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Juan sin Credo

Gamoneda sigue en su rincón? y III

Gamoneda sigue en su rincón?  y III

Antonio Gamoneda tiene una voz lenta, pausada, entrecortada. Su disertación sobre la poesía no me importa tanto como la dicción de sus poemas; aún recuerdo la intensa emotividad impulsada en la atmósfera del mismo recinto, cuatro años antes, cuando leyó Blues del cementerio. Pero según parece, la elocución teórica va para largo.

Gamoneda se extiende, se pierde en los circunloquios de la analogía. Divaga y divaga. Remarca con sarcasmo que la poesía es el arte de la desobediencia y distribuirá su tiempo como mejor le venga en gana, a pesar de las advertencias previas hechas por el director del curso.

Cita a García Lorca, a Juan Larrea, a Octavio Paz, a Valery, a Eliot. Habla de la poesía como el arte de la memoria, donde la música es el estado original, y del poeta sin proyecto concreto que recibe una pulsión imprevista de un modo verbal mediante una conducción rítmica.

Habla y habla más y venga a hablar que no para.

Luis Alberto de Cuenca mira su reloj. Alfredo Taján, sentado a su lado, le cuchichea al oído. El resto del público nos revolvemos nerviosos en las sillas. Gamoneda podría seguir todo lo que le resta del día disertando sobre el Popol-Vul, Juan de la Cruz o de las abstracciones geométricas del neolítico como formas primarias de la aspiración al pensamiento poético.

Gamoneda parece darse cuenta y pide disculpas, ocasión que aprovechan Luis Alberto y Alfredo para marcharse. Tras hora y media larga de conferencia sólo le restará tiempo para leer tres poemas.

A pesar de un exhaustivo rastreo sólo consigo identificar dos. El otro, segundo en el orden de lectura, aparentemente inédito, es un homenaje a un amigo suyo iraquí, pronunciado Faigh o Fay, fallecido hace tres años, y que fue torturado por la policía de Sadam Hussein, sufriendo una epilepsia de origen traumático, cuyos primeros versos son: Has venido a mis venas/advierto tu dulzura.

Los poemas identificados son: Sucesos, de Extravío en la luz, poema largo instalado en su ya clásica línea hermética, y Canción errónea, publicado en un libro colectivo por ALDEM, asociación relacionada con la esclerosis múltiple. En este extraño poema, más propio del dictamen de un forense, abundan los términos cercanos a lo fisiológico, como por ejemplo cartílagos o vértebras.

El inminente octogenario Gamoneda termina por perderse en la lectura, debido al abanico de hojas en el que se ha convertido el guión de su conferencia. Sin ningún problema ni titubeo, como el experimentado capataz que domina bien el oficio, busca el folio correcto  -vuelta arriba, vuelta abajo-, arranca la sonrisa condescendiente de los espectadores y finaliza su densa conferencia y minúsculo recital en un salva de aplausos agradecidos.

 

Dicen que Juan sin Credo, aficionado ya al fetiche del autógrafo, se acercó a la fila para recibir unas letras ininteligibles de recuerdo.

Dicen que delante de Juan sin Credo había una joven vistosa que regaló a Gamoneda un ejemplar de un libro suyo de poesía dedicado. Dicen que Juan sin Credo vio como Gamoneda le buscó la lengua en el labio sin ningún pudor.

Por otra parte, también se oye decir que Juan sin Credo recibió, tras ese encontronazo lúbrico anterior de Gamoneda, bellas palabras de cariño hacia el ejemplar que llevaba de su obra, primera gran recopilación de su poesía, titulada “Edad”, editada por Cátedra.

Dicen que abandonando la Sala Europa, otras dos mujeres le preguntaron de dónde había sacado ese libro, respondiendo Juan sin Credo que de casa pero que seguramente en el pequeño puesto de libros del vestíbulo venderían libros de Gamoneda.

También dicen que saliendo ya del Euroforum Infantes, escuchó como la muchacha que regentaba ese puesto afirmaba sorprendida ante una impaciente cliente, la liquidación de existencias de todos los libros de Gamoneda en un santiamen.

Por último, dicen que dijo que la memorias sobre la vida de Ángel González, escritas por el Divino, le habían parecido con un punto de mayor intensidad en el tratamiento de la ficción literaria que la obra autobiográfica de Antonio Gamoneda, “Un armario lleno de sombras”.

Gamoneda sigue en su rincón? II

Gamoneda sigue en su rincón? II

La obra poética de Antonio Gamoneda destaca por su constante reelaboración en un proceso de reescritura que tiende a la esencialización. Su poesía tiene una arraigada base visionaria con un fuerte peso irracionalista, además de una pesada carga simbólica. Esa sustancia hermética se traduce en una serie de signos sin conexión alguna con el mundo de lo inteligible.

Desde mi punto de vista tres son las obras con mayor relevancia dentro de esa unanimidad, de ese texto suspenso y no definitivo en el que se convierte toda su creación. El primero sería Blues Castellano, escrito entre 1961 y 1966, censurado en su día y publicado en 1982. Libro influenciado por los cantos fundacionales del jazz en su vertiente profana, el blues, y religiosa, el spiritual, además del modelo del poeta turco Nazim Hikmet, donde se observa una simbiosis entre el compromiso político y la exaltación de la intimidad.

Se podría considerar este conjunto de poemas como la única aportación a la poesía social del autor, aunque pesa más la atmósfera opresiva de tristeza enunciada desde el sentimiento. La temática de esta obra gira en torno a la exposición de la injusticia en su vertiente solidaria y compasiva, reflejada en un escenario colectivo. También destaca una visión del sufrimiento como un asunto natural, adherido al deseo, convirtiéndose ambos en el motor primario de la vida.

Las formulaciones rítmicas se establecen conjuntamente con los modos tradicionales de la canción popular, en lo que se refiere a los paralelismos, reiteraciones y anáforas, más un tejido sintáctico que consiste en la supresión de enlaces argumentales, la reducción de jerarquías sintácticas complejas y en las asociaciones primarias de un lenguaje sencillo e inocente.

Todo este marco del sentimiento se caracteriza por una tonalidad narrativa y la presencia de una anécdota sin desarrollo argumental, además de una cuidada selección de detalles que no son más que unos relieves de sensación con una clara tendencia a lo simbólico. Personalmente, me quedo con la segunda parte del libro donde destacan los poemas Blues del cementerio, Blues del amo y Blues de la casa.

La segunda obra, en orden cronológico de composición, es Descripción de la mentira, finalizada en su primera versión en La Vega del Boñar, bajo los últimos días del año de 1976, que, según mi parecer, será la encargada de marcar un hito en la trayectoria poética de Gamoneda, al ser depositaria de una voz propia y única que se refrendará en sus posteriores trabajos.

Con Descripición se inhala un espantoso aliento visionario de una espesa textura simbólica, que teje una tupida y vasta madeja de hermetismo, marcando un elevado valor de enigma para convertir el texto poético en un elemento incomprensible donde se emprende, entonces, la construcción de una conciencia realizada por un sujeto omnipresente y radical, turbado en su propia percepción del mundo.

El planteamiento del libro, estructurado unitariamente, tiene una concepción narrativa en el que se presenta la confesión de un naufragio personal e histórico mediante una oleada sucesiva de pensamientos, atenta al tempo musical, sin apenas avances semánticos posibles. Se emplea el versículo desde los recursos propios de la poesía salmódica, siendo los más frecuentes los paralelismos sintácticos y las reiteraciones anafóricas. Las constelaciones temáticas son recurrentes mediante una diseminación de los conceptos a lo largo de todo el poema.

El lenguaje está fuertemente poetizado, ajeno al habla cotidiana, formado por unos constituyentes relacionados con lo legendario, rural, mágico, enigmático, onírico e irracionalista. Las imágenes pertenecen al mundo primitivo, oscuro y natural, tratadas con un sencillo simbolismo donde existe una armoniosa convivencia de lo abstracto y lo sensorial.

Por último, la tercera obra de mayor prestigio de Gamoneda es el Libro del frío, de 1991, considerado por la crítica como la cumbre estética del autor, aunque como he citado mi admiración se queda con Descripción. Este poemario no presenta novedades métricas con aquel, pues sigue empleándose el versículo. Sí se reduce ese verbalismo enfático característico de Descripción, que se demuestra con una ausencia de elementos ornamentales, una reducción de la entonación mayestática y un lenguaje poético menos exuberante. Aparece un yo omnipresente, tamizado con soportes autobiográficos, impasible ante el vacío cósmico que se vislumbra ante la idea de la muerte percibida inminentemente.

Tras estos arduos prolegómenos, espero que clarificadores de ciertas dudas tenidas por el respetable, volvamos al momento en el que Luis Alberto de Cuenca presenta con unas breves y jocosas palabras a Gamoneda y se retira a las primeras sillas del público donde apaga su móvil y empieza la conferencia. 

Sin embargo, antes de volver comenzar, no quisiera dejar de citar la recopilación de estudios sobre la obra poética de Gamoneda, El curso de la edad, publicada durante este año en la editorial madrileña Abada y realizada por Miguel Casado, así como una útil antología de su obra, llevada a cabo por Ángel L. Prieto de Paula en la Colección vuelapluma de Edilesa en el 2002, que contiene una buena guía didáctica, como también otra serie de recursos pedagógicos para un acertado aprendizaje de sus coordenadas poéticas fundamentales.

Gamoneda sigue en su rincón? I

Gamoneda sigue en su rincón? I

En nuestra constante tarea de investigación científica, que tiene como misión arrojar un tibio baño de luz a los desvelos críticos del gran irreverente espíritu nihilista Juan sin Credo, encontramos un hecho inaudito muy difícil de explicar. Un hecho que escapa a toda racionalidad y sólo puede comprenderse desde la visión de un acto de fe. No es posible que perteneciendo este escrito a la carpeta de La caja de los hilos punzantes -que, como podrán recordaran nuestros únicos lectores, fue hallada gracias a unas reformas realizadas en el Monasterio de Santa María de la Valedigna- esté firmado, sin embargo, en San Lorenzo del Escorial.

(Monasterio de El Escorial)

 

En fin, misterios de la Ciencia, transubstanciación monacal de la materia orgánica o, simplemente, don de la ubicuidad de nuestro idolatrado Juan sin Credo, fruto del consumo de alguna sustancia psicotrópica en su alegre juventud como el cornezuelo de centeno, al igual que la mística abulense y tan santa carmelita que levitó por esos austeros conventos en los inicios de nuestra Edad Moderna.

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(La mística abulense en acción)

Mientras tanto y sin más miramientos, dejamos paso a sus palabras tan hilarantes como iconoclastas, que tratan, esta vez, sobre el poeta impertinente, tal como lo denomina nuestro querido libre-pensador,  Antonio Gamoneda; el cual ofreció una conferencia extraordinaria, titulada Poesía y Poética, celebrada el 29 de julio de 2009 en el Euroforum Infantes, Sala Europa, dentro de los Cursos de Verano del Escorial, bajo el nombre de Los poetas en su voz, cuyo director fue Luís Alberto de Cuenca y en el que también participaron otros poetas y escritores de la talla de Félix Grande, el upedeista, Álvaro Pombo o el último ex-ministro de Cultura, César Antonio Molina.

 

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(Cartel de los Cursos de Verano de El Escorial 2009)

 

Siempre me gustará penetrar en los pasadizos laberínticos del conocimiento para que se muestre, con mayor claridad, mi abismal ignorancia ante la mayoría de los acontecimientos que ocurren o han ocurrido en las parcelas de nuestra sabiduría más próxima. Poco sé de muchas cosas, pero menos aún de todo aquello que más debiera  saber. En definitiva, me mueve un hambre insaciable de conceptos, datos e ideas que jamás se satisface y que sólo consigue agrandar mi desaliento y desamparo.

 

 

 

 

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 (Gamoneda con unos "amigos")

 Este fue uno de los motivos por los que me acerqué hasta las instalaciones donde se imparten los Cursos de Verano del Escorial, y así comprobar las carencias de mi estrecha cultura ante uno de los personajes que más encendidas admiraciones y rechazos ha causado en el mundo de las letras hispánicas durante los últimos tiempos: el poeta Antonio Gamoneda, Premio Cervantes 2006, máximo galardón para cualquier escritor de habla hispana, el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en el mismo año, o el Premio Nacional de Poesía en 1988, así como el Premio Castilla León de las letras en 1985, entre otros.

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(Qué buenos son los del Monte de Piedad)

Había desaparecido, con respecto a los años anteriores, el patrocinio de los Osos Verdes Pantugruélicos con Nuestros Ahorros, a causa, seguramente, de las tensiones políticas y de financiación entre el gobierno de la lideresa, tan reacio al pensamiento independiente, y los rectores de las universidades públicas. Era notoria la escasez de prensa en los vestíbulos y, ahora, ironías de la vida,  predominaba el color rojo, ni mucho menos asociado a la causa proletaria, del Banco de Santander.

 

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(El director del curso)

 

Con una puntualidad cercana a la exactitud, cuando ya los más creyentes habían rezado el Ángelus, con un auditorio a rebosar, hicieron acto de presencia el director del curso, el impecable Luís Alberto de Cuenca, gomina en el peinado, chaqueta sin corbata, mocasines sin calcetines y pantalón blanco algodón 100%, y el ínclito Gamoneda, camisa blanca, zapatos oscuros, pantalón azul de polyes(ter-gal)o y bajo el brazo una carpeta con sus notas y poemas .

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(El ínclito)

 

Mucho ríos de tinta se han escrito ya sobre la persona de este gran poeta, llamado por algunos, áulico, dado su paisanaje y “afinidad” ideológica con el actual presidente del gobierno, el leonés Rodríguez Zapatero. A mí me ha parecido mejor llamarle  impertinente, susceptible, inoportuno, etc. Creo que sus constantes salidas de tono se fundamentan en ese resentimiento crónico instalado en todos los seres humanos que han sufrido la humillación de la miseria en sus carnes durante un periodo largo de tiempo y han visto, con sus propios ojos, ejercer la brutalidad sobre el más débil sin ningún motivo, aparente, que la justifique.

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(Ejemplar de la revista Claraboya)

Sus innumerables trifulcas con otros poetas o personajes del mundo de la cultura han marcado una importante característica de su personalidad. Comienzan éstas cuando en 1963 escribe un artículo en la revista Claraboya, dirigida por el narrador Luís Mateo Diez, cuestionando, tras unas duras declaraciones, la validez del discurso de los poetas sociales, donde dice, entre otras cosas, que se debe desvincular la política de la poesía, pues esta última tiene que ser irreductiblemente subjetiva.

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(Foto de familia de los burgueses desencantados)

 

El dardo envenenado, lanzado desde su rincón provinciano, pretendía desmontar ese pastiche generacional de burgueses insatisfechos y decadentes, que fue vendido a los medios de comunicación de la época como una deliberada operación de marketing, auspiciada por Juan García Hortelano. Jaime Gil de Biedma, uno de los componentes de la generación del 50 perteneciente al grupo de Barcelona y, por lo tanto, compañero del propio García Hortelano, sería el artífice de esta confesión sobre las pretensiones mercantilistas de dicho grupo, años después, al periodista Jesús Fernández Palacios.

 (Ángel González con una de sus pasiones)

Recientemente, las declaraciones de Gamoneda sobre los óbitos de Ángel González y  Benedetti han sido, especialmente, notorias. Del primero son representativas las que se recogen en la Voz de Asturias, el 3 de Febrero de 2008, ni siquiera una semana después del fallecimiento de Ángel, dirigidas contra Almudena Grandes y Joaquín Sabina. En aquellas se planteaban la decadencia poética de Ángel en sus últimos años y también el padecimiento de una extraña enfermedad que denomina “soledad manipulada” por ciertas personas que prefería no nombrar.

Del igual modo, recuerda en dicho artículo el desplante sufrido en el acto de homenaje que recibió Ángel en Oviedo, ciudad natal también del propio Gamoneda, unos años antes, al no ser invitado; cuestión que planteó ante el mismo Ángel González en el curso del Escorial dedicado a la generación del 50, provocando en la mesa de lectura un silencio sepulcral y unas tensas miradas esquivas al vacío.

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(El difunto Benedetti)

Pero, sin duda alguna, han sido con las malinterpretas palabras de Gamoneda acerca de la figura de Benedetti, donde la barahúnda de declaraciones altisonantes han tenido una proyección más espectacular en los medios. Toda la corte de poetas de la izquierda progresista han mostrado mucha p.r.i.s.a. en desacreditar, no sólo la persona sino la poética del inoportuno leonés de adopción.

En su reafirmación -ante la pregunta con trampa que le formuló una periodista del periódico El País acerca de Benedetti en la presentación de sus memorias- de que la poesía debe intensificar los estados de conciencia y por eso debe escapar del lenguaje coloquial o normalizado, dotando así a la palabra poética de una integridad por encima de la que es meramente informativa se le vinieron encima unas groseras acusaciones e, incluso, insultos que muestran el rango del pelaje de algunos pisaverdes, autoproclamados el Nuevo Parnaso Español a cuenta del famoso marbete comercial de Poesía de la experiencia.

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(Uno de los del Nuevo Parnaso Español)

Así contamos con las palabras, todas ellas recogidas en un artículo del periódico Público, fechado a 20-5-2009, del editor Chus Visor, tachándole de araña y poeta de segunda división, o de Benjamín Prado llamándole enterrador, o de Felipe Benítez Reyes que le denomina tosco y poeta del montón.

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(El nuevo Quevedo)

Entiendo que las declaraciones efectuadas por Gamoneda pudieron estar fuera de lugar y un personaje público tiene que guardar el decoro de sus opiniones frente a los medios en un momento tan delicado, pero Gamoneda ya es un señor mayor que ha estado aislado durante muchos años por ese tipo de poetas progresistas que enarbolan la bandera de la emancipación de la clase trabajadora.

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(La bandera que les gusta sacar los días de fiesta)

 

Nunca podré compartir que unos poetas menores de la talla de Prado o Benítez Reyes disparen a quemarropa -en el paseillo nocturno de sus mordaces palabras- sobre la obra de uno de los poetas más influyentes y con más alto nivel de emoción estética en los últimos veinticinco años bajo nuestra tórrida piel de toro.

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(Nuestra torrida piel de toro)

Casi otra novela de la guerra civil

Casi otra novela de la guerra civil

 

Le conocía por las referencias literarias del momento; tal vez por algún premio importante que hubiera recibido por aquel entonces, pero el caso es que nunca antes me había parado a leer al poeta Ángel González, fallecido en enero de 2008. Fue durante un verano del Escorial, cuando acudimos a la clausura sobre un curso que versaba sobre la generación del 50, en el que estaban presentes Caballero Bonald, Antonio Gamoneda, del que hablaré próximamente, y nuestro citado Ángel González.

El curso lo estaba realizando mi querido Lolo di a´Trives, que necesitaba dos miserables créditos  para licenciarse en Teoría de la Literatura y Literatura comparada. A esa última sesión del mismo, le acompañamos el lúcido Áng(-)el Mendi y vuestro discreto servidor Juan sin Credo. Fue este último el que me recomendó, encarecidamente, la lectura de Ángel González. De vuelta a Madrid lo primero que hice fue hacerme con un ejemplar de una de sus múltiples antologías poéticas,  para esta ocasión la publicada por la editorial Cátedra.

(Dios con el amo)

Varias son las razones que me llamaron la atención en la forma de hacer poesía de este autor. La principal es por ese aire de rechifla que desprenden algunos de sus poemas; me acuerdo, en concreto, de uno que habla de las cucarachas que pululan por su piso de Madrid cuando él llega al amanecer bien cargado de los licores alcohólicos (Dato biográfico). O ese otro que trata sobre el Porvenir que nunca viene, por no olvidarnos del titulado Ayer, que refiere la monotonía existente en un tiempo que, a veces, no sucede. También me cautivó su aspecto de abuelete bonachón y encallecido; rasgo, este último, propiciado, posiblemente, por una vida repleta de enormes vicisitudes.

Poco a poco fui adentrándome en el conocimiento literario de la obra de Ángel González; esta vez bajo la obra Palabra sobre palabra pero, también, con una antología para jóvenes, muy propia para los iniciados en su poesía, en la editorial Alfaguara. De esta manera, un sano interés se me despertó al leer en el Babelia una reseña sobre la publicación de su biografía novelada, escrita por el poeta Luis García Montero.

 (Foto de Dios)

Este autor es sobre todo conocido, últimamente, por la encendida polémica que ha mantenido con su compañero de Departamento en la Universidad de Granada José Antonio Fortes, al que tacha de perturbado en su columna periódica del diario El País (14-10-2006-suplemento de Andalucía) con motivo de la vinculación o no de Lorca con los presupuestos ideológicos del fascismo (Para una información más detallada sobre este asunto consultar la página http://www.rebelion.org/noticia.php?id=75355...)

Tampoco quisiera parecer aquí como un abogado del diablo pero es innegable que Lorca era un señorito andaluz como la copa de un pino. Del mismo modo, mi humilde parecer me dicta que las obras literarias no se deben por qué leer siempre desde el prisma marxista de la lucha de clases, pues también es lícito prestigiar su valor estético sobre cualquier contenido ideológico, por muy revolucionario que éste sea.

 (Lorca de proleta, ja, ja, ja )                                                                                                                                                                          

               (Los malos)                                

En fin, polémicas aparte me enfrasqué vorazmente en la lectura de la obra Mañana no será lo que dios quiera. Predomina en este texto una voz íntima y elegíaca que comprende la primera etapa de la vida de Ángel González, en su natal Oviedo, desde la antigua calle Fuertes Acevedo, rebautizada, posteriormente, como avenida de Galicia, exceptuando el año que pasa con su hermana, rehabilitada ya en su puesto de maestra, después del episodio de su depuración en un pueblo de León -Páramo del Sil-, sanándose de la tuberculosis contraída bajo la menguada subsistencia de una posguerra cruda en el bando de los vencidos. Año de cura y reposo que también le servirá para descubrir los versos melancólicos de la Segunda Antolojía poética de Juan Ramón Jiménez y el lenguaje sencillo, casi coloquial, del libro Campos de Castilla de Antonio Machado.

Cronológicamente van desgranándose los sucesos, incluso los previos a la existencia de Ángel González -como son aquellos relacionados con el devenir de su padre y su abuelo-, de la vida de su familia: su madre, doña María, que le tenía un miedo atroz a las guerras, su hermana Maruja, de la que ya hemos hablado, sus hermanos Manolo y Pedro, víctima y verdugo, y, por último, la ayudante, a la que también podemos incluirla dentro del núcleo familiar, Soledad, buena cumplidora de los caprichos del pequeño Ángel.

Familia, por cierto, muy relacionada con las instituciones pedagógicas más avanzadas del momento, e ideológicamente cercana a la izquierda burguesa, que se adhiere con entusiasmo y sin ningún tipo de tapujos a la proclamación de la II República. Además, Pedro, participará en los sucesos revolucionarios de 1934, pasando a formar parte de las milicias republicanas en los primeros momentos de la contienda y que, finalmente, podrá salvar su vida partiendo al exilio.

                                                            (....subirían al claustro gritando: ¡ LIbertad, libertad, libertad !

Como no podía ser de otra manera, la irreprochable familia de Ángel sufrirá el escarnio de la derrota por su ideas contrarias a las de los golpistas de la Reacción, con lo que la biografía novelada se convierte, durante un tramo, en otra obra más sobre la guerra civil en la que se muestran las penalidades de una élite intelectual y burguesa que padece la miseria de la delación, el crimen y el ostracismo.

Al final de la obra, se muestran las relaciones de amistad con los hermanos Taibo, Manuel Lombardero y Benigno Canal, sus lecturas conjuntas de la obra de Alejandro Casona o los poemas vanguardistas de Gerardo Diego. También se narran los primeros escarceos poéticos y literarios de Ángel González, cuando, por ejemplo, ocupa la columna de la crítica musical en La Voz de Asturias, así como su establecimiento en la capital, allá por los primeros años de la década de los cincuenta de un Madrid desvencijado y gris.

La lectura se hace muy grata, aunque es bastante notorio el fuerte olor a panegírico. Por las hojas van desfilando las ausencias y las presencias en ese primer tramo de la vida de Ángel González, con un tono de confidencia lírico, muy cercano a lo sensible, repleto de simpáticas anécdotas y salpicado de poemas propios del biografiado, al hilo de algún acontecimiento que lo vincula.

Luis García Montero podrá creerse un ser superior al resto de los mortales y las cotas de endiosamiento por él alcanzadas superen con creces las marcas de la media, pero no le falta talento para convertir las innumerables charlas que mantuvo con Ángel Gónzalez en un texto ameno y de gran calidad literaria. En definitiva, una obra cuyo fin es ser depositaria y tener cautivada, pues, la Memoria de la Dignidad, que junto al resto de otras voces poéticas mediáticas se encargan de mantener viva la llama de la izquierda progresista, heredera del espíritu ideológico de otro tan señorito andaluz como fue Rafael Alberti.

(El Lider de la Tribu)

Dicen que era un último domingo caluroso del mes de mayo en el que Juan sin Credo acudía a la cita anual en el Paseo de Carruajes del Parque del Buen Retiro de la mano de su bella cría. Dicen que Juan sin Credo dijo una y no más cuando el nivel de muchedumbre ascendió al nivel de alerta extrema. Dicen que su apuesta y florida manceba llegó al rescate justo cuando anunciaban por los altavoces que en la caseta 241 García Montero firmaba ejemplares. Nunca había sido Juan sin Credo coleccionista de estos fetiches pero como todo en la vida alguna vez tiene que ser la primera. Dicen que Juan sin Credo confirmó su idea de un Luis García Montero frío y distante con unas antiparras decimonónicas de rompetechos en su jaula de feria acartonada. De todas maneras, todas estas habladurías a Luis le importarán un bledo, pues su libro ya va por la segunda edición en tan sólo dos meses desde su salida a los estantes.

