuestros días y conocer propuestas metodológicas relacionadas con el comentario de textos de las novelas españolas más representativas de los últimos tiempos. Pero como iremos viendo, tales objetivos se vieron reducidos a ceniza y el lugar donde más se detuvo nuestro ilustre ponente fue en la tan trillada, y vetusta, generación del 98.

(Posible imagen del tío cigüeño)

Habíamos escuchado en alguna ocasión los rumores que circulaban acerca del espíritu de tío cigüeño -sobrenombre que se le dio a Juan Mieg (1779-1859). Profesor y naturalista suizo que llegó a España en 1814 acompañando a Fernando VII en la vuelta de su exilio y que se le vincula, desde 1825 a la Vista Alegre- deambulando por los enormes pasillos de la Finca.

Fue de este modo, que al salir de uno de los múltiples cuartos de baño con los que está dotado este edificio, me topé con una figura espectral, vestida con un corte clásico de traje azul con chaqueta y corbata a juego, que, en un primer momento, me paralizó todos los huesos. Susto, del que finalmente, pude sobreponerme, aunque todavía bastante lívido y pávido. Aún temblando, me encaminé hacia el aula donde comenzaba el curso. Cual sería mi sorpresa cuando vi entrar en el recinto aquella figura fantasmagórica y cadavérica con la que me crucé en el lavabo, que resultaba ser el ilustre Ricardo Senabre Sempere.

El doctor Senabre, consciente de la preparación de su auditorio, enfiló unas primeras sesiones agotadoras de un rastreo exhaustivo de citas literarias en las obras de Unamuno y Baroja que le sirvieron para ejemplificar sus conclusiones sobre esos autores.

(El padre de la Tula)

Numerosas, abrumadoras, abusivas y aburridas, tantas citas repiten machacona y circularmente, una y otra vez, las ideas principales que son, a grosso modo, en Unamuno el ansia de perduración y en Baroja la dualidad entre vida y pensamiento, así como también la proyección valorativa del paisaje como elemento que trata de transmitir un estado de ánimo.

(El hijo del garbancero)

Con Valle Inclán dejamos de sufrir y trabajamos un poco el aspecto práctico con un texto perteneciente a la novela iniciática del ciclo de dictadores Tirano Banderas. Novela también precursora de la multiplicidad narrativa, donde no existe una sola realidad sino varios puntos de vista fragmentados que construyen un conjunto global de perspectivas. Así se sucedieron la mitad de las sesiones del curso, por delante casi un siglo de narradores que se quedaron olvidados en el limbo del ilustrísimo.

(¿Permite que esperpente a su lado ?)

Posteriormente se trató la figura de Gabriel Miró, cuyo modelo más cercano se encuentra en el Azorín paisajista, del que se destacará su camino creativo dentro de una línea tendente hacia la desnudez expresiva, la precisión, lo esencial. Después del alicantino el salto cronológico será espectacular.

Kraft refreftca máft

Kraft refreftca máft

 

Despues de la trifulca que se originó por la crítica publicada sobre la puesta en escena de la obra de Lope De cuándo acá nos vino? temíamos que descubrieran nuestras bases intertemporales planetarias y nos las destrozaran, haciendo gala de una venganza visceral e inhumana, propia de las que plantea el Kanun, código arcaico albanés, que recoge el premio Principe de Asturias de las Letras de 2009, Ismail Kadaré, en alguna de sus novelas, como, por ejemplo, Frías flores de marzo o Abril quebrado. Esta fue la sensación que nos produjo, por lo menos, de parte del tal Pedrito, que sólo le faltó poner en su comentario: -cuando os pille por aquí, os partiré la cara-.

Preferimos, entonces, esperar que se calmaran las turbulentas aguas y que mansas volvieran a su cauce y paseábamos por los arrabales, fuera, de momento, de los circuitos culturales al uso, donde se venera el ego de los actores como si de una divinidad aupada por las aureolas catódicas se tratara.

Entre barriadas y escoriales de traperos encontramos un extinguido vertedero de papel de estraza donde observamos un paquete que nos llamó poderosamente la atención. Tal paquete emitía una brillantez fuera de lo normal. Se diría que estuvieran naciéndole unas lenguas de fuego según nos acercábamos a él. Próximo a incendiarse le sofocamos con el barro de los caminos y salvamos un nuevo documento de nuestro sacrosanto cultureta, el inaguantable Juan sin Credo

En dicho texto se nos mostraba una reflexión sobre el espectáculo infantil Kraft, puesto en escena por la compañía valencia de teatro practicable Bambalina, dirigido por Jaume Policarpo, en el Centro Cultural Paco Rabal el día 24 de octubre del 2009. No queriéndole hurtar ni siquiera una tilde a su estela libertaria le cedemos el espacio para disfrute de sus únicos lectores.

Había salido así la tarde, de manera algo espontánea, tras una lectura tempranera de la prensa. Las 19:00 horas, en el último suspiro del horario de verano, era un buen momento para salir de la mano con la bella cría y pasar un rato agradable educándonos en el gusto y hábito del teatro.

Llegamos hasta el barrio de Palomeras Bajas, donde la condesa de Bombay tiene su feudo de fieles aguirristas, con la aquiescencia de Tomás Gomez y un alto número de madrileños que, repetidamente, vuelven a confiar en su sistema de escuchas y en las falsas acusaciones de corrupción que caen sobre algunos miembros de su gobierno.

La sala del Centro Cultural Paco Rabal es bastante coqueta, reciente, sin grandes alardes arquitectónicos. De las trescientas localidades no alcanzábamos la treintena de espectadores. Nunca se sabe la mayor entrega de los artistas si la se hubiera encontrado más llena.

Una larga mesa de madera de ebanista ocupa centro el escenario que tiene una serie de elementos, como un altavoz, cinta de carrocero o una enorme bola negra. Óscar Jareño, Merce Tienda y Vicente Arlandis, vestidos de etiqueta pero sin chaqueta, nos amenizan la velada con su capacidad para crear siluetas con un papel de estraza marrón que se convierte en una figura que canta rap, flamenco y ópera. La mímica emerge con una fuerza esencial dentro del espectáculo. Las persecuciones y los alborotos arrancan las sonrisas y carcajadas tanto de niños como de mayores.

En definitiva, cuarenta minutos de distracción garantizada en donde la dramatización nos transporta a un universo en el que el lenguaje se despoja de sus rasgos del significante para transmitirnos unas emociones humanas repletas de alegría y esperanza.

Dicen que Juan sin Credo y los suyos se acercaron al escenario y cogieron un trozo de papel que se había quedado tirado. Dicen que al salir se estaban repartiendo carteles enrollados de la vigésimocuarta Semana Internacional de Teatro para Niñ@s y que la bella cría cogió dos. Dicen que una vez llegados a casa, la bella cría se puso a jugar con el trozo de papel y los carteles diciendo que él estaba haciendo teatro.

Ahora de dónde o qué y el vino de la Vega?

Ahora de dónde o qué y el vino de la Vega?

 

De regreso de Las gradas de San Felipe y el empeño de la lealtad, en dónde, entre otros, estaba sentado el Premio Nacional de Literatura Dramática de 2006 Santiago Martín Bermúdez, nos dejamos arrastrar por la melodía de unos instrumentos de cuerda barrocos que nos condujeron hasta la calle de Embajadores número 9, como serpiente ensimismada al son de una flauta maravillosa.

Tales arpegios, tañidos en una dulce armonía, representaban aquello que desde un principio nos veníamos temiendo: un nuevo documento del tan denostado Juan sin Credo, con fecha de 22 de octubre de 2009. Este texto se refería a la puesta en escena de una rebuscada comedia de Lope de Vega titulada ¿De cuándo acá nos vino? representada por la CNTC en el teatro Pavón, bajo la dirección de Rafael Rodríguez, con una versión de Rafael Pérez Sierra.

(Leonardo y Beltrán)

No queriendo ceder un solo espacio más a nuestra astrosa prosa pasamos a continuación a presentar a nuestros únicos lectores el mundo nihilista, libertario y descarnado de nuestro ingobernable y batallador Juan sin Credo

Ya le comentaba a mi querido compañero, el ínclito conde de Abascal, la sufrida épica de los oficios. Así me rememoró su infatigable patear por las múltiples librerías de viejo rebuscando las famosas ediciones críticas del octogenario hispanista Alva Verno Ebersole. Del mismo modo, le narré mis aventuras, cerca de sus nuevas propiedades, al hallazgo de esa reciente joya de Lope, colocada en los anaqueles de la nueva y moderna biblioteca de humanidades del CSIC, publicada por Reichenberger en el 2008, bajo edición y estudio de Delia Gavela García, cuyo título lo compone la locución adverbial lexicalizada De cuándo acá nos vino?

(Los **** se besan)

Y quién fue el que vino? Pues esta vez algunos más. Los condeses de Abascal, la siempre alegre Jimena del Mar Mediterráneo y su florido mancebo, el sorprendente Carso Levant el Neperiano. También asistieron el ilustre geógrafo Carlos Egaleo Ness y a la cabeza del grupo Sara Bia di Rectora. Sin olvidarnos de la compañía de la exquisita Luz Sonora de la Partitura.

Cada uno por su lado, llegamos al teatro y nos dispersamos por nuestras butacas quedando la mía fuera de todo contacto con el apostolado, al haberla comprado con posterioridad. Se daba la circunstancia de que ya nos tomamos muchas veces un exceso de confianza y entablé conversación amable con una, en esta ocasión, simpática Oficial de sala. Me comentó que en el momento de apagarse la luces, si se encontraba alguna butaca vacía que mejorase mis intereses la podía libremente ocupar.

La función está apunto de comenzar, sonó decisiva la megafonía en una voz femenina. En la fila seis de las pares, cuatro butacas vacías de unos tardones que se quedaron sin Lope . Hacia allí me encaminé valiente y tuve que cerrar bocas de las señoronas que a la espalda me acusaban de usurpador. Empieza, entonces, la comedia de enredo.

(Octavio y la ****)

Siempre celebrar la risa está de cara, es mucho más sencillo aunque el problema se encuentra en que se pueda caer en la más rotunda de las tonterías. Aquí no pasa, son los menos, pero existen lugares con mácula, irregulares, desprotegidos. Tratemos primeramente de ellos. El más grave, a mi parecer, es el papel que interpreta Eva Rufo en la piel de doña Ángela. Poco creíble, no es capaz de transmitir la verosimilitud suficiente de una primera dama enamorada del galán; siempre está de comedia, a la chanza, por lo que muestra un personaje plano sin apenas psicología ni evolución. Su momento más patético es cuando recita el soneto (vv. 1636-1649); sin ninguna emoción el endecasílabo se le cae de los labios pasando desapercibido para gran parte del público.

 

(Doña Bárbara, Fajardo y la ****)

Tampoco salen muy bien parados los pretendientes de Ángela y menos aún, Marín,-representado por Alejandro Saa- el criado de Octavio, el indiano. Papel muy forzado que roza los lindes del ridículo. Mientras  don Octavio y don Esteban -Miguel Cubero y Pedro Almagro, respectivamente- actúan como meros comparsas, sin ofrecer apenas complicaciones. Más serio y más convincente se ofrece el papel de  don Alonso, amigo de don Esteban, interpretado por el veterano José Luis Santos. Del mismo modo suceden pequeños altibajos en la actuación realizada por David Boceta dentro del papel principal del Alférez Leonardo. Por último, dentro de estos pequeños matices del desacuerdo, aparece la melodía, totalmente asincrónica, de la cucaracha en las acciones en las que se destapa el embuste propuesto por Beltrán, que estropea el excelente trabajo musical del resto de la obra.

Sin embargo, los demás elementos de la dramaturgia arrinconan estos minúsculos defectos en aras de una entretenida y elaborada puesta en escena. Aunque los primeros compases son vertiginosos, el verso se asienta sobre esa tarima en perspectiva lineal con mayor elevación en el fondo que consta de distintas ranuras en donde se encajan esos forillos decorados a la manera de Pettoruti o la escuela vanguardista del suprematismo. El vestuario es majestuoso, de época, donde destaca el corte elegante y el colorido atrevido. Las luces enardecen las escenas amorosas sobre todo con ese naranja cálido que se proyecta ferozmente y espejea las telas en un ardor de gruesas pinceladas.

(El suprematismo o la visión geométrica de un decorado)

Pepa Pedroche, en el papel de Bárbara, hace un bárbaro derroche de fuerza escénica. Probablemente su actuación soberbia sea, en cierta medida, la culpable de la mediocridad de su pareja femenina que le acompaña en el espectáculo. Joaquín Notario, el capitán Fajardo, como siempre: repleto de presencia, lleno de escenario, enorme actor. Ernesto Arias y Toni Misó -Beltrán y Lope respectivamente- también destacan con su buen trabajo para hacer las delicias del público. Otros personajes menores Lucía, Alfaro, Riaño y Pacheco -Isabel Rodes, Adolfo Pastor, Diego Toucedo y Rafael Ortíz- cumplen felizmente con la parte que les toca en la Comedia.

Por último, no quisiera finalizar sin rendir tributo a uno de los mayores aciertos de la puesta en escena, a pesar del lunar de la cucaracha, como es la apuesta musical. De todo esto os hablaría mucho mejor mi exquisita compañera Luz Sonora de la Partitura. Pero como he de dejarme llevar por la intuición he de decir que tanto la música de cuerda como las partes cantadas aligeran la poda que recibe el texto original y hacen mucho más cercano y ameno el siempre difícil ritmo del verso para el oído sordo del espectador actual. Vaya entonces mi homenaje para Melissa Castillo, violín barroco, Josías Rodrígues, guitarra barroca y archilaúd, Héctor Castillo, violone, y, por último, Rodrigo Muñoz a la percusión.

(El equipo del vino, por supuesto con la ****)

En definitiva, un nuevo éxito del CNTC al apostar por un texto no muy conocido de Lope de Vega, que trata temas delicados en su tiempo, como es el de la madre soltera, y que nos hace reflexionar alegremente sobre la actualidad de nuestros clásicos en el cuarto centenario de su moderna obra teórica que tantos triunfos le brindó y que no es otra que El arte nuevo de hacer comedias.

(El Fénix de los Ingenios)

Dicen que los compañeros y Juan sin Credo después de ver De cuándo acá nos vino? fueron a tomar un vino en la calle del Almendro, evidentemente ya sin flor y también sin nata. Desde allá hasta acá unos cuantos no vinieron y la alegre Jimena, Carso Levant y Juan sin Credo siguieron el camino del vino, mientras que Carso, con una precisión más que matemática, explicaba los vaivenes y beneficios de nuestra sagrada épica de los oficios.

Desde el descoloque al Coloquio

Desde el descoloque al Coloquio

 

          

Después de varios mordiscos y unos cuántos ladridos más, apareció otro documento perteneciente al Coloquio de los perros que no queríamos que nuestros únicos lectores se lo perdieran en la noche de los tiempos

         Existe una controversia para dilucidar si las novelas son dos o una. Estudiosos como Casalduero o Rey-Hazas consideran que es sólo una novela porque existen unas relaciones estructurales muy entrelazadas. La función de marco y pórtico introductorio de El casamiento con respecto a El coloquio o la inconclusión y la incoherencia de El casamiento si faltase El coloquio.

El tema que trata las novelas es el del desengaño. En la del Casamiento el del burlador burlado. Tres son los aspectos temáticos fundamentales de El coloquio: una radiografía de la sociedad española de la época, las disquisiciones filosófico-teológicas y la discusión sobre la teoría y la práctica del arte narrativo.  

En cuanto a la sátira social, la narración de Berganza expone un amplio muestrario de las lacras y vicios sociales en la España de finales del XVI, principios del XVII. Las disquisiciones filosóficos-teológicas de El casamiento se concentran en la filosofía cínica de los perros, en sus consideraciones sobre la murmuración, en su actitud frente a las convenciones sociales y en el enfrentamiento entre la verdad y las apariencias. El tratamiento del tema literario es constante en El coloquio. Aparece en las consideraciones sobre la sátira, en la idealización de la naturaleza de las novelas pastoriles, en los comentarios sobre las obras y las gentes del teatro e incluso en alguna puntualización sobre la propiedad lingüística.

Complejo entramado de autores, narradores, lectores. La disposición temporal de la novela, el presente narrativo, se reduce a unas pocas horas. En ese presente narrativo se practican sucesivas retrospecciones temporales a momentos anteriores. La diversidad de focos espaciales es similar al entrecruzamiento de planos temporales.

Cervantes aprovecha múltiples aspectos de la novela picaresca: la narración autobiográfica, el sistema de servicio a varios amos. Aprovecha también la tradición del diálogo filosófico y de los relatos lucianescos con personajes transformados en animales. Además expone, por boca de sus personajes, el ideal del arte narrativo: deleitar aprovechando, enseñar entreteniendo. La coherencia y verosimilitud de la novela dependen exclusivamente de sus reglas poéticas, no de su confrontación con la realidad extraliteraria.

 

 

Un canino descoloque del Coloquio...

Un canino descoloque del Coloquio...

 

No tardaron en avisarnos. Veníamos de pasar una tranquila tarde de domingo cuando vimos que la señal de alarma centelleaba en un grito parpadeante del auxilio. En la antigua Pucela, cerca del Hospital de la Resurreción, está situada una perrera donde estaban ocurriendo los hechos más inverosímiles que jamás antes nos habían contando. Durante ciertas noches se escuchaban unos misteriosos ladridos semejantes a la lectura de alguna de las Novelas Ejemplares de Miguel de Cervantes

A nosotros, desde el primer momento, no nos cupo la más mínima duda acerca de la autoría de esos ladridos. Con la ayuda de uno de los mejores veterinarios de la nación nos encaminamos hacia Valladolid, con las luces antinieblas encendidas debido a la ciega espesura blanca con la que te abraza el río Pisuerga.

Menudo bocado nos soltó al acercarnos, me parece que fue uno llamado Berganza. Sus dientes se marcaron en mi brazo dejándome una estela similar a esas letras que tantas veces habíamos leído. El veterinario dijo que el tal Berganza, o no me acuerdo si Cipión, mordiera unos cuadernos que llevamos para la ocasión y mordisco tras mordisco apareció el documento crítico de nuestro idolatrado Juan sin Credo sobre el Coloquio de los perros, bajo dirección de Fefa Noia, dentro de las jornadas de Puertas Abiertas de la Semana Cervantina, en el Corral de Comedias de Alcalá de Henares.

Pastores de hombres en potencia, corderos disfrazados de lobos, corderitas, viboreznos, mujeres construyéndose. En definitiva pastores del género humano. La siempre alegre Jimena del Mar Mediterráneo, el ínclito Conde de Abascal y vuesa ignorantísima, el siempre ingobernable, Juan sin Credo agarramos el cayado y pasamos por la Cañada camino de Alcalá para contemplar, estupefactos, el engendro de Fefa Noia tomando en vano el nombre de Cervantes.

Mi adorado maestro Juan Antonio López Esteve me intentó enseñar el no ser sañudo con las diferentes puestas en escena a las que acudiera durante el resto de mi vida como espectador. Bien, prometo que lo intento. Cuanto más cuando el caso versa con actores del Curso de Formación del Centro de Estudios del Teatro de la Abadía. No precisamente, entiéndase, que quiera sacar la cara por la Abadía sino por el elenco novel.

El vestuario de los perros, Óscar de la Fuente en el papel de Berganza y Quique Fernández en el de Cipión, está ambientado dentro de una estética boogie-woogie demasiado desconcertante para mi gusto. Jorge Martín y Almudena Ramos representan un ramillete de papeles que les convierte en personajes comodín que diluyen su presencia y credibilidad escénica.

El decorado se reduce a un sinfín de sillas de diferentes tamaños y colores por donde se van desplazando cada uno de estos actores en pos de una nueva narración. El texto queda reducido a lo esencial en una labor de achique y poda que le hace perder algunos de sus aspectos más importantes para la comprensión del mismo, como es el caso de la crítica de la maledicencia que se desarrolla a lo largo de toda la obra y queda muy desdibujado en la versión teatral e, incluso, también ocurre con el episodio de la bruja Cañizares que está tratado con escasa atención.

Por otro lado, cabe destacar el acierto en el juego de las cajas al modo de matriuskas por cada uno de los diferentes narradores de la acción y el empleo del espacio escénico en toda su dimensión, tanto en sus tres niveles como el del mismo público.

En definitiva cuarenta minutos de histrionismo, barahúndas y perplejidades escénicas que hicieron pasar un buen rato a las cabezas de nuestro rebaño e hizo reafirmarnos en la idea de cuan saludables son las actividades lectivas fuera del aula.

De los suyos y Juan sin Credo volvieron a rebato, tras un agradable y breve tiempo de distensión, y a esPera(r) les devolvieron sobre la hora prevista con ganas y ánimo de preparar ese verde valle de la Arcadia donde apacienta manso el ganado siempre insatisfecho de los pastos que conducen a la madurez y sabiduría.

Alba en la negra procesión del luto para Bernarda

Alba en la negra procesión del luto para Bernarda

 

Vuelta al trabajo incesante, eléctrico, sin sosiego. Cabía de esperar. Muchos admiradores nos comunicaban sus impresiones mediante mensajería electrónica: -Juan sin Credo está como una cabra- Siguiendo esta pista aparecimos escalando las escarpadas pendientes de los Arribes del Duero, curioseando entre los chiviteros, para ver si aparecía algún nuevo documento tras los tiernos chozpidos de las crías.

(Chiviteros con rastros de Juan sin Credo)

Inmersos en esta investigación sonó nuestro número de la Central de Alarmas. Parecía haberse detectado un nuevo texto de nuestro idolatrado Juan sin Credo. Viendo planear un alimoche nos colgamos de sus garras para dar con nuestros huesos en un enjalbegado poblacho de la multisecular España, tan oscura y profunda como siempre.

(Alimoche en pleno vuelo)

Arraigados en sus tradiciones ancestrales de miseria e ignorancia, sus habitantes volvían del único lugar público permitido por las autoridades. Al vernos pertrechados con nuestra tecnología de última generación, encargada de tantos descubrimientos exitosos de la obra del irreverente e iconoclasta Juan sin Credo, huyeron despavoridos administrándonos el vade retro.

(Único lugar público del pueblo)

Finalmente, llegamos a la iglesia donde se encontraba el inquieto cura, causante de la llamada de auxilio. Resultaba que se le estaba asustando la feligresía debido a que, tras el reciente fallecimiento de Antonio María Benavides, se repetía incesantemente una cantinela similar al Memento de Difuntos, a intempestivas horas y por medio de unas voces siniestras y desconocidas.

Incluso, ese misterioso personaje, había dejado constancia escrita en el Misal de la parroquia en una extraña lengua que parecía ser una descomposición ibérica del latín. Para tales efectos de traducción, recabamos el apoyo del conocido Bachiller Montilla que no tardó en demostrar la autenticidad y pertenencia de dicho documento a nuestro irredento Juan sin Credo, ingobernable y libertario a todas luces.

 

(Misal donde aparecieron los escritos de Juan sin Credo)

Tal texto trataba sobre la asistencia de Juan sin Credo y su apostolado a las Naves del Matadero, el día de san Miguel a las 20:30, para ver La casa de Bernarda Alba, del universal García Lorca, bajo la dirección de Lluís Pasqual, con Nuria Espert y Rosa María Sardá, como primeras damas, en una producción del Teatro Español y el Teatre Nacional de Catalunya. Para no desesperar la avidez máxima de nuestros únicos lectores cedemos, gratamente, sonido a sonido la cadena fónica que muestra la delirante doctrina de nuestro arrinconado pensador nihilista-filocartesiano Juan sin Credo.

Inevitablemente llegaba el otoño. Las altas ramas de los árboles, desnudando sus hojas, arañaban la panza plomiza de un cielo monótono y bronco. En taquilla el buen Lolo di A´Trives e Itxi Estúñiga a la espera de nuestro abrazos. Más tarde se unieron Silvia O´rient y el lúcido Áng (d)el Mendi. Las Naves del Matadero son un espacio escénico descarnado y gris, aunque ha dotado al barrio de la Arganzuela de un referente cultural que bien puede resucitar un Paseo de la Chopera huérfano de locales de ocio y alterne.

(Las Naves del Matadero)

Se palpitaba excitación para ver a Lorca con su Bernarda Alba por dos de las actrices estelares del panorama teatral español. Como bien puede saberse -si así no fuera el caso se remite, por ejemplo, a la edición de Miguel García Posada, número 3 de la serie Castalia didáctica- esta obra estaba confeccionándose para la musa del poeta en los últimos días de la primavera del 36, Margarita Xirgu; aunque el estallido de la contienda civil y el posterior asesinato del autor la dejó inédita para las prensas y la escena hasta que el 8 de marzo de 1945 se representa, por primera vez, en Buenos Aires, de la mano de esta actriz que tantos éxitos de público había dado al teatro de Lorca. Se da la casualidad que la Xirgu también fue la primera en estrenar en el teatro de Mérida una versión de Medea, hecha por Unamuno, papel en el que también se ha encumbrado, la misma Nuria Espert que ahora protagoniza esta puesta en escena de la casa de Bernarda Alba.

 

(Ay Bernarda, deja vivir a tus hijas)

Cuantiosas han sido las ocasiones en las que se ha llevado a escena este drama rural, considerado, unánimemente, por la crítica como la obra maestra de Lorca. Basta recordar la primera representación en España, el 20 de marzo de 1950, que sólo estuvo un día en cartelera y silenciada completamente por la prensa y la dictadura de la mano del Teatro de Ensayo “la Carátula”, cuyos directores fueron José Gordon y José María de Quinto en el Teatro del Parque Móvil de Ministerios y protagonizada por Amparo Reyes (Bernarda) y María Luisa Romero (Adela).

Habrá que esperar hasta 1964, veintiocho años después de su creación, para que se le dé el reconocimiento merecido de crítica y público a esta tragedia tan española. La fecha elegida para la ocasión fue el 10 de Enero en el Teatro Goya de Madrid, dirigida por Juan Antonio Bardem, con decorados de Antonio Saura e interpretada por Cándida Losada (Bernarda) y Julieta Serrano (Adela)

Asimismo su proyección internacional ha sido destacada. Aparte de su estreno mundial en Buenos Aires es digno de mención su puesta en escena en 1957 en el Teatro Stanislavsky de Moscú, con más de un año de representaciones, dirigida por Ángel Gutiérrez. Llama la atención que la ahora Bernarda, Nuria Espert, ya dirigiera la obra en 1986, en el Lyric Teathre de Londres y cuyas intérpretes fueron Glenda Jackson (Adela), Joan Plowright (Bernarda). Además no está de más recordar los numerosos grupos de aficionados y universitarios que abordan cada campaña teatral la obra de este poeta mistificado por la progresía.

(Liryc Theatre de Londres)

Ante todo este bagaje artístico se encuentran el TNC y Lluís Pasqual, un minucioso coleccionista de las dramaturgias lorquianas. El reto aparece al colocar dos pesos pesados en escena, aunque la sangre no llegará al río -sí la mozuela-. Al parecer -como los propios espectadores comprobaremos- flota en el ambiente una buena sintonía entre ellas. Antes de llegar a las tablas del Matadero, estuvo en la sala pequeña del TNC, desde el 29 de abril hasta el 28 de junio, con un gran éxito de público y crítica, aunque para el estreno no asistiera ningún representante del tripartito, quizá por que al estar la obra en castellano el bachiller Montilla hubiera tenido que hacer un trabajo extra y ya se sabe como está el presupuesto.

(Tres de los artífices del nuevo éxito de Bernarda)

Desde el 10 de septiembre se encuentra en Madrid. Nueve días después se hizo un encuentro con el público dentro de los actos que conmemoran el engendro cultural de la Noche en Blanco. Diez días más tarde nos dejamos caer de la mano de un mesiánico con el que trató mi buen di A´Trives.

En Las Naves, el espacio se acomoda según sean las necesidades del montaje. Esta vez se habían habilitado dos gradas y entre ellas...el escenario. Así es, podíamos contemplar las caras a los compañeros de butacas de enfrente, sus gestos de estupor, ensimismamiento, admiración...

(Imagen de la primera escena)

Las actrices se desenvuelven, pues, en un extensión rectangular de azulejo blanco y apostado en sus lados dos arcos blancos -con dos lavaderos de mármol (el agua es un elemento muy presente en escena)- que se utilizan como entrada y salida de los personajes. Una gasa blanca, a modo de telón, sirve para potenciar ese color blanco, que tanto simbolismo tiene en el trasfondo conceptual de la obra. En la primera escena aparecen sobre el escenario casi medio millar de sillas deslavazadas, pervirtiendo el sentido original de las acotaciones de la obra que piden las sillas de enea de toda la vida.

Posteriormente, cuando el cortejo fúnebre se presenta en la casa con un murmullo de abanicos, se observará unas de las cualidades más importantes de la obra: el equilibrio y la armonía coral de un buen trabajo colectivo que hace de cada una de las actrices una pieza básica del engranaje para el buen funcionamiento de la pasión dramática. Este buen hacer será el encargado de poder transmitir esa atmósfera de opresión, de deseo sexual suscitado por un voraz apetito en unos cuerpos insatisfechos, en los que todavía se vislumbra un talle gozoso y apretado.

(Hijas de Bernarda)

Nuria Espert, a pesar de las críticas que puede recibir por parecer demasiado histriónica, está en su papel. Ella es Bernarda, la del bastón, el puño del mando y ordeno. Eternamente de luto ejecuta sus designios de grandeza, en un delirio que la encamina hacia la tragedia. Rosa María Sardá me trae a la memoria la ruptura de mi infancia con las carcajadas de su famoso programa, que le hizo recibir el TP de oro a la mejor presentadora, Ahi te quiero ver. Esa pose de graciosilla da a la Poncia, papel que realiza, un toque de comicidad que alivia el severo y asfixiante aire espeso que envuelve la obra.

(Bernarda en acción)

Adela y Martirio, protagonizadas por Almudena Lomba y Rebeca Valls, desatan un círculo de sospechas y envidias en un enfrentamiento digno de felinas, aunque en el desenlace final Rebeca pecará de ampulosa y su interpretación desequilibrará su buena actuación durante el resto de las obra. Las otras tres hermanas, Angustias, Magdalena y Amelia, representadas por Rosa Vila, Marta Marco y Nora Navas, son unas perfectas comparsas. Incluso me atrevería a decir que Rosa Vilas desempeña un magnífico papel haciendo de mujer ingenua, instrumento de Pepe el Romano para llegar a su hermana pequeña Adela.

(Martirio martirizándose)

Sin embargo, opino que tanto la criada como Maria Josefa, Tilda Espulga y Teresa Lozano, desentonan en la perfecta maquinaria actoral en la que se convierte la obra. La primera parece que hiperactua, ella es consciente de que está haciendo un obra de teatro en la que representa a una criada, pero no se cree una criada. Mientras que Teresa Lozano enajena mucho su papel, tanto que rompe el clímax dramático, sobre todo en la escena del cordero.

Finalizando, quisiera hacer mención acerca del vestuario, sobre todo en los trajes de luto de las hijas que resplandecen en una erótica belleza de lo prohibido. También el calzado sobresale, sobre todo los zapatos de Bernarda y las graciosas zapatillas de arpillera que calzan las hijas, en alguna de las escenas. Por otro lado, me parece magnífica la iluminación azul nocturna del tercer acto que preludia el final trágico en una sensación de sofoco visual, ahogando nuestras conciencias. Para acabar, se echa en falta algo más de ambientación sonora sólo presente en las letanías del Memento de difuntos que aparece entre actos.

(Azulado tono nocturno en la iluminación)

En definitiva, una inmejorable puesta en escena de la obra maestra de nuestro poeta más internacional que consolida la trayectoria como director de Lluís Pasqual, engrandece el prestigio de las dos actrices principales, Nuria Espert y Rosa María Sardá, y da el pistoletazo de salida a las actrices nóveles como Almudena Lomba y Rebeca Valls.

(Bernarda en el apoteosis)

Dicen que Juan sin Credo y los suyos tomaron una rápida consumición en la carera barra del Matadero. Dicen que di A´Trives dijo que si Nuria Espert estaba tan caracterizada que parecía Darth Vader. También dicen que la bella y florida manceba Rivimar dijo que igual que los niños de Medea qué pintaba un cordero vivo en medio de la escena, que por cierto dejó lleno de cagarrutas el escenario donde se rebozaron trágicas algunas actrices tras el suicidio de Adela. Dicen que camino de la horrorosa plaza de Legazpi iban detrás de las actrices secundarias que tomaron el metro, mientras que, probablemente, las principales cogieron el coche oficial al servicio del Ayuntamiento.

Como generales para “ La Cena...”

Como generales para “ La Cena...”

 

Tiemblen butacas, candilejas, bastidores. Suban el telón, enciendan los focos y apaguen sus teléfonos móviles porque una nueva temporada de teatro acababa de comenzar y parecía que los documentos críticos de nuestro idolatrado Juan sin Credo no pararían de sucederse. Así ocurrió. Vuelta a la llamada incesante de un tono que suena y resuena. Anuncios desesperados en prensa, tanto escrita como oral. Vallas publicitarias, fijas y ambulantes, piden a gritos la solución inmediata del enigma.

 

(Vista del Hotel Palace)

Clientes del restaurante del Hotel Palace observaban, en la tan prestigiosa sopa de letras perteneciente a la Carta de su Gran Menú Especial, un mensaje que se repetía una y otra vez por mucho que mareasen el caldo con su cuchara para desordenarlo. Las letras volvían a su sitio formando una cadena fónica que, a buen seguro, algo trataba de comunicar. Como no podía ser de otra manera hasta allí fuimos para ponernos en contacto con el Chef que se mesaba los cabellos -apretados en la malla higiénica según normativa- ante la inminente perdida de reputación. No soportaba que la receta de una sopa salida de su imaginación se tropezase en una constante información que trastocaba su prurito de originalidad.

(Sopa de letras con mensaje)

Tal extraño caso nos hizo plantear unas pruebas selectivas muy competitivas de aspirantes expertos en la sopa boba. Muchos de ellos ni se presentaron. Otros tenían un currículum inmejorable. Al final optamos por un cuarentón que aún vivía con sus padres, no había frito ningún huevo en su vida y tenía cara de sopón. Con las primeras cucharadas se resolvió, prácticamente, el problema. No cabía ninguna duda acerca de la autoría de nuestro ingobernable Juan sin Credo. Doce cazuelas a rebosar de sopa bastaron para que descubriéramos un documento crítico sobre la obra La cena de los generales, de José Luis Alonso de Santos. Dirigida por Miguel Narros e interpretada en sus papeles principales por Sancho Gracia, Juanjo Cucalón y Ana Goya, el 23 de septiembre de 2009 en el Teatro Español. A continuación mostramos su cuestionada doctrina sin apenas eliminar ni una sola coma de su discurso.

(Unos huevos fritos mal hechos)

La vida continúa después del verano. En un principio parece imposible, algo que parece que nunca fuera a llegar. Siempre ese inicio de curso nos toma por sorpresa pero mirándolo bien comenzaba otra temporada, una nueva agitación en los patios de butacas, una buena ocasión para volver a abrazar a los amigos. Más de tres meses llevaba sin ver al lúcido Áng (d)el Mendi y casi tan de lo mismo a la florida manceba del gran Lolo (di A´)Trives. Así que sin importarnos tanto el desenlace de la obra sino el volvernos a ver, sanos y salvos, nos acercamos a la plaza de Santa Ana con la mejor y la más benévola de nuestras intenciones críticas. Esa actitud positiva hacia la amistad fue realmente la tabla de salvación de una “entretenida” comedia dirigida a un público mayor de edad.

(Juanjo Cucalón y Sancho Gracia en la primera escena)

Cruzábamos el pasillo hacia nuestras localidades con el telón abierto mostrando un escenario realista, fiel representación de una enorme cocina con tres fogones, sus extractores y múltiples utensilios de cocina. Colgado del techo un emblema falangista del yugo y las flechas que no da pie a ninguna posible interpretación, a ningún espacio simbólico para el vuelo de la imaginación del espectador. Alonso de Santos crea una amable visión de las dos Españas en clave de humor que está limpiamente llevada a la escena por Miguel Narros para hacer las delicias de unos pensionistas que esperan una diversión garantizada de la mano del mítico Sancho Gracia.

(Emblema de los vencedores sobre su propia miseria)

La puesta en escena se encuentra perfectamente organizada y se ofrece al espectador de una manera bastante lineal. Todo es muy sencillo, nada de complicaciones; hasta se emplean los paneles electrónicos que marcan el número y título de cada una de las escenas. Entre éstas se escuchan pasodobles, coplas, boleros y zarzuelas que hacen musitar el recuerdo juvenil de nuestras tan alegres compañeras de butaca.

Sancho Gracia, que realiza el papel del Sr. Genaro, maitre del Hotel Palace, deambula en susurros por el escenario dentro de un personaje que ni él mismo se cree. Su vuelta a los escenarios, después de su grave dolencia pulmonar, bien parece que será efímera, sobre todo al verle esputar cuando el resto de los actores estaba saludando. Atrás quedan sus memorables años como Curro Jiménez que le hicieron granjearse el prestigio de ser uno de los actores con mayor empaque dentro del panorama nacional.

(Sancho, Juanjo y Ana)

Sin embargo Juanjo Cucalón es el alma mater de la obra. Su papel como teniente Santiago Medina mantiene vivo el interés escénico y provoca la carcajada que hace viable la tan ligera dramaturgia. Suyos son los mejores momentos en los que el espectador disfruta de su hilarante y surrealista retórica castrense de agradar la cena de los generales.Por otro lado, aparece Ana Goya que no le va a la zaga, en cuanto a presencia dramática se refiere, a Juanjo. Su personaje de Chef suplente, organizadora y responsable de todo el equipo de cocineros y partener de Sancho Gracia, lo ejecuta con gran profesionalidad y ejerce un buen dominio de los diferentes registros, tanto de la voz como de la expresión corporal.

El resto del elenco sufre varios altibajos. De los cocineros destacan Emilio Gómez, en el papel de Tomás, por sus discursos de francachela con el vigilante Mustafá, Adolfo Grandy. También se merece una mención especial el personaje de Nando, representado por Víctor Manuel Dogar, al interpretar varias zarzuelas con un emocionado torrente de voz. Los demás se salvan, exceptuando la pareja que contrae el matrimonio. Nunca se sabe si el culpable de todo esto es el dramaturgo, el actor o el propio espectador. En una obra en la que todo se toma a rechifla, un personaje melodramático tiene que ser exageradamente bueno para que su actuación no quede desacreditada. Pues bien, esta situación no ocurre con Candela Arroyo. Su patetismo es francamente horrísono en una pose demasiado forzada, aunque en el saluda intente arreglarlo dándole una palmadita en la espalda a Sancho Gracia.

(Cocineros bailando)

En definitiva ninguna reflexión, ningún análisis de la realidad sino un rato agradable que nos hace pensar en que a los gestores culturales de Teatro Español, sólo les importa el éxito de taquilla en este comienzo de temporada, de la que esperamos que enmienden la plana pues un teatro público debe de preocuparse de ofrecer obras de más profundo calado que esta fútil frugalidad que termina siendo La cena de los generales

Dicen que Juan sin Credo y los suyos salieron a las Huertas en busca de otra cena más digestiva. Dicen que Juan sin Credo dijo que tanto realismo en el escenario chocaba con una simulada manipulación de los alimentos para la cena. Dicen que Áng (d)el Mendi dijo que no había verosimilitud en tanta blancura inicial y final de esos delantales tan blancos. Dicen que Lolo (di A´)Trives dijo que un espectador medio inglés ve en su vida al menos cinco puestas en escena de una obra de Shakespeare, Juan sin Credo le comentó que si un español sólo ve cinco veces una obra de Alonso de Santos o sus contemporáneos así nos van las cosas. Dicen que Itxi Estuñiga de Pasaron, la florida manceba del (di A´) Trives, dijo que el tiempo huye y que si por lo menos el español ve el teatro que ve ya va viendo algo.

(El tiempo que huye y se derrama)

 

 

El lazo cósmico de Pandur está sin cobertura

El lazo cósmico de Pandur está sin cobertura

 

Francamente, para que negarlo: ¡¡ Estábamos de enhorabuena !! Después del filón descubierto en el monasterio de Simat de la Valledigna -aún a sabiendas de que aquellos cartapacios encontrados contenían documentos pertenecientes a un género menor- no habíamos vuelto a recibir ningún encargo para confirmar la autenticidad de restos textuales atribuidos a nuestro idolatrado Juan sin Credo

Al final la esperada llamada llegó. Después de un estío lleno de hastío sin teatro a pedir de boca , el retorno se hizo -si se nos permiten la taurina expresión- por la puerta grande. Desde Mérida, Marco Vespasiano Agripa hablaba emocionado, tras el otro lado de la línea, por lo que parecía un magnífico descubrimiento realizado gracias al trabajo de los pertinaces arqueólogos José Ramón Mélida y Maximiliano Macías.

(Teatro romano de Mérida)

En una actividad frenética de múltiples excavaciones sin precedentes en el lugar denominado por los lugareños las Sietes Sillas, en donde, supuestamente, estaba situada la Cavea media del Teatro Romano, cerca de lo que hoy en día podemos denominar banco de prensa, se extrajo una extraña inscripción que llamó de inmediato la atención de estos dos graves eruditos. No pudiendo averiguar su ignoto significado, se pusieron en contacto con su mentor, que a su vez recurrió a nuestro sofisticado equipo de detección para desentrañar esa ilegible escritura que, como no, resultaba ser de nuestro descarado e irreverente Juan sin Credo.

La labor de investigación puso sobre la mesa un texto crítico sobre Medea, bajo la dirección de Tomaz Pandur y con Blanca Portillo, en el papel estelar, fechado a 27 de agosto del 2009, como representación exclusiva del 55 Festival de Mérida. A partir de este momento, siendo nuestra principal obligación científica el mostrar tan feliz hallazgo, cedemos el espacio a las iconoclastas palabras del denostado Juan sin Credo para regocijo y pábulo de nuestros únicos y fieles lectores.

(Tomaz Pandur)

En verdad me digo que no sé cómo empezar. En verdad la visita a Mérida me supuso una sobredosis emocional, desde el punto de vista dramático, difícil de superar. En verdad me digo que todas las expectativas alimentadas durante tanto tiempo fueron, satisfactoriamente, superadas.

Al principio fue la respuesta a un capricho de mi querida amiga Zeniala Volvoreta, prendada tras asistir al -tan injuriado por la crítica madrileña y en especial por Santiago Martín Bermúdez en el número 327 de la revista Primer Acto- Hamlet de Pandur. Ilusión que fue creciendo hasta convertirse en realidad después de colocar al dulce retoño durante al menos treinta horas y tras casi mil kilómetros en las espaldas de chapa de nuestro sufrido monovolumen.

(Zeniala Volvoreta)

Hasta allí llegamos, al reclamo de la llamada de los Balcanes, entre unas piedras con más de 2000 años de antigüedad. Puede afirmarse que Mérida es una ciudad irregular, al menos en su casco antiguo, donde la arquitectura de las viviendas tradicionales está jalonada con bloques de viviendas, totalmente funcionales, que le otorgan un triste aspecto de desencanto.

Fue el gran Javinchi Light, técnico de iluminación de la obra, paisano de nuestra aguerrida narradora oral, el que ejerció de fantástico cicerone y nos permitió ascender en la categoría de espectadores hasta el rango de ayudantes del equipo técnico, con localidad reservada en el banco de prensa; en el que, por cierto, se encontraba también Daniel Albadalejo, tras un merecido descanso después del largo peregrinar de La estrella de Sevilla por los veraniegos corrales hispánicos.

(Albadalejo como Sancho IV)

Estuvimos merodeando por las ruinas, tras la estampida de los turistas, en el sofoco de la tarde agonizante, cuando Blanca Portillo calentaba la voz ante la inminente elevación del lazo cósmico mediante un dirigible negro más los dos globos que le servían para obtener el equilibrio. Una hora antes del comienzo de la función ya estábamos ocupando nuestras localidades bajo una cálida luz de las estrellas que permitían un respiro y tregua sobre el calor apretado entre las piedras.

(Momento previo de la ascención del lazo. Imagen gentileza de Paco el muerto)

Diez minutos antes de las 23:00 -cuando los espectadores estaban abarrotando el Teatro Romano en un día de diario cualquiera- vimos pasar a un extraño personaje que se colaba entre el público, deambulando con una vieja maleta. El musical bucle sempiterno machacaba un ritmo intensificado bajo una lluvia de flashes fotográficos, camino de un escenario repleto de fardos de paja, que formaban, a su vez, un laberinto en una de las partes de la Orchestra, de cuyo centro se elevaba ese enorme lazo negro, vía de comunicación, según nos explicó Davinchi Light, con los Dioses del Olimpo.

(Un personaje desterrado. Imagen gentileza de Paco el muerto)

Tras su estreno en el año 431 a. C., varios han sido los autores que a lo largo de los siglos han recreado el mito de Medea. Así nos encontramos a Séneca, Cornielle, Anouilh, Bergamín, Sastre y el propio Pandur, con una dramaturgia de Darko Lukic y Livija Pandur. Tal como dice Vicente Cristóbal -en su artículo Mitología clásica en la literatura española de la edad media y del renacimiento, en el número 6 de los Cuadernos de la literatura griega y latina- el mito surge de una constante reinterpretación y actualización con el fin de hacerse inteligible a la nueva civilización en la que se instala. De esta manera, nos encontramos ante una visión de Medea, por parte de Pandur, como paradigma del refugiado contemporáneo, apátrida y desarraigado, con unas atroces secuelas de su oscuro pasado que le persiguen como una zahiriente y alargada sombra.

Así se nos presenta esta primera escena, con Medea en el centro del escenario asediada por unos inquisidores reporteros sacados de la delatora escuela de Joseph McCarthy, instalados en cada una de las siete escaleras, abrumando con sus preguntas condenatorias a la protagonista que estalla en un quejido de angustia.

(Josep McCarty, el "brujo rojo")

Tras este barullo se rompe en el escenario una pared de fardos donde está escondido el centauro Quirón, uno de los mejores aciertos de Pandur, que no aparece como personaje ni en Euripides ni en Séneca, pero que según la tradición fue el maestro de Jasón. Quirón será la profunda voz de la conciencia, el análisis certero de los hechos. Asier Etxeandía pasa con nota el examen del Teatro Romano de Mérida, mostrando un envidiable estado de forma y manifestando una fiel recreación de los rasgos equinos, fruto de un duro y esforzado entrenamiento. Decir en favor de nuestro gran Davinchi Light la habilidad y destreza al marcarle los pasos de trote con un juego rápido de los focos que causan el deleite y el asombro de los más interesados espectadores.

(Coche de época del rey Egeo. Imagen gentileza de Paco el muerto)

Los barridos del escenario son impresionantes, con los perros de presa de los hombres de Creonte, con los segadores, las acordeonistas, la procesión del cortejo nupcial de Creúsa, las niñeras con los cochecitos de paseo, modelo Vittoria Peonia, los ancestrales antruejos que nos traen un aroma añejo de una cultura milenaria común mediterránea, o el Peugeot 404 con la roulotte, también de época, del mítico rey de Atenas Egeo. De este modo es como Pandur enamora, como avezado discípulo que bebe, insaciable, en las fuentes de inspiración del gran escenógrafo checo Josef Svoboda. El espectáculo inflama la retina en una fiesta ágil de fértiles movimientos, proyectados bajo una minuciosa y exacta coreografía.

Pero teatro, en el sentido castizo del término, poco, bien poco. Los diálogos entre los actores se pierden en el precipicio de una verosimilitud nada creíble. El personaje de Jasón es el peor parado, pues se amilana ante el torrente exponencial de fuerza bruta escénica que plasma Blanca Portillo. En la escena doméstica, desarrollada entre el laberinto de fardos, se bordea una interpretación patética; con la canción de Perfidia de fondo, Medea lava la ropa interior y bate huevos mientras Jasón, representado por Alberto Jiménez, se acicala para cometer el público y “ventajoso” adulterio.

(Imagen del cortejo nupcial. Imagen gentileza de Paco el muerto)

Julieta Serrano nivela el trabajo actoral con un papel soberbio en la figura de la Nodriza, que absorbe parte de las estrofas y antiestrofas que Euripides cede al Coro. También realizan con bastante dignidad su trabajo los catorce actores restantes en sus papeles de Argonautas, o periodistas, y mujeres de la Cólquide.

Incompresible el lugar que ocupan en escena los niños haciendo de los hijos de Medea y Jasón. En cuanto a Blanca Portillo, musa y diva de Tomas Pandur, le salva su rigurosa profesionalidad, aunque cuando declama los largos monólogos, flaquea en la dicción y se difumina el sentido del texto en los mármoles más elevados del frontispicio. Además en sus disputas con Jasón le anula hasta desintegrarle, sobre todo en la escena del apoteosis con el lacrimosa de Mozart. Por no citar la nana final, completamente desafinada.

(Partitura de la lacrimosa de Mozart)

En definitiva, para mi gusto Pandur debería engrasar la maquinaría humana y así poder ofrecer un producto más acabado, donde la coreografía no fuera sólo un broche dorado, resquebrajándose sin la esencia principal de toda obra de teatro que es hacer ver a los espectadores una apariencia similar de la verdad sobre las tablas.

Dicen que Juan sin Credo y los suyos acompañaron a Davinchi Light hacia el Peristilo donde estaban sirviendo un excelente jamón serrano -exclusivo para el elenco de actores y el equipo técnico- financiados por la Junta de Extremadura y magistralmente cortado por el campeón del mundo en la materia, Nino Jiménez.

 Dicen que tras unos combinados servidos en la zona habilitada cerca del Aula Sacra, éstos ya pagados de sus propios bolsillos, hablaron y hablaron del excesivo presupuesto del Festival de Mérida.

Dicen que la florida manceba, Rivimar Espejo-Saavedra de las Conesas, dijo que menos jamón y más subvención a grupos de teatro, con una enorme calidad como la que atesora, sin ir más lejos, la compañía Vuelta de tuerca.

Dicen que abandonaron el recinto a horas intempestivas y que llegando a su destino Juan sin Credo recordó haberse olvidado unas gafas de sol, una camisa, una cazadora y este escrito rescatado tras las excavaciones realizadas cerca de lo que tiempo atrás se pudo denominar banco de prensa.