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Juan sin Credo

La butaca nihilista

Alba en la negra procesión del luto para Bernarda

Alba en la negra procesión del luto para Bernarda

 

Vuelta al trabajo incesante, eléctrico, sin sosiego. Cabía de esperar. Muchos admiradores nos comunicaban sus impresiones mediante mensajería electrónica: -Juan sin Credo está como una cabra- Siguiendo esta pista aparecimos escalando las escarpadas pendientes de los Arribes del Duero, curioseando entre los chiviteros, para ver si aparecía algún nuevo documento tras los tiernos chozpidos de las crías.

(Chiviteros con rastros de Juan sin Credo)

Inmersos en esta investigación sonó nuestro número de la Central de Alarmas. Parecía haberse detectado un nuevo texto de nuestro idolatrado Juan sin Credo. Viendo planear un alimoche nos colgamos de sus garras para dar con nuestros huesos en un enjalbegado poblacho de la multisecular España, tan oscura y profunda como siempre.

(Alimoche en pleno vuelo)

Arraigados en sus tradiciones ancestrales de miseria e ignorancia, sus habitantes volvían del único lugar público permitido por las autoridades. Al vernos pertrechados con nuestra tecnología de última generación, encargada de tantos descubrimientos exitosos de la obra del irreverente e iconoclasta Juan sin Credo, huyeron despavoridos administrándonos el vade retro.

(Único lugar público del pueblo)

Finalmente, llegamos a la iglesia donde se encontraba el inquieto cura, causante de la llamada de auxilio. Resultaba que se le estaba asustando la feligresía debido a que, tras el reciente fallecimiento de Antonio María Benavides, se repetía incesantemente una cantinela similar al Memento de Difuntos, a intempestivas horas y por medio de unas voces siniestras y desconocidas.

Incluso, ese misterioso personaje, había dejado constancia escrita en el Misal de la parroquia en una extraña lengua que parecía ser una descomposición ibérica del latín. Para tales efectos de traducción, recabamos el apoyo del conocido Bachiller Montilla que no tardó en demostrar la autenticidad y pertenencia de dicho documento a nuestro irredento Juan sin Credo, ingobernable y libertario a todas luces.

 

(Misal donde aparecieron los escritos de Juan sin Credo)

Tal texto trataba sobre la asistencia de Juan sin Credo y su apostolado a las Naves del Matadero, el día de san Miguel a las 20:30, para ver La casa de Bernarda Alba, del universal García Lorca, bajo la dirección de Lluís Pasqual, con Nuria Espert y Rosa María Sardá, como primeras damas, en una producción del Teatro Español y el Teatre Nacional de Catalunya. Para no desesperar la avidez máxima de nuestros únicos lectores cedemos, gratamente, sonido a sonido la cadena fónica que muestra la delirante doctrina de nuestro arrinconado pensador nihilista-filocartesiano Juan sin Credo.

Inevitablemente llegaba el otoño. Las altas ramas de los árboles, desnudando sus hojas, arañaban la panza plomiza de un cielo monótono y bronco. En taquilla el buen Lolo di A´Trives e Itxi Estúñiga a la espera de nuestro abrazos. Más tarde se unieron Silvia O´rient y el lúcido Áng (d)el Mendi. Las Naves del Matadero son un espacio escénico descarnado y gris, aunque ha dotado al barrio de la Arganzuela de un referente cultural que bien puede resucitar un Paseo de la Chopera huérfano de locales de ocio y alterne.

(Las Naves del Matadero)

Se palpitaba excitación para ver a Lorca con su Bernarda Alba por dos de las actrices estelares del panorama teatral español. Como bien puede saberse -si así no fuera el caso se remite, por ejemplo, a la edición de Miguel García Posada, número 3 de la serie Castalia didáctica- esta obra estaba confeccionándose para la musa del poeta en los últimos días de la primavera del 36, Margarita Xirgu; aunque el estallido de la contienda civil y el posterior asesinato del autor la dejó inédita para las prensas y la escena hasta que el 8 de marzo de 1945 se representa, por primera vez, en Buenos Aires, de la mano de esta actriz que tantos éxitos de público había dado al teatro de Lorca. Se da la casualidad que la Xirgu también fue la primera en estrenar en el teatro de Mérida una versión de Medea, hecha por Unamuno, papel en el que también se ha encumbrado, la misma Nuria Espert que ahora protagoniza esta puesta en escena de la casa de Bernarda Alba.

 

(Ay Bernarda, deja vivir a tus hijas)

Cuantiosas han sido las ocasiones en las que se ha llevado a escena este drama rural, considerado, unánimemente, por la crítica como la obra maestra de Lorca. Basta recordar la primera representación en España, el 20 de marzo de 1950, que sólo estuvo un día en cartelera y silenciada completamente por la prensa y la dictadura de la mano del Teatro de Ensayo “la Carátula”, cuyos directores fueron José Gordon y José María de Quinto en el Teatro del Parque Móvil de Ministerios y protagonizada por Amparo Reyes (Bernarda) y María Luisa Romero (Adela).

Habrá que esperar hasta 1964, veintiocho años después de su creación, para que se le dé el reconocimiento merecido de crítica y público a esta tragedia tan española. La fecha elegida para la ocasión fue el 10 de Enero en el Teatro Goya de Madrid, dirigida por Juan Antonio Bardem, con decorados de Antonