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Juan sin Credo

La butaca nihilista

Bodas de bodrio

Bodas de bodrio

 

Parecía que la Gran Crisis ni mucho menos tenía visos de arreciar. Así sucedía en el terreno meteorológico, donde amplias zonas septentrionales de la Península Ibérica se habían visto abnegadas por el intenso temporal que la azotaba con furia y desolación. Tanto y cuanto ocurría en el terreno moral. -¡Cómo no y de tal modo!-

(Lluvias torrenciales)

Por supuesto en los Templos de la Cultura, patrocinados por las siglas de INAEM y toda su sacrosanta doctrina. Su superior benefactura venía dada por su mística manera de paliar la actual miseria con un caldo que contenía algunas sobras de sopa, mendrugos, verduras y legumbres que ofrecían de ordinario -exceptuando lunes y miércoles- al módico precio de dieciocho euros y unos cuantos trajes de chaqueta, abrigos de visón y tacón alto. Alimento del alma para satisfacer las conciencias famélicas, familiarmente, conocido como bodrio cultural y de recreo inane.

(Españoles esperando el bodrio)

Tendríamos que reconocer entonces que vivíamos inmersos en horizonte de sucesos, futuro o pasado, pudiéndose caracterizar este concepto -relacionado con la relatividad general- como el conjunto de puntos de la clausura topológica del dominio de dependencia de una hipersuperficie lumínica situada en el "infinito" que no pertenecen al pasado o futuro cronológico de dicho dominio.

(Horizonte de sucesos)

Desplanzándonos por aquellos dominios pertenecientes a la década ominosa del aniquilamiento del antiguo Régimen y advenimiento de la Santa Transición -tiempo en el que se empiezan a ubicar los primeros datos verificables en torno a la leyenda del mítico iconoclasta Juan sin Credo- nos lo encontramos bailando una madrugada de diciembre en la Discoteca Cerebro, desaforadamente, al estilo Tres Voltios, el tema de Fiebre de Sábado Noche con el presentador del espacio de éxito televisivo del momento, el aplaudido José Luis Fradejas.

(John tres voltios)

Los aplausos, también, le habían correspondido a él, aquella lluviosa noche de sábado, por su puesta experimental en escena de Bodas de Sangre, cerca de la misma calle Magallanes, en su Pequeño Teatro, que regentaba desde hace más de un lustro, de la mano de la compañía TES, a la que él mismo pertenece.

(Lorca posando)

En ese preciso instante, Lorca lee el periódico, puede que fuera la Voz de Almería, aunque aún quedaba ocho años para su creación, ciudad por cierto que está muy satisfecha con la destitución de ”Hugol” y el nuevo fichaje para el banco del donostierra Lillo.

(Hugol en su especialidad)

Decimos pues, tras este nuevo bache del horizonte de sucesos, que Lorca lee un hecho trágico acaecido en Nijar y el 8 de marzo de 1933 estrena en el teatro Beatriz de Madrid por la Compañía de Josefina Díaz de Artigas y Manuel Collado, bajo la dirección artística de Eduardo Marquina, su tragedia andaluza Bodas de Sangre, aunque se consagrará con un rotundo éxito de público y crítica, dos años y medio después, gracias a la puesta en escena de la obra por parte de Margarita Xirgu en el teatro Principal Palace de Barcelona.

(La bella Xirgu)

José Carlos Plaza balbucea en un subidón de adrenalina (entre otro de los turbulentos torbellinos proyectados poliédricamente en la hipersuperficie de la pista de la Cerebro) -a ritmo de los Bee Gees, lentejuela, purpurinas y luces de neón- que treinta años después, precisamente el 23 de diciembre de 2009, en el Teatro María Guerrero, en una coproducción del CDN y el CAT, montará de nuevo Bodas de Sangre -huyendo de cualquier aparente actualización y volver la vista atrás- para ofrecer, a un módico precio y bastante calentito, un bodrio cultural, aderezado con desorden y deglutido con mal gusto.

(El dramaturgo)

¡¡ Definitivamente no !! No nos habían arreglado bien los desperfectos en una de nuestras naves intertemporales que sufrió el apedreamiento por parte de los secuaces de Pedrito el Faltón. Uno de los secuenciadores fallaba en la administración de sus tareas y penduleaba los bucles del tiempo entre una época y otra. De esta manera, las interferencias de voces y lugares estaban aseguradas. Por lo que parece, ciertas opiniones vertidas hasta ahora cuentan que estas lecturas se recogen en la correspondencia inédita en poder de Lolo di A´ Trives acerca de Postregénito López.

(Torbellino temporal)

Sin embargo, otros de nuestros medidores de frecuencia señalaron que en la explosión de unos ruidosos petardos que festejaban el año nuevo en una localidad periférica de la capital, denominada Bella o Valle del Moro, se formó una policromada verbena textual que resultó ser, según nuestra rigurosas pruebas científicas, otro de los documentos perdidos de nuestro idolatrado Juan sin Credo. No queriendo ceder más espacio al terreno de las hipótesis volcamos su hilarante pensamiento para regocijo de sus únicos y fieles lectores.

(Explosión textual)

Tras haber disfrutado con la puesta en escena de La casa de Bernarda Alba, bajo la dirección de Lluís Pasqual, con la participación estelar de Nuria Espert y Rosa María Sardá, (ver enlace http://postrergenito.blogia.com/2009/100501-alba-en-la-negra-procesion-del-luto-para-bernarda.php) no queríamos dejar pasar la oportunidad de contemplar otra de las grandes tragedias de Lorca, Bodas de Sangre, con la dramaturgia de José Carlos Plaza.

(Las actrices de la Bernarda de Pasqual)

Durante días atrás habíamos soportado el fuerte frente de una intensa ola de frío polar pero en aquel momento sólo una fina lluvia penetraba mansa en nuestros cabellos. Aún así, la temperatura dentro del Teatro María Guerrero era insoportablemente calurosa. Se abre el telón sobre un escenario desnudo donde se simboliza una tierra árida, cainita, de un color gris ceniza o marrón muerte, con unos enormes paneles rectangulares, a la derecha e izquierda del espectador, que se irán moviendo, según guión, estrechando el espacio escénico.

(Exteriores del María Guerrero)

Ya en la segunda escena, empezará a crecer una perplejidad que finalizará con un tremendo desencanto. Chillidos y voces, actuaciones muy forzadas, carreras en escena, -Leonardo, interpretado por Israel Frías persiguiendo a la novia, Noemí Martínez-, canciones de cuna desafinadas, fallidas coreografías en el cortejo nupcial... (...play back de Ana Belén en la canción de una luna reptante - ¡¡ Socorro !! -) En definitiva, una absoluta falta de pasión en la escenas con mayor tensión dramática.

(La tierra árida que separa)

Merece la pena destacar la gran interpretación llevada a cabo por Consuelo Trujillo en el papel de la madre pero poco más. Podría suceder que el universo simbólico planteado por Lorca y plasmado en escena por José Carlos Plaza haya tenido una concepción tan altamente metafórica que al espectador medio se le haya escapado de su nivel de comprensión. Pensamos que el CDN se encuentra en la obligación de ofrecer productos culturales inteligibles que se escapen de los caprichos de los directores consagrados que pretenden utilizar el dinero público para experimentar con los autores clásicos de nuestro patrimonio teatral.

(Un único cuadro)

Dicen que Rivimar Saavedra de las Conesas y Juan sin Credo salieron atónitos del teatro por el bodrio cultural que habían consumido. Mientras que Itxi Estúñiga y Lolo di A'Trives no salieron tan apesadumbrados, quizá por el amor que le tienen al texto de Lorca. Dicen que queriendo sobreponerse de su famélica impresión, deglutieron unas satisfechas tapas que les hicieron olvidar el mal trago pasado pensando en lo importante que es la amistad para desechar cualquier tipo de frustración banal producida por una puesta en escena fallida.

(La madre, el novio, el padre y la novia)

Regala Guindalera por Navidad

Regala Guindalera por Navidad

 

Científicos futuristas, Científicos futuristas, Científicos futuristas, machacaban parpadeantes los leds de la pantalla de aviso de nuestra Central de Alarmas. El mensaje provenía de la ciudad de Ballybeg, perteneciente al condado de Donegal, en la lejana y católica Irlanda. En seguida nos pusimos en marcha con toda nuestra parafernalia técnica de medidores de frecuencia. En un santiamén aterrizamos con una de nuestras naves intertemporales en la verde campiña irlandesa, aproximadamente, a primeros de agosto de 1936. Mes elegido, según la tradición celta, para celebrar la fiesta de la Lughnasa.

El misterio del asunto venía provocado por una vetusta radio Marconi que, debido a unas graves interferencias, lanzaba unos extraños mensajes incomprensibles, mitad en gaélico, mitad en castellano. Para subsanar el problema del idioma irlandés, tuvimos que contar con la presencia de nuestro querido y añorado Marcos Byth Dha Honen. El resto ya lo solucionamos nosotros. ¡Cómo no! No podía ser de otra manera. Nos encontramos con otro documento de nuestro idolatrado nihilista cartesiano Juan sin Credo.

Dicho texto se refería a la obra maestra del reciente octogenario Brian Friel, Bailando en Lughanasa, bajo la dirección de Juan Pastor en la Sala la Guindalera, con fecha de 12 de diciembre del 2009 a las 20:00 horas. Al no querer retardar apenas una consonante de las palabras de nuestro tan denostado crítico, arrojamos su hilarante pensamiento para regocijo de sus únicos y fieles lectores.

(Michael y su familia)

Había dejado reservadas dos entradas de precio reducido, motivo por el que llegué a la taquilla con una hora de antelación. Me tocó esperar a mi amiga Zeniala Volvoreta en el bar que está al lado del teatro, en donde ponen las cortezas más resecas de toda la cristiandad. Allí estuvo Teresa Valentín hablando con unas amigas que ya habían visto el montaje por los años del Pradillo. Vino Zeniala, entramos con el tiempo justo y tuvimos que sentarnos al pie de escenario, en el banco que se encuentra cerca de la entrada.

Este espacio escénico se dividirá en dos partes, una exterior -el jardín donde el pequeño Michael jugará con sus horrorosas cometas- y otra interior -la casa de las hermanas Mundy- lugar en el cual ocurren la mayoría de las escenas. Un hogar cálido, donde predomina la madera; mesas y sillas de cocina. Además de la intermitente radio Marconi, el artilugio de la modernidad que vertebrará, con sus numerosas canciones, el hilo narrativo del recuerdo del protagonista.

(Bailando)

Por tanto, dos planos, el actual, relatado por Michael, y el de la memoria, centrado en los acontecimientos previos a la desmembración de su familia, justo a principios de agosto de 1936, cuando se celebra la fiesta de la Lughnasa. La pieza se abre y se cierra con la melodía del tema Morning has broken de Yusuf Islam. Otros importantes hitos musicales, que podemos destacar dentro de la puesta en escena, son las realizadas por Josephine Bater, Edith Piaf y Ella Fitzgerald, así como la música folclórica irlandesa. La coreografía de alguna de estas canciones marcará el momento culminante de tensión dramática de la pieza. Es digno de reseñar la escena en la que están todas las mujeres bailando, presas de la emoción por la idea de poder asistir a Lughansa, hasta que se estropea la radio y se quedan vacías, hundidas, huecas.

Ya hemos hablado del decorado y de la importante ambientación musical de la obra. El vestuario es gris, monótono, pobre. Destacan las grandes botas de tres de las actrices, que les sirven para zapatear en la pequeña tarima de madera de la zona interior. El vestuario del padre Jack es más variado, sobre todo en sus enormes chaquetas de lana. Michael viste un elegante traje de pana y el vestuario de Gerry es más vistoso y colorido.

(Cris en pleno paroxismo)

Del elenco sólo se puede hablar maravillas. El trabajo del grupo actoral está muy elaborado y el espectador se deleita en la contemplación de esas vidas ilusorias expuestas a los ojos de una ficción que se transforman en unas figuras sensibles, humanas, repletas de realidad. Para mi gusto es quizás la figura de Gerry Evans, Álex Tormo, la que desentona, levemente, el tono realista propuesto por el resto de actores.

Poco he de decir de la profesionalidad de Juan Pastor, que desempeña el papel de Padre Jack, y del televisivo, Raúl Fernández, Michael, sino que, junto a mi admirada, María Pastor, que protagoniza el papel de Cris, son la columna vertebral de la obra. Juan por su presencia en escena, Raúl por su torrente de voz melódica y María, por su sencillez y su fuerza escénica, destacan y arrastran al resto del grupo.

(La dulce Cris y el granuja de Gerry)

Aún así, no hay que echar de menos a las demás actrices del reparto. Personalmente, me quedo con Kate, Victoria dal Vera. Su papel de hermana mayor -frustrada por toda una serie de complejos provenientes del choque entre la realidad moral y sus deseos y pasiones que la convierten en una amargada- está realizado de una manera magistral. Por otro lado Maggie, Agnes y Rose, Elia Muñoz, Yolanda Robles y Carmen Gutiérrez respectivamente, también tienen su peso específico dentro de la obra.

En definitiva, una bonita historia que colma las expectativas de un espectador que va al teatro con el fin de pasar un rato agradable sin experimentos ni estridencias. Una puesta en escena donde el baile supone una liberación de las pasiones ocultas y que permite el paso al desahogo de un dolor presente y a otro mayor que se sospecha venidero.

(La malamada Kate)

Dicen que Zeniala Volvoreta y Juan sin Credo salieron satisfechos y fueron a cenar a una taberna de los alrededores, donde, más tarde, se encontraron con el grupo de actores. Dicen que Juan sin Credo mostró su agradecimiento a la sonrisa de María Pastor y a la simpatía de Raúl Fernández. Dicen que Zeniala Volvoreta y Juan sin Credo se marcharon a bailar, descubriendo un mundo que ya no les pertenecía. Dicen que Juan sin Credo dijo: -Será que me estoy convirtiendo en un clásico-

La plenitud plomiza de un océano con ronquera

La plenitud plomiza de un océano con ronquera

 

Queríamos aprovechar el acueducto de la vigilia de la Inmaculada Concepción para disfrutar de unos días de asueto y así alejarnos del mundanal ruido de la Gran Urbe, pero justo en el momento en el que iniciábamos el despegue de nuestra recién remodelada nave intertemporal: -TELÉFONO, TELÉFONO, TELÉFONO-

Repetitivo y urgente. Admonitorio. Quizá no deberíamos haberlo descolgado. Pudo más nuestra curiosidad y la confianza en que se tratara de un posible descubrimiento textual de nuestro idolatrado: ¡¡ el insoportable e ineludible Juan sin Credo !!

(Perspectiva exterior de La Olmeda)

El dispositivo localizador de emergencia nos mostraba una desesperada llamada originaria de Saldaña (Palencia). Con motivo de su ochenta cumpleaños, la ciudad estrenaba una escultura del descubridor de la villa romana de La Olmeda, fallecido el pasado tres de marzo, Javier Cortés. Fue el director de las excavaciones el que se puso en contacto con nosotros.

En el ala-izquierda de la villa, dirección sur, un enigmático mosaico mostraba unos símbolos inextricables nunca antes vistos. La organización de la efeméride pretendía ofrecer un completo homenaje al austero arqueólogo con el desentrañamiento de ese complejo galimatías de teselas policromadas. Desembarcamos nuestra más potente parafernalia de instrumentos medidores de frecuencia que mostraron unos algoritmos inequívocos del significado de tal mosaico.

(Mosaicos jeroglíficos)

Inmerso en ese jeroglífico de formas geométricas y vegetales se escondía otro valioso documento de nuestro denostado y libertario Juan sin Credo. Este último versaba sobre un recital escénico realizado por José Luis Gómez, con textos de Juan Ramón Jiménez, el 3 de diciembre del 2009, en la Sala Abadía, bajo el mismo título de una de las obras cumbres del Premio Nóbel de 1956, Diario de un poeta recién casado. Sin querer faltar una tilde a la verdad cedemos el espacio a las nihilistas palabras del ingobernable para gusto y regocijo de sus únicos y fieles lectores.


De mucho tiempo atrás me venía mi acendrado juanramonismo. Siempre tendré presente aquel poema del libro Eternidades que comienza Intelijencia dame el nombre exacto de las cosas, donde el poeta busca la precisión conceptual en la maraña agónica de lo inefable. Por este motivo, cuando vi anunciado en el libreto de la temporada del quince aniversario del Teatro de la Abadía el recital escénico de José Luis Gómez, sobre textos del Diario de un poeta recién casado, no dudé ni por un momento en que asistiría a dicho espectáculo.

(Logotipo 15 aniversario)

El caso es que cuando me quise dar cuenta apenas quedaban entradas y nos tocó sentarnos en la última fila, esquina derecha del escenario de la Sala Juan de la Cruz. No se nos ocurrió mejor idea que el acercanos con el monovolumen a la calle Fernández de los Ríos en hora punta, vísperas del puente de la Inmaculada. Entonces se nos apareció la virgen y aparcamos cerca de la puerta, cinco minutos antes del comienzo de la función.

Finalmente nos sentamos algo azorados y la espectatriz que estaba junto a mi butaca leía, sosegadamente, la selección de poemas del Diario realizada por Luis Muñoz para el audiolibro (y la tan excelsa ocasión), editado por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales y disponible en el Ambigú del teatro.

 

(El actor y director)

Le pedí, amablemente, que me lo dejara ver, razón a la que no puso ninguna pega y me confesó que era una estudiante de la RESAD, con un trabajo pendiente sobre José Luis Gómez. Mi ignorancia de novicio hizo que no le pudiera responder en ese momento. Ya debería estar pensando sobre la estulticia proverbial de la raza ibérica cuando, afortunadamente, el compañero de butaca me lanzó un capote y salvó la dignidad herida con unas cuantas frases acertadas acerca del origen, devenir y advenimiento de tan famoso actor y director.

Pues quién no se precia de haber visto alguna vez en su vida la película, basada en la obra de teatro del mismo nombre perteneciente a Jose Luis Alonso de Santos, La estanquera de Vallecas dirigida por Eloy de la Iglesia y protagonizada por Emma Penella, José Luis Manzano, Maribel Verdú y nuestro querido José Luis Gómez.

(Cartel de la película)

Sonó el aviso del comienzo y se apagaron las luces. Una pasarela recorría en vertical el escenario que desembocaba en una mesa, con dos sillas, ambas de madera, flanqueada por dos maniquíes de costura negros. Detrás de la mesa, una ventana rectangular, dividida, a su vez, por doce rectángulos menores, que serviría para proyectar, primeramente, una imagen de un joven Juan Ramón Jiménez.

Antes de continuar con la narración de los hechos, me gustaría dejar claro lo que humildemente entiendo por Producto Cultural de Consumo. Intentaré ser breve, pues mucha teoría desbarajustaría la intención última de mi crítica, aunque creo que esta precisión resultará beneficiosa para comprender con mayor exactitud el tipo de espectáculo al que asistimos.

En mi opinión, un Producto Cultural de Consumo es un tipo de espectáculo creado con fines comerciales, en donde la hondura metafísica del arte no importa ni un bledo. El más allá, la posible trascendencia de lo observado se sacrifica en aras de un entretenimiento vacuo sin otro interés que el propiamente lúdico. Ni lo alabo, ni lo denuesto, simplemente lo confirmo.

(Ferrocarriles de época)

Hecha esta salvedad retomo el hilo de la función cuando una vez apagados los focos se encendió la palabra. Una palabra cálida, que enternece y nos acaricia risueños, hablándonos de deseos, esperanzas y reencuentros. Una fuente de voz que emana sin fin, eterna, compacta. Un ritmo más otro ritmo más otro ritmo incesante, salpicado de melodías de época, sonidos férreos de ferrocarriles sin freno, bocinas de automóviles y sirenas de vapores transatlánticos. Una voz que se apaga, como los focos de la sala, ronca y triste que resquebraja el encanto de la palabra poética, asesinada por una maldita carraspera.

José Luis Gómez se muestra valiente al echarse sobre sus hombros todo el peso de una selección que destaca por el detenimiento en el viaje marítimo del poeta. Caracterizado con un sombrero de ala y un abrigo oscuro de tres cuartos, el actor apenas se levanta de una de las sillas y cuando lo hace sorprende con la mímica de la barra de la borda del barco.  Mientras tanto en la ventana se ofrecen contrapuntos grises de un mar de nubes plomizas y al final se verá iluminada con un retrato de la paciente Zenobia.

Por otro lado, los pacientes espectadores aplauden raudos en un espectáculo que fue de más a menos, vencido por la traición de una posible afonía, que de seguir así los responsables del evento se verán obligados a suspender las sesiones programadas para la semana siguiente en el Corral de Comedias de Alcalá de Henares.

(Nubes plomizas)

Dicen que Juan sin Credo le dio su correo electrónico a la estudiante americana para poder responder con más detenimiento (por no decir con chuleta) a la entrevista sobre José Luis Gómez. Dicen que al salir, su florida manceba, Rivimar le regaló el audiolibro del Diario, cercano el aniversario de su natalicio. Dicen que Juan sin Credo tuvo ya muy claro el valor y precio del auténtico Producto Cultural  de Consumo al que habían asistido de un euro por minuto.

(La joven y paciente Zenobia)

La oficina de los disparates

La oficina de los disparates

 

Habíamos arreglado los desperfectos de una de nuestras naves intertemporales planetarias, causados por el fundamentalismo de la violencia verbal del adlátere principal de Eva Rufo, el tal Pedrito el Faltón. Queriendo pasar página a este asunto tan desagradable para nuestros intereses acerca del resurgimiento de la denostada doctrina crítica de Juan sin Credo pensamos en emplear las mejores telas de camuflaje urbano a la venta en la Grandes Superficies Civiles de Consumo.

(Última tecnología de la comunicación)

Aprovechando el gasto, incluimos en nuestros receptores de información un teléfono, cuyo curioso timbre de aviso era una voz en off que decía: -teléfono- De esta forma, fue como recibimos el último documento del ingobernable e inaguantable Juan sin Credo, por vía oral, transcrita electrónicamente a nuestra base de datos, gracias a la inclusión de las últimas tecnologías de diseño con la que se dotó a nuestra nave debido a las reformas producidas por la lapidación de los radicales del CNTC.

(Logotipo de la fuente de conflictos)

No queriendo dilatar ni siquiera un diptongo, no fuera que se convirtiera en hiato, ponemos a disposición de nuestros únicos lectores el último texto rescatado de Juan sin Credo con fecha de 25 de noviembre de 2009, en la Sala Pequeña del Teatro Español, dentro del XXVI Festival de Otoño, bajo libro y dirección de Claudio Tolcachir, cuyo título es Tercer cuerpo.

(Otra vez el logotipo del Festival)

Me había propuesto esta vez, sin saber ciertamente si pudiera ser posible, el ponerme estupendo. Abandonar por un momento los ropajes bufos del nihilismo para mostrar mi semblante más circunspecto y dejar de lado el estrepitoso soniquete de la ridiculez y la estulticia. Tal ocasión lo merecía.

Era mi intención hacer un alegato en defensa de la proyección de nuestro teatro nacional contemporáneo, en particular sabéis mi predilección por la figura del joven pero avezado dramaturgo Juan Manuel Romero (ver crítica http://postrergenito.blogia.com/2009/041101-no-hay-mayor-prision-que-la-de-un-alma-oscura.php). Por este sencillo motivo, me parecía que iba a tener mayor capacidad de persuasión el enfocar la crítica desde un punto de vista serio y grave frente a tanto cachondeo y tontería grotesca.

La recepción de cualquier tipo de espectáculo depende en gran medida del estado de ánimo del espectador. La impresión que éste se lleva suele ser, por tanto, bastante subjetiva, ya que atiende a numerosos factores. Depende de cómo se encuentre cada uno en ese momento cumbre y puntual del directo en escena. También influye en esta percepción, el gusto teatral en el que está educado el espectador, característica que se va cultivando representación tras representación.

(Aledaños del Teatro Español)

Quizá mi incomodidad o retorcimiento en la butaca, posiblemente, se debía a que había puesto demasiadas expectativas en la figura de Tolcachir. No era para menos. La crítica oficial había alabado sin cesar su obra La omisión de la familia Coleman, estrenada en el 2005 y recién caída del cartel del Teatro Español a las puertas de los Santos, a la que no llegué a tiempo para ver, pues dos semanas antes habían colgado el cartel de No hay entradas.

Con estas impresiones me planté en la puerta del Español. El Padre de las Criaturas, acompañado en esta ocasión del sentimental Abel Prisionero, me facilitó la entrada. La Sala Pequeña del Español se asemeja a las pretensiones de cualquier otra sala alternativa de la ciudad. Eso sí, contando con el respaldo económico y publicitario del erario público municipal. Mi asiento estaba cerca de donde se ubica la cabina de luces y sonido. Como sus técnicos no tuvieron mucho trabajo, se les escuchaba de vez en cuando su molesto e irrespetuoso cuchicheo.

(Héctor al teléfono)

Empieza la función a telón abierto representando una oficina desvencijada y anacrónica. Todo el nutriente de la puesta en escena es la savia segregada por la raíz del absurdo que se hinca en los sagrados sembrados del género cómico. Buena muestra de esto es la secuencia en la que se escribe la carta del funeral de la madre de uno de los personajes.

Además, se entrelazan diversas acciones que tienen un tronco común consistente en una falta de respuesta, de sentido, de esperanza. El espacio de la oficina es asfixiante -muy similar a ese claustrofóbico salón del Ángel exterminador- del que apenas, los personajes principales pueden escapar.

(Moní y Héctor, con fondo de desorden) 

Sandra, interpretada por Melisa Hermida, no puede satisfacer su ansia de maternidad con un marido de segundas que termina por abandonarle. Moní, papel desempeñado por Daniela Pal, es una inadaptada que termina viviendo en la propia oficina. Héctor, personaje representado por José María Marcos, es un cincuentón homosexual, al que se le acaba de morir la madre. Manuel y Sofía, Hernán Grinstein y Magdalena Grondona respectivamente, son una pareja ciclotímica que no saben dosificar con equilibrio su atormentada pasión. Personajes insatisfechos, delirantes que nos muestran el abismo de su fracaso, de su desengaño, motivo por el cual están abandonados al tercer y último cuerpo del edificio de su propia ruina.

La inclusión de la pareja en la trama principal de la vida en la oficina, a mi parecer, me parece demasiado abrupta. Únicamente aportan un mínimo grado de tensión dramática porque nos preguntamos que tendrán que ver esos pegajosos enamorados que permanecen durante toda la obra ora besuqueándose ora discutiendo. Hasta que al final se incorporaran a dicha trama mostrándonos un inesperado desenlace.

(El director)

Otro guiño a la inverosimilitud se da cuando, tanto Sandra como Héctor, hablan con el vacío, bien como si fuera el doctor que está tratando la infertilidad de la primera o bien como si fueran sus respectivos amantes. En estas escenas el espectador tiene que hacer un esfuerzo añadido de imaginación para activar los mecanismos de la fantasía que no ha sido capaz de componer el director.

En definitiva, al igual que con Daniel Veronese, nos inyectamos una nueva dosis de teatro de actor, sin música, si apenas juego de luces y sin vestuario donde el texto teatral, a pesar de mostrarnos un reflejo de las carencias e insuficiencias en las relaciones afectivas que se dan en la actualidad, presenta un escaso valor estético y si sobrevive es gracias al elenco de actores que trabaja con brillantez.

(Moní y las nuevas tecnologías)

Dicen que Juan sin Credo salió defraudado de la Sala Pequeña del Teatro Español debido a la escasa calidad literaria que atesora el texto teatral Tercer Cuerpo. Dicen que Juan sin Credo piensa que hoy en día apenas se aprecia un buen texto- como, por ejemplo, el de la obra Prisionero en Mayo, donde la poesía y el aporte del bagaje cultural es un beneficioso elemento de alto calado que enriquece la presencia escénica- sino que sólo se mide la efectividad de la taquilla y la carcajada fácil o el que bien me lo he pasado sin pensar en nada. Dicen que Juan sin Credo ha llegado a la conclusión de que siempre nos ha gustado ser demasiado provincianos apreciando aquello que viene de fuera antes de hacer caso a todo lo bueno que tenemos dentro porque nos hace ser más modernos, más cosmopolitas y, también, más estúpidos y desagradecidos con nuestros propios dramaturgos y demás creadores.

(Los oficinistas preocupados)

Media ración de empanadillas criollas con firma de Autor

Media ración de empanadillas criollas con firma de Autor

 

Veníamos con los bolsillos llenos de hambre y con el estómago vacío, haciendo un ruido indecoroso, por lo que pensamos meternos en cualquier lugar para saciar nuestro voraz apetito. El apedreamiento de una de nuestra bases por los ultras radicales de la CNTC, en concreto la sección liderada por el fanático Pedrito el Faltón, nos había recluido en una indigencia que nos arrastraba sin freno por un precipicio abismal.

(Retrato robot de Pedrito el Faltón)

Vagabundeando por la periferia, esperando otro documento de Juan sin Credo sobre la CNTC que nos redimiese, holgazaneábamos en un tiempo que no era el nuestro; un tiempo vacío donde la cultura se estaba convirtiendo en un objeto de consumo sin más. En estos bajos fondos parecía brillar la sombra incómoda del Héroe. Cada paso, cada rincón recordaba su rabia nihilista sobre todo aquello que tenía la vitola de bien pensante o políticamente correcto.

(Trattoría especializada en empanadillas)

No aguantando ni un minuto más nuestros borgorigmos gastrointestinales, que hacían girar sorprendidas las caras de los demás viandantes, entramos en una especie de trattoria, regentada por unos psicoanalíticos y tópicos argentinos, cuyo principal preparado consistía en unas suculentas empanadillas criollas de carne, pollo, jamón y queso. Fue en la degustación de esta última, cuando empezamos a notar ese pálpito inherente a todo descubrimiento textual de nuestro idolatrado Juan sin Credo. El fino hilo derretido del cheddar se esforzaba retorciéndose en unas extrañas grafías que nos fueron explicadas prolijamente por el tan típico y simpático camarero de origen porteño.

No nos había fallado la intuición, era un documento del denostado e ingobernable Juan sin Credo, fechado a 13 de noviembre de 2009. en el Teatro Villa de Móstoles, dentro del XXVI Festival de Otoño, por la compañía de Daniel Veronese, que ponía en escena una versión del Hedda Gabler, de Henrik Ibsen, con el título de Todos los grandes gobiernos han evitado el teatro íntimo. Para no impacientar las consonantes siquiera de nuestros únicos lectores arrojamos la verbena nihilista como un nocturno, festivo y colorido Castillo de Pólvora de pensamiento cartesiano.

 

(Logotipo de XXVI Festival de Otoño)

La primera vez que tengo conciencia de ver a Daniel Veronese fue en su versión sobre la obra de Tres hermanas de Chejov, Un hombre que se ahoga. Vez, por cierto, también, primera que conocí al Padre de las Criaturas, que esté fin de semana sigue con la reposición de su espectáculo gótico Bathory, contra la 613, en la sala Liberarte, de la que ya os hablaré algún otro día. Dos años después, funcionan en Veronese las mismas coordenadas que en breve comentaré.

(El intensísimo director)

Casi con dos meses de antelación tuve que sacar las entradas pero ya para la Sala Cuarta Pared estaban agotadas por lo que elegí el Teatro Villa de Móstoles, antes que el Centro Cultural Isabel de Farnesio en Aranjuez o el Auditorio Pilar Bardem de Rivas, simplemente debido a una cuestión de calendario.

Hacia esa localidad de suroeste del cinturón industrial madrileño nos encaminamos la guerrillera narradora oral, Zeniala Volvoreta y vuestro humilde y discreto servidor. Como todos los pueblos que han crecido gracias a las oleadas de la inmigración interna de la décadas de los 50, 60 y primeros 70, Móstoles ofrece una visión arquitectónica irregular y anárquica, en donde predominan los edificios colmeneros y su casco histórico, peatonalizado recientemente, combina las creaciones de vanguardia -como la estación del Metro-Sur- con los caseríos vetustos de cuando la ahora ciudad-dormitorio era, todavía, un poblachón.

(La aguerrida en un dilema)

El teatro Villa de Móstoles es una de esas construcciones que destaca por su arriesgada estética pero totalmente carente de funcionalidad. El escenario está en escorzo y los espectadores de las butacas más cercanas a la salida ven a los actores en una perspectiva oblicua con lo que pierden un alto grado de visión. Allí no había ni acomodadores ni nada, afortunadamente sobraban asientos. Nos levantamos y nos sentamos más centrados en ese torcido teatro.

Claudio da Passano, en su papel de Jorge Tesman, nos espera en ropa interior a telón abierto. Saluda, aprieta nervioso los dientes esperando que nos pongamos cómodos, mientras Fernando Llosa, en el personaje de Asesor Brack, toca un piano que suena en off.

(El simpático bufón Claudio da Passano)

El decorado realista que les encuadra asemeja un salón compuesto por un serie de planchas de madera que lo delimitan. Dos puertas a los lados y una ventana en el medio, además de un recodo triangular que sirve de vestidor -donde también hay otro hueco de salida y entrada de personajes- conforman ese espacio escénico único en el que se desarrollará el grueso de la obra.

El mobiliario, del gusto nórdico de Ikea, apuesta decidida por la figura cuadrada, consiste en un sofá blanco en el centro y una mesa y cuatro sillas marrones a la derecha del espectador, al que habría que sumar el ya citado piano. Ni luces, ni música, ni apenas vestuario. Hedda Gabler, figura interpretada por la actriz Silvina Sabater, vestirá durante toda la obra con pantalón y camisa negra además de unas botas, también negras, de caña.

Los acontecimientos se suceden vertiginosos, sin solución de continuidad. El ritmo escénico es trepidante. El diálogo fluye incesante pero también el silencio es constructivo, logrado mediante el gesto cómplice entre los personajes. El parlamento establecido entre Tesman y Gabler, cuando el primero vuelve con el manuscrito de Ejlert, papel realizado por Marcelo Subiotto, es, sencillamente, una verdadera floritura de tensión dramática.

(Todos los personajes excepto el asesor)

Claudio de Passano es el actor que permanece durante más tiempo encima de las tablas, insuflando un humor ácido a la pusilánime figura del intelectual Jorge Tesman. Silvina Sabater clava con una elaborada presencia de astucia femenina la personalidad desbordante y caprichosa de Hedda. Es también reseñable la potencia actoral del veterano Fernando Llosa, sobre todo cuando se dirige al público con esa alocución autoreferencial acerca de los estrechos límites entre la realidad y la ficción teatral.

(Silvina, de espaldas, con Pipi y Marcelo)

En definitiva, unas mismas coordenadas que las observadas durante la versión de la obra de Chejov, basadas, nuevamente, en un esforzado trabajo de actor, pero con un inconveniente que hace plantearse al espectador una estructura deficitaria de la puesta en escena. El trabajo de síntesis de Veronese está realizado, no solamente con Hedda sino también con Casa de muñecas, bajo el nombre de El desarrollo de la civilización venidera, y el espectador que sólo asiste a una de ellas, por lo menos a Hedda, ve como la versión se cae, le falta la pieza donde imbricarse en un simbiosis acabada.

Dicen que Zeniala Volvoreta y Juan sin Credo salieron insatisfechos y con ganas de haber visto el trabajo completo que Veronese había realizado sobre la obra de Ibsen. Dicen que pensaron que la magnifica idea de diseminar la obra en diferentes sesiones o localidades del sur de Madrid podía corresponder al productor Sebastián Blutrach o a la distribución en España de los trabajos de Veronese, de la mano de Producciones Teatrales Contempóraneas, con el fin de hacer más caja o de potenciar el consumo de gasolina durante ese fin de semana de noviembre. Dicen que el sufrido monovolumen sufrió cien kilómetros más, debido a unas cuantas vueltas para salir de la ciudad famosa por la escena cómica interpretada por el humorista Millán Salcedo de las empanadillas y que, probablemente, daba la razón al argumento que habían procesado acerca del aumento en el consumo de gasolina y de la alianza entre Producciones Teatrales Contemporáneas y alguna Compañía Petrolífera de alto calado.

(Encarna y las empanadillas de Móstoles)

Kraft refreftca máft

Kraft refreftca máft

 

Despues de la trifulca que se originó por la crítica publicada sobre la puesta en escena de la obra de Lope De cuándo acá nos vino? temíamos que descubrieran nuestras bases intertemporales planetarias y nos las destrozaran, haciendo gala de una venganza visceral e inhumana, propia de las que plantea el Kanun, código arcaico albanés, que recoge el premio Principe de Asturias de las Letras de 2009, Ismail Kadaré, en alguna de sus novelas, como, por ejemplo, Frías flores de marzo o Abril quebrado. Esta fue la sensación que nos produjo, por lo menos, de parte del tal Pedrito, que sólo le faltó poner en su comentario: -cuando os pille por aquí, os partiré la cara-.

Preferimos, entonces, esperar que se calmaran las turbulentas aguas y que mansas volvieran a su cauce y paseábamos por los arrabales, fuera, de momento, de los circuitos culturales al uso, donde se venera el ego de los actores como si de una divinidad aupada por las aureolas catódicas se tratara.

Entre barriadas y escoriales de traperos encontramos un extinguido vertedero de papel de estraza donde observamos un paquete que nos llamó poderosamente la atención. Tal paquete emitía una brillantez fuera de lo normal. Se diría que estuvieran naciéndole unas lenguas de fuego según nos acercábamos a él. Próximo a incendiarse le sofocamos con el barro de los caminos y salvamos un nuevo documento de nuestro sacrosanto cultureta, el inaguantable Juan sin Credo

En dicho texto se nos mostraba una reflexión sobre el espectáculo infantil Kraft, puesto en escena por la compañía valencia de teatro practicable Bambalina, dirigido por Jaume Policarpo, en el Centro Cultural Paco Rabal el día 24 de octubre del 2009. No queriéndole hurtar ni siquiera una tilde a su estela libertaria le cedemos el espacio para disfrute de sus únicos lectores.

Había salido así la tarde, de manera algo espontánea, tras una lectura tempranera de la prensa. Las 19:00 horas, en el último suspiro del horario de verano, era un buen momento para salir de la mano con la bella cría y pasar un rato agradable educándonos en el gusto y hábito del teatro.

Llegamos hasta el barrio de Palomeras Bajas, donde la condesa de Bombay tiene su feudo de fieles aguirristas, con la aquiescencia de Tomás Gomez y un alto número de madrileños que, repetidamente, vuelven a confiar en su sistema de escuchas y en las falsas acusaciones de corrupción que caen sobre algunos miembros de su gobierno.

La sala del Centro Cultural Paco Rabal es bastante coqueta, reciente, sin grandes alardes arquitectónicos. De las trescientas localidades no alcanzábamos la treintena de espectadores. Nunca se sabe la mayor entrega de los artistas si la se hubiera encontrado más llena.

Una larga mesa de madera de ebanista ocupa centro el escenario que tiene una serie de elementos, como un altavoz, cinta de carrocero o una enorme bola negra. Óscar Jareño, Merce Tienda y Vicente Arlandis, vestidos de etiqueta pero sin chaqueta, nos amenizan la velada con su capacidad para crear siluetas con un papel de estraza marrón que se convierte en una figura que canta rap, flamenco y ópera. La mímica emerge con una fuerza esencial dentro del espectáculo. Las persecuciones y los alborotos arrancan las sonrisas y carcajadas tanto de niños como de mayores.

En definitiva, cuarenta minutos de distracción garantizada en donde la dramatización nos transporta a un universo en el que el lenguaje se despoja de sus rasgos del significante para transmitirnos unas emociones humanas repletas de alegría y esperanza.

Dicen que Juan sin Credo y los suyos se acercaron al escenario y cogieron un trozo de papel que se había quedado tirado. Dicen que al salir se estaban repartiendo carteles enrollados de la vigésimocuarta Semana Internacional de Teatro para Niñ@s y que la bella cría cogió dos. Dicen que una vez llegados a casa, la bella cría se puso a jugar con el trozo de papel y los carteles diciendo que él estaba haciendo teatro.

Ahora de dónde o qué y el vino de la Vega?

Ahora de dónde o qué y el vino de la Vega?

 

De regreso de Las gradas de San Felipe y el empeño de la lealtad, en dónde, entre otros, estaba sentado el Premio Nacional de Literatura Dramática de 2006 Santiago Martín Bermúdez, nos dejamos arrastrar por la melodía de unos instrumentos de cuerda barrocos que nos condujeron hasta la calle de Embajadores número 9, como serpiente ensimismada al son de una flauta maravillosa.

Tales arpegios, tañidos en una dulce armonía, representaban aquello que desde un principio nos veníamos temiendo: un nuevo documento del tan denostado Juan sin Credo, con fecha de 22 de octubre de 2009. Este texto se refería a la puesta en escena de una rebuscada comedia de Lope de Vega titulada ¿De cuándo acá nos vino? representada por la CNTC en el teatro Pavón, bajo la dirección de Rafael Rodríguez, con una versión de Rafael Pérez Sierra.

(Leonardo y Beltrán)

No queriendo ceder un solo espacio más a nuestra astrosa prosa pasamos a continuación a presentar a nuestros únicos lectores el mundo nihilista, libertario y descarnado de nuestro ingobernable y batallador Juan sin Credo

Ya le comentaba a mi querido compañero, el ínclito conde de Abascal, la sufrida épica de los oficios. Así me rememoró su infatigable patear por las múltiples librerías de viejo rebuscando las famosas ediciones críticas del octogenario hispanista Alva Verno Ebersole. Del mismo modo, le narré mis aventuras, cerca de sus nuevas propiedades, al hallazgo de esa reciente joya de Lope, colocada en los anaqueles de la nueva y moderna biblioteca de humanidades del CSIC, publicada por Reichenberger en el 2008, bajo edición y estudio de Delia Gavela García, cuyo título lo compone la locución adverbial lexicalizada De cuándo acá nos vino?

(Los **** se besan)

Y quién fue el que vino? Pues esta vez algunos más. Los condeses de Abascal, la siempre alegre Jimena del Mar Mediterráneo y su florido mancebo, el sorprendente Carso Levant el Neperiano. También asistieron el ilustre geógrafo Carlos Egaleo Ness y a la cabeza del grupo Sara Bia di Rectora. Sin olvidarnos de la compañía de la exquisita Luz Sonora de la Partitura.

Cada uno por su lado, llegamos al teatro y nos dispersamos por nuestras butacas quedando la mía fuera de todo contacto con el apostolado, al haberla comprado con posterioridad. Se daba la circunstancia de que ya nos tomamos muchas veces un exceso de confianza y entablé conversación amable con una, en esta ocasión, simpática Oficial de sala. Me comentó que en el momento de apagarse la luces, si se encontraba alguna butaca vacía que mejorase mis intereses la podía libremente ocupar.

La función está apunto de comenzar, sonó decisiva la megafonía en una voz femenina. En la fila seis de las pares, cuatro butacas vacías de unos tardones que se quedaron sin Lope . Hacia allí me encaminé valiente y tuve que cerrar bocas de las señoronas que a la espalda me acusaban de usurpador. Empieza, entonces, la comedia de enredo.

(Octavio y la ****)

Siempre celebrar la risa está de cara, es mucho más sencillo aunque el problema se encuentra en que se pueda caer en la más rotunda de las tonterías. Aquí no pasa, son los menos, pero existen lugares con mácula, irregulares, desprotegidos. Tratemos primeramente de ellos. El más grave, a mi parecer, es el papel que interpreta Eva Rufo en la piel de doña Ángela. Poco creíble, no es capaz de transmitir la verosimilitud suficiente de una primera dama enamorada del galán; siempre está de comedia, a la chanza, por lo que muestra un personaje plano sin apenas psicología ni evolución. Su momento más patético es cuando recita el soneto (vv. 1636-1649); sin ninguna emoción el endecasílabo se le cae de los labios pasando desapercibido para gran parte del público.

 

(Doña Bárbara, Fajardo y la ****)

Tampoco salen muy bien parados los pretendientes de Ángela y menos aún, Marín,-representado por Alejandro Saa- el criado de Octavio, el indiano. Papel muy forzado que roza los lindes del ridículo. Mientras  don Octavio y don Esteban -Miguel Cubero y Pedro Almagro, respectivamente- actúan como meros comparsas, sin ofrecer apenas complicaciones. Más serio y más convincente se ofrece el papel de  don Alonso, amigo de don Esteban, interpretado por el veterano José Luis Santos. Del mismo modo suceden pequeños altibajos en la actuación realizada por David Boceta dentro del papel principal del Alférez Leonardo. Por último, dentro de estos pequeños matices del desacuerdo, aparece la melodía, totalmente asincrónica, de la cucaracha en las acciones en las que se destapa el embuste propuesto por Beltrán, que estropea el excelente trabajo musical del resto de la obra.

Sin embargo, los demás elementos de la dramaturgia arrinconan estos minúsculos defectos en aras de una entretenida y elaborada puesta en escena. Aunque los primeros compases son vertiginosos, el verso se asienta sobre esa tarima en perspectiva lineal con mayor elevación en el fondo que consta de distintas ranuras en donde se encajan esos forillos decorados a la manera de Pettoruti o la escuela vanguardista del suprematismo. El vestuario es majestuoso, de época, donde destaca el corte elegante y el colorido atrevido. Las luces enardecen las escenas amorosas sobre todo con ese naranja cálido que se proyecta ferozmente y espejea las telas en un ardor de gruesas pinceladas.

(El suprematismo o la visión geométrica de un decorado)

Pepa Pedroche, en el papel de Bárbara, hace un bárbaro derroche de fuerza escénica. Probablemente su actuación soberbia sea, en cierta medida, la culpable de la mediocridad de su pareja femenina que le acompaña en el espectáculo. Joaquín Notario, el capitán Fajardo, como siempre: repleto de presencia, lleno de escenario, enorme actor. Ernesto Arias y Toni Misó -Beltrán y Lope respectivamente- también destacan con su buen trabajo para hacer las delicias del público. Otros personajes menores Lucía, Alfaro, Riaño y Pacheco -Isabel Rodes, Adolfo Pastor, Diego Toucedo y Rafael Ortíz- cumplen felizmente con la parte que les toca en la Comedia.

Por último, no quisiera finalizar sin rendir tributo a uno de los mayores aciertos de la puesta en escena, a pesar del lunar de la cucaracha, como es la apuesta musical. De todo esto os hablaría mucho mejor mi exquisita compañera Luz Sonora de la Partitura. Pero como he de dejarme llevar por la intuición he de decir que tanto la música de cuerda como las partes cantadas aligeran la poda que recibe el texto original y hacen mucho más cercano y ameno el siempre difícil ritmo del verso para el oído sordo del espectador actual. Vaya entonces mi homenaje para Melissa Castillo, violín barroco, Josías Rodrígues, guitarra barroca y archilaúd, Héctor Castillo, violone, y, por último, Rodrigo Muñoz a la percusión.

(El equipo del vino, por supuesto con la ****)

En definitiva, un nuevo éxito del CNTC al apostar por un texto no muy conocido de Lope de Vega, que trata temas delicados en su tiempo, como es el de la madre soltera, y que nos hace reflexionar alegremente sobre la actualidad de nuestros clásicos en el cuarto centenario de su moderna obra teórica que tantos triunfos le brindó y que no es otra que El arte nuevo de hacer comedias.

(El Fénix de los Ingenios)

Dicen que los compañeros y Juan sin Credo después de ver De cuándo acá nos vino? fueron a tomar un vino en la calle del Almendro, evidentemente ya sin flor y también sin nata. Desde allá hasta acá unos cuantos no vinieron y la alegre Jimena, Carso Levant y Juan sin Credo siguieron el camino del vino, mientras que Carso, con una precisión más que matemática, explicaba los vaivenes y beneficios de nuestra sagrada épica de los oficios.

Un canino descoloque del Coloquio...

Un canino descoloque del Coloquio...

 

No tardaron en avisarnos. Veníamos de pasar una tranquila tarde de domingo cuando vimos que la señal de alarma centelleaba en un grito parpadeante del auxilio. En la antigua Pucela, cerca del Hospital de la Resurreción, está situada una perrera donde estaban ocurriendo los hechos más inverosímiles que jamás antes nos habían contando. Durante ciertas noches se escuchaban unos misteriosos ladridos semejantes a la lectura de alguna de las Novelas Ejemplares de Miguel de Cervantes

A nosotros, desde el primer momento, no nos cupo la más mínima duda acerca de la autoría de esos ladridos. Con la ayuda de uno de los mejores veterinarios de la nación nos encaminamos hacia Valladolid, con las luces antinieblas encendidas debido a la ciega espesura blanca con la que te abraza el río Pisuerga.

Menudo bocado nos soltó al acercarnos, me parece que fue uno llamado Berganza. Sus dientes se marcaron en mi brazo dejándome una estela similar a esas letras que tantas veces habíamos leído. El veterinario dijo que el tal Berganza, o no me acuerdo si Cipión, mordiera unos cuadernos que llevamos para la ocasión y mordisco tras mordisco apareció el documento crítico de nuestro idolatrado Juan sin Credo sobre el Coloquio de los perros, bajo dirección de Fefa Noia, dentro de las jornadas de Puertas Abiertas de la Semana Cervantina, en el Corral de Comedias de Alcalá de Henares.

Pastores de hombres en potencia, corderos disfrazados de lobos, corderitas, viboreznos, mujeres construyéndose. En definitiva pastores del género humano. La siempre alegre Jimena del Mar Mediterráneo, el ínclito Conde de Abascal y vuesa ignorantísima, el siempre ingobernable, Juan sin Credo agarramos el cayado y pasamos por la Cañada camino de Alcalá para contemplar, estupefactos, el engendro de Fefa Noia tomando en vano el nombre de Cervantes.

Mi adorado maestro Juan Antonio López Esteve me intentó enseñar el no ser sañudo con las diferentes puestas en escena a las que acudiera durante el resto de mi vida como espectador. Bien, prometo que lo intento. Cuanto más cuando el caso versa con actores del Curso de Formación del Centro de Estudios del Teatro de la Abadía. No precisamente, entiéndase, que quiera sacar la cara por la Abadía sino por el elenco novel.

El vestuario de los perros, Óscar de la Fuente en el papel de Berganza y Quique Fernández en el de Cipión, está ambientado dentro de una estética boogie-woogie demasiado desconcertante para mi gusto. Jorge Martín y Almudena Ramos representan un ramillete de papeles que les convierte en personajes comodín que diluyen su presencia y credibilidad escénica.

El decorado se reduce a un sinfín de sillas de diferentes tamaños y colores por donde se van desplazando cada uno de estos actores en pos de una nueva narración. El texto queda reducido a lo esencial en una labor de achique y poda que le hace perder algunos de sus aspectos más importantes para la comprensión del mismo, como es el caso de la crítica de la maledicencia que se desarrolla a lo largo de toda la obra y queda muy desdibujado en la versión teatral e, incluso, también ocurre con el episodio de la bruja Cañizares que está tratado con escasa atención.

Por otro lado, cabe destacar el acierto en el juego de las cajas al modo de matriuskas por cada uno de los diferentes narradores de la acción y el empleo del espacio escénico en toda su dimensión, tanto en sus tres niveles como el del mismo público.

En definitiva cuarenta minutos de histrionismo, barahúndas y perplejidades escénicas que hicieron pasar un buen rato a las cabezas de nuestro rebaño e hizo reafirmarnos en la idea de cuan saludables son las actividades lectivas fuera del aula.

De los suyos y Juan sin Credo volvieron a rebato, tras un agradable y breve tiempo de distensión, y a esPera(r) les devolvieron sobre la hora prevista con ganas y ánimo de preparar ese verde valle de la Arcadia donde apacienta manso el ganado siempre insatisfecho de los pastos que conducen a la madurez y sabiduría.