El sillón iconoclasta y la caja de los hilos punzantes

El sillón iconoclasta y la caja de los hilos punzantes

El naci-miento de una encar-nación

Cada vez son más las llamadas que recibimos comunicándonos la posible existencia de documentos relacionados con la obra del ingobernable Juan sin Credo; en  las chapas de Cinzano que se resbalan raudas en el adoquín, émulas de los nuevos líderes ciclistas hispánicos a la conquista de la Grandeur Jeaune de Paris, lejos de los Jose Luís Laguías o Marianos Lejarretas de nuestra última infancia y primera adolescencia, que se tenían que conformar con una chapa doblada de Mahou o el maillot de la montaña, en aquella época rojo como un amanecer, o, del mismo modo, se descubren tales documentos en las aspas veloces de los helicópteros pilotados por Al Vito Espejo de los Conesas, tras una cortina espesa de un cúmulo de nubes, que interrumpen un largo y profundo sueño mantenido eternamente por un como Dios manda y cierra España.

 (Helicóptero sobrevolando la ría de Vigo)

Pero no a todos los textos, que aparecen en tan extrañas circunstancias, podemos colocarles el sello de pertenencia y calidad de nuestro idolatrado pensador filocartesiano. Siempre actuamos con una rigurosa, infalible y precisa meticulosidad científica para averiguar la autenticidad y ortodoxia de la doctrina juansincredista. Más allá de la cuestionada prueba del carbono 14, nosotros empleamos una novedosa tecnología que consiste en aplicar una fórmula magistral (H2O2) para la limpieza y desinfección de todo aquello que incube el germen parasitario del plagio fraudulento.

(Fórmula magistral de nuestro potente desinfectador)

Por este motivo, en esta tan señalada ocasión, encendimos todas las alarmas preventivas ante la posibilidad de encontrarnos con copias ilegales en  el sacro nombre de nuestro prohombre nihilista. Nos parecía muy extraño, muy alejado de su firma y marca; un género menor, un pasatiempo sin tiempo para el teatro. No obstante hasta allí nos acercamos, para comprobar con una certeza exacta la paternidad de unos abultados cartapacios que se intitulaban El sillón iconoclasta y La caja de los hilos punzantes.

(Monasterio en Simat de la Valldigna)

El viaje no fue fácil, existían muchos cambios de ritmo por las distintas vías de tránsito que provocaban diferentes modos de conducir -desde el bufar de la autovía a la segunda en una curva retorcida de más de 180º-, hasta que llegamos a un antiguo monasterio ubicado cerca de Simat de la Valedigna, en donde al parecer había estado recluido durante cierto periodo de tiempo nuestro denostado Juan sin Credo, intentando sanarse de ciertas hemorragias espirituales provocadas por las lecturas heréticas del quietista Miguel de Molinos y sus demás discípulos iconoclastas.

Parece ser que de dicha enfermedad nunca curó pero lo que sí ocurrió en esos días o quizá meses o tal vez, incluso, años -alejado del bullicio y el estrépito de las butacas- fue el nacimiento de otro tipo de crítica, menor, aunque también valiosísima para tomar el pulso al estado de la Cultura en esos siglos turbulentos. Debido a unas reformas que sufrió dicho monasterio para convertirlo en casa de recreo y ocio vacacional, aparecieron -tras un falso muro, en un armario empotrado que estaba ubicado en el extremo izquierda de ese monasterio, justo encima de los pies del altar de la antigua capilla- tales cartapacios de los que a continuación y paulatinamente iremos desgranando su excelso contenido.

(Caja de los hilos punzantes)

A la jaca, la jácara, jacaranda

A la jaca, la jácara, jacaranda

 

Podría parecer imposible, pero nada más cerca de la realidad que aquellos hechos acaecidos próximos en el tiempo al solsticio de verano del año del señor de 2009. Por aquel entonces, preparábamos los enseres básicos que se estiman para disfrutar unas preciadas vacaciones, cuando recibimos una incesante llamada telefónica de la Sociedad Ornitológica Española, donde se necesitaba contar con nuestro inestimable apoyo científico en la resolución de un gran enigma, que les estaba trayendo por el camino de la amargura desde hacía ya varios días.

 (Cigüeña reflexionando antes de crotorar la crítica sobre Vidriera y Monipodio)

Sucedía que una cigüeña -apostado su nido en una de las torres cercanas al claustro del Colegio del Rey de Alcalá de Henares- no paraba de crotorar desde que se había representado en ese patio una adaptación de dos de las Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes, bajo dramaturgia y dirección de Pepe Ortega, al mando de la compañía de teatro Ítaca. Preocupados por la posible inflamación que estaría sufriendo la siringue de tan locuaz ave, nos preguntaron si era posible que Juan sin Credo tuviera algo que ver en todo este misterioso asunto.

(Cartel del Festival de Alcalá 2009)

Hasta aquel lugar nos desplazamos con toda nuestra parafernalia y entramado de exactos medidores de frecuencia por ultrasonidos, infalibles en estas situaciones tan dramáticas, además de contratar, específicamente, un traductor que había venido desde París, como tantos otros bebés nacional-católicos, y que conocía a la perfección el lenguaje secreto de las cigüeñas.

(Cigüeña trayéndonos al traductor)

Así fue como apareció otro de los grandes escritos de nuestro admirado nihilista, el irrefrenable, compulsivo y monomaníaco Juan sin Credo. Como no pretendemos ceder ni una sílaba siquiera al deleite en la verbena de la doctrina critica de tan ilustre libre-pensador, transcribimos, a continuación, sus hilarantes palabras para provecho de sus posibles y únicos lectores.

Breve fue nuestro viaje y mudanza, dejando la gran urbe de lado, en busca de una buena y experimentada dramaturgia. La exquisita Luz Sonora de la Partitura parecía una puntual conocedora de los bellos rincones de la vieja ciudad, que hacían más amena y encendida su agradable sonrisa; mas luego se incorporó el prócer, a la par que discreto, Conde de Abascal, haciendo gala de su buen tino e hilvanada ironía, añadiendo, aún si cabe, una nueva dosis de sazonada sabiduría a nuestra tan alegre dialéctica. Alcalá de Henares bullía en el ardor del ocaso de su IX Festival de Artes Escénicas preñada de escenarios, comedias y finos paladeadores de la Cultura.

 (Claustro del Colegio del Rey)

Pepe Ortega (Ortegeo) y su farándula (Pepelopes), tras su precipitada marcha de la Sala Ítaca,-condenados a vagar por todas las tablas del orbe cristiano, incluso pagano si fuera menester- habían desembarcado esta vez, durante tres días, bajo las celestes estrellas y los torreones nidificados del claustro del Colegio del Rey con Vidriera y MonipodioEL PATIO DE MONIPODIO, EL PATIO DE MONIPODIO (BIS)-: una muestra bufa de las Novelas ejemplares, contemplada con anterioridad por cientos de escolares durante los dos últimos cursos académicos.

(Imagen interior de la desahuciada Sala Ítaca)

Nace esta propuesta escénica hincando sus raíces en el género milenario de la farsa, en los orígenes elementales del drama, en el primigenio disfraz de las pasiones humanas convertidas en chanza y algarada, bajo el rito proteico del desdoblamiento de la identidad. Posiblemente ésta sea la principal causa de su merecido éxito y triunfo, aparte de contar con un excelente grupo actores entre los que destaca el papel de Vidriera, realizado por María José Sárrate y el esforzado empeño de Giovanni Holguin, experto en el manejo de las transiciones dramáticas.

(Detalle de uno de los pases de mano)

La obra se articula en torno a un narrador rockero, Eduardo Zubiaur, de voz aflautada, escorado a la izquierda, con sus zapatillas blancas de velcro, vaqueros sencillos y camisa también blanca de algodón, que, de la misma manera, se encargará de pautar, en bastantes ocasiones, las intervenciones de los personajes. En un primer momento salen en carrusel, uno tras otro, los diversos actores declamando fragmentos del Prólogo de las Novelas ejemplares, voz propia de Miguel de Cervantes, para, posteriormente, irse alternando una de las novelas, seleccionadas por el director, con la otra.

(Portada de las Novelas ejemplares)

El escenario, desnudo de decoración, se viste con una tela de color pálido -que permite un atrevido juego de sombras fuera del proscenio- donde parece quedar proyectada, o tal vez pintada, la portada de la primera edición de las novelas y además cuenta con un trabajo actoral muy elaborado en algunos memorables momentos. Es digno de destacar, cuando Vidriera responde con su locura a las preguntas de los curiosos, la cantidad de registros de mímica gestual y los diferentes tonos de voz que es capaz de manejar la actriz María José Sárrate.

  (Logotipo del IX festival de teatro clásico de Alcalá de Henares)

Por otro lado, Monipodio, encarnado por el veterano Felipe Vélez, es un gurú amanerado con cualidades cercanas a los vaticinadores contemporáneos que pueblan nuestras parrillas televisivas. El peldaño elevado que tiene su personaje con respecto al resto hace que se enseñoreé en su papel, mostrando cierta arrogancia que desequilibra, en cierta medida, su actuación.

Mientras tanto, Rincón y Cortado, Javier Muñoz y Mikele Urroz, respectivamente, son dos jóvenes promesas del teatro español, como tantas otras que pululan por las Salas y compañías del orbe ibérico, donde sólo el tiempo de su duro oficio marcará su destino. No queremos olvidarnos de la encomiable labor realizada por Giovanni, de la que ya, sucintamente, hemos aludido. Su importancia radica en la funcionalidad que tienen sus múltiples personajes en el trascurso de la obra como nexo de relación entre el resto de las escenas y los demás actores.

Otro de los aciertos de la dramaturgia es el cuidado trabajo vertido en el vestuario y los complementos o utilería,  tarea encomendada a Paz Ayuso. Preciosos y elegantes son los trajes morunos que viste Monipodio, al igual que la vestimenta guerrera que luce Giovanni, cuando interpreta al capitán Valdivia. Acertada está también la caracterización de Vidriera en la silla de ruedas, con un embudo de brillante hojalata como sombrero y una lanza con su estandarte de loco. Por último, es de vital importancia las minúsculas máscaras de goma que se ensartan los personajes de Monipodio y que deforman, sutilmente, su rostro, vía de entrada al mundo de la sátira, el baile y la carcajada.

En suma, una brillante lectura que vivifica la prosa menor de Cervantes, denostada por la amplitud de su Novela de novelas de su gran loco don Alonso Quijano, y que nos permite ahondar en esa visión compleja de las relaciones mundanas entre los individuos mediante la desnudez en lo ridículo y lo grotesco que trae consigo el eterno e inmutable género de la farsa.

Dicen que los suyos y Juan sin Credo salieron contentos por haber pasado un rato divertido contemplándose en el espejo del mundo de los personajes de la comedia burlesca. Dicen que Juan sin Credo estaba conforme tras haberse desplazado en busca de la dramaturgia de Pepe Ortega, haciendo honor a las acertadas palabras que había escuchado de la boca de Maritxu, atenta espectadora de su radiante éxito Kampillo, o el corazón de las piedras, al que todavía el propio Juan sin Credo esperaba ver en escena. Dicen que una grácil cigüeña, solemne en su crotorar, se despidió de Luz Sonora de la Partitura, el Conde de Abascal y Juan sin Credo deseándoles una fructífera amistad a pesar de la posibilidad en que sus destinos y desatinos se bifurcaran para siempre.


(La cigüena crotora su despedida)

¡Vaya terna más desequilibrada!

¡Vaya terna  más desequilibrada!

 

Apurábamos la primavera en la matutina tranquilidad del paseo con prensa dominical y terrazas de jarras heladas y pinchos de ensaladilla harto sospechosos. Decidimos sentarnos en aquella franquicia de comida hindú, antes taberna castiza, al no encontrar otro lugar más acorde con nuestros tiempos de espera. Ya en la mesa, leyendo las revistas de suplemento con las variedades semanales, nos llamó la atención el brillo de un objeto tras las ruedas de uno de los vehículos estacionados con tarjeta fiscal de residente. Se trataba de un burujo rojo de nylon hecho un gurruño que parecía contener un tipo de documento textual.

Nos empezó a palpitar incesante el corazón, pues, últimamente, sucedía que detrás de cualquier descubrimiento inesperado, aparecía el pensamiento y doctrina de nuestro idolatrado Juan sin Credo. Así fue, consumados los aciertos del azar y su buen tino, como recuperamos otra de las críticas del libre-pensador cartesiano radical, perteneciente a la corriente nihilista, escuela de gran calibre intelectual en el pasado, ya que en nuestros tiempos se encuentra bien próxima a la extinción, debido al ambiente materialista de codicia que reina en nuestros ampulosos créditos y escasas cuentas de ahorro.

 (Retrato de Valle-Inclán)

En esta ocasión, se trataba de la obra la Avaricia, lujuria y muerte del gran Ramón María del Valle-Inclán, en el mismo Teatro que lleva su nombre, sobre tres de las cinco obras que componen esa farsa, cada una de ellas dirigidas por una persona distinta. La primera Ligazón por Ana Zamora, la siguiente La cabeza del Bautista por Alfredo Sanzol y la última La rosa de papel por Salva Bolta; lo más curioso de todo este galimatías textual es que tenía dos fechas marcadas: el 13 de mayo y el 3 de junio de 2009.

Para aclarar este misterio, así como descubrir el hilarante pensamiento y doctrina de nuestro bien amado Juan sin Credo, cedemos el discurso a sus palabras en una nueva verbena y fiesta nihilista de su artificio y colorido verbo.

Dice Anne Ubersfeld en su Semiótica teatral, publicado por Cátedra en 1998, que el teatro es el arte de la representación, flor de un día, jamás el mismo de ayer... Por este motivo, aún tenía pendiente en mi nómina y carrera de crítico de la Cultura el asistir en más de una ocasión a un mismo montaje, para comprobar las mutaciones, las imperfecciones o los aciertos.

La intrahistoria de la asistencia al Retablo es rica y compleja. Todo comienza el 24 de abril cuando al Padre de las Criaturas le propongo crear grupo para ver a Valle. Mi propuesta es un manifiesto fracaso porque sólo consigo algunos acólitos, entre los que destacan el tan ínclito Conde de Abascal y su florida manceba, Ana del Cancionero, Luz d´Oda a Salinas y Jimena del Mar Levante. Al mismo tiempo, mi gran amigo el libertario Lolo Di a´Trives me dijo a primeros de mayo que había reservado butacas para el miércoles 13. ¡¡Bingo!! -exclamé entusiasmado por el éxito de la corona con los laureles de la fortuna-. Al final, el miércoles 3 de junio fue la segunda ocasión en la que fui a ver a Valle, esta vez con los acólitos y con la presencia de una amiga del Maestro, compañera nuestra, Maritxu del Kampillo, que fue, en esta ocasión, quien nos facilitó las entradas.

Si señor, así son las cosas, así suceden los acontecimientos que a uno le han hecho comprender que una misma obra de teatro tuviera tan diferentes puntos de vista. Los actores podrán desempeñar lo más fielmente posible ese papel que les toca en suerte, pero un gesto distinto, una entrada a destiempo les delata, les hace engrandecer aún más ese organismo vivo que es el directo de una puesta en escena.

Por lo demás, el espectador es el más mutable de todos los componentes que intervienen en una obra de teatro; suelen ser distintos, tienen otros pareceres, otros gustos y estados anímicos diferentes, y si este espectador repite función -como fue mi caso en dos ocasiones- no tiene nada que ver la primera vez, en la que todo resulta inesperado al no conocer lo que va a suceder, con la segunda, donde ya no actúa como impulso del conocimiento el efecto sorpresa; además la visión del escenario se produce en otra butaca, con otro escorzo distinto.

Dados ya demasiados prolegómenos, iniciemos de una vez por todas su debido análisis dramático. Tres son los directores que toman la alternativa en el Teatro Valle-Inclán con Retablo de la Avaricia, lujuria y muerte. La primera que sale al ruedo es Ana Zamora, artesana miniaturista especializada en el pase poético de la sensibilidad en las escenas, conseguidas mediante gasas, chapoteos de agua y juegos de luces y sombras que nos hacen respirar aromas cercanos al aldeanismo universal de Divinas Palabras. En Ligazón se recuperan para la expresión teatral las ricas acotaciones expresionistas de Valle de la mejor manera posible: en boca del personaje que sale. Elena Rayos, La Mozuela, enciende su actuación en una grave madurez con la negación de entregar su cuerpo por unos miserables aljofares; los demás actores sirven de contrapunto para mostrar su libertad e independencia. Cabe destacar el artilugio del afilador que dará una iluminada creatividad para el desenlace final de la farsa.

(La Mozuela con el Afilador y el artilugio)

La cabeza del Bautista, bajo la dirección de Alfredo Sanzol, comienza con una coreografía casposa ambientada en el desarrollismo patriótico español de finales de los sesenta. Muy divertida, muy graciosa pero inútil para la estructura cognitiva de la obra, al igual que las otras canciones que se escuchan. Destaca la gran cortina de macarrones con más de quince tonalidades en atrevidos colores chillones. El papel de Don Igi, el Indiano, interpretado por Juan Codina es brutal. Es un garabato de alfeñique que deambula por el escenario en un jirón trágico del esperpento más puro. También es reseñable el personaje de la Pepona, realizado por la actriz Lucia Quintana, sobre todo en la última escena, repleta de patetismo, que implora la pérdida del Jándalo, Juan Antonio Lumbreras, por ellos mismos asesinado.

  (La Pepona y los Casposos)

Para finalizar la faena está La rosa de papel, llevada a cabo por Salva Bolta, que en un principio parece que promete mucho pero que se termina por difuminar en una absurda espiral grotesca de mal gusto. Zafia, chocarrera, blasfema, alejada de los ideales estéticos e ideológicos de Valle, pueden confundir al espectador más profano en la materia por esa distorsión tan vulgar a la que se ve sometida de la mano de la dramaturgia de su director. El toque de puterío en las peinetas de viudas alegres como ewoks pintados a lo Gene Simmons y los penes gigantes de los huerfanitos destruyen el buen comienzo que realizan el protagonista Marcial Álvarez -el famoso Pope de la veterana serie Comisarios- enseñándonos el culo, y La Encamada, Nerea Moreno, -¡¡ Mama Floriana, Mama Floriana, Mama Floriana !!-, que terminará semejando el icono de una virgen furcia necrofilada por el enorme falo del personaje principal de Simeón Julepe.

(Simeon Julepe en el velatorio ante Mama Floriana)

Por lo tanto, una propuesta escénica descendente, que va de más a menos, finalizando con una decadente dramatización, por parte de Salva Bolta, que deja un regusto agridulce del buen trabajo, sobre todo el de Ana Zamora, provocado por sus otros dos compañeros.

Dicen que Juan sin Credo el primer día que fue a ver el Retablo, terminó en una terraza del asturiano de la calle Argumosa, escuchando los goles del Barça del triplete, en una Copa del Rey de un Rey que se va de Copas y al que luego silban sin himnos ni banderas. Dicen que Juan sin Credo, en la segunda ocasión que estuvo viendo el montaje, se llevó como fetiche el burujo rojo donde Mama Floriana se guardaba los reales antes de morir. Dicen que a Juan sin Credo se le cayó, no sabe donde, dicho burujo después de escribir esta crónica antes del amanecer.

La constelación CNTC brilla con La Estrella de Sevilla

La constelación CNTC brilla con La Estrella de Sevilla

 

En aquellos días habíamos sido invitados a unas jornadas que se estaban desarrollando en el Observatorio Astronómico Nacional sobre la identidad de ciertos cuerpos celestes, especialmente refulgentes, alojados en lo más recóndito del firmamento. Llamaba, poderosamente, la atención a todos los investigadores el resplandor provocado por un objeto no identificado, que estaba trayendo de cabeza a todos los organismos dependientes de la materia versada en el estudio del Cosmos. De ahí su desesperado llamamiento a toda la comunidad científica; por si alguno de nosotros nos sentíamos capaces de arrojar, valga la paradoja, un pequeño rayo de luz sobre ese arroyo de luz desconocido.

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Cuando nos tocó el turno de mirar por el telescopio, no podíamos dar crédito, en un primer momento, de lo que estaban viendo nuestros atónitos y deslumbrados ojos. Primeramente nebuloso pero después tomando forma de manera gradual, nos encontramos ante un remoto astro que -mediante diversas emisiones de rayos ultravioletas- proyectaba un nuevo texto crítico de nuestro idolatrado Juan sin Credo. En aquella ocasión se trataba de una reflexión sobre la obra La Estrella de Sevilla, representada por la Compañía Nacional del Teatro Clásico, en el Teatro Pavón, la tarde del 22 de mayo, bajo la dirección de Eduardo Vasco.

No queriendo perder la ocasión del deleite para los posibles lectores del siempre iconoclasta Juan sin Credo, cedemos el espacio interestelar necesario donde dé comienzo la festividad nihilista con el regocijo y disfrute que ésta se merece

Aquel Madrid -a la salida de la boca de Metro de la estación de Tirso de Molina- hedía a orines secos y calenturientos, en la multitud de desechos de las tiendas al por mayor que existen en la zona. La rehabilitación especulativa de ese espacio urbano por el Faraón Gallardón no había conseguido erradicar los malos hábitos de una población adicta al crimen pasional y al chute miserable de la heroína.

A la puerta del Pavón estaba esperando, con su siempre gastado maletín, -repleto de entradas, cuadernos pedagógicos y sueños por enseñar- nuestro gran maestro Juan Antonio López Estévez, aún pendiente de recibir mi visita en este curso que ya pronto iba a finalizar.

Me sorprendió el poco pudor que se gastó la Compañía, porque en la distribución de su cuadernillo de mano apenas se hacía una escasa mención al más que probable autor de la obra, Andrés de Claramonte. Se ha procurado, al igual que los impresores de las primeras décadas del siglo XVII, con el ejemplo paradigmático del muy ladino Francisco Lucas de Ávila, atribuir el texto a Lope como reclamo comercial para éxito de la taquilla. En fin, reduccionismo cultural discutible el de la Compañía Nacional que puede soliviantarse acudiendo el interesado a la edición de Alfredo Rodríguez López-Vázquez en el número 337 de Cátedra, de la colección Letras Hispánicas.

Dejando a parte este problema referente a la didáctica de la literatura, nos centramos en el brillante espectáculo teatral que nos brindó la Compañía la tarde del 23 de mayo, del año del señor de 2009. La distinción más importante que cabe señalar en la dramaturgia de la Estrella de Sevilla es la existencia de un magnífico y elaborado trabajo del grupo actoral, que rejuvenece y rehabilita el clásico con una puesta en escena de muy buen gusto y elevado nivel.

El escenario está delimitado por veinte planchas rectangulares de un color caoba claro, que forman las tres paredes entre las que se desarrolla la acción; en el centro de la escena existe una tarima con cinco planchas y alrededor siete prismas -también rectangulares- móviles, que serán manipulados por los actores para crear diversos ambientes según lo necesite el discurso del texto teatral. Además los actores siempre están en escena, sólo la abandonan los que mueren, creando espacios, formas, presencias que dominan y determinan la creación de una espesura dramática muy sugerente y significativa.

Aparte de este excelente trabajo colectivo, existen momentos en la obra donde destaca la actuación individual de algunos de los actores principales. Por ejemplo es digno de mención el binomio compuesto por el rey don Sancho, interpretado por Daniel Albaladejo, y don Arias, cuyo papel desempeña Francisco Rojas; el primero sin más atributo que su presteza y elegancia, el segundo por su enérgico torrente de voz que ensancha los designios humanos de la tragedia (aún está fresca en nuestra memoria su actuación como rey Melchior, declamando vernácula, -bajo la batuta de Ana Zamora que actualmente dirige Ligazón de Valle- en el Auto de los Reyes Magos, durante el pasado mes de diciembre en la Sala Abadía)

Otra pareja que también cobra protagonismo, en el último tramo de la obra, es la de Sancho Ortiz de las Roelas, Jaime Soler, acompañado del bobo Clorindo, personaje realizado por Paco Vila, sobre todo en la parte donde el Cid de Andalucía pierde momentáneamente el juicio y cree descender a los infiernos, cual un Dante sevillano. Por último, en esta puesta en escena tan masculina -pues de los quince actores sólo dos son mujeres y una de ellas no está más de media función entre las tablas- es admirable aquella en la que Estrella Tavera, brillantemente representada por Muriel Sánchez, vestida de novia, se entera del asesinato de su hermano a manos de su prometido Sancho Ortiz, culminación de la tragedia, arquetipo de la desolación.

En definitiva, una meritoria dramaturgia la de Eduardo Vasco con este clásico de nuestro Siglo de Oro, donde también es reseñable el vestuario de etiqueta de los personajes y los fragmentos musicales que avivan la intriga de la obra, pertenecientes al grupo experimental alemán de los primeros setenta C.A.N. (Comunistas. Anarquistas. Nihilistas); además, de la misma manera, es importante para el éxito de la representación la cadencia de un verso limpio, suave y la difícil apuesta por una versión bastante fiel, exceptuando algunos pequeños ajustes de personajes y situaciones.

Dicen que Juan sin Credo salió satisfecho esta vez del Pavón, a diferencia de la anterior cuando había asistido a la representación de la Comedia Nueva y el Café, dirigida por Ernesto Caballero. Dicen que Juan sin Credo se despidió, afectuoso, de su maestro Juan Antonio con la esperanza de verse pronto. -Si ya no fuera en este curso será entonces para el que viene- dicen que dijo con un tono metafísico...sencillo y optimista...sentimental. Dicen que Juan sin Credo fue a visitar, en la cercana vecindad del Avapiés, a su amigo Lolo Di-a ´ Trives, junto con su florida manceba, y que se mojaron mucho, incluso con agua, tanto... que hasta las calles se limpiaron frescas de ese olor reseco a orines y desechos malditos de la miseria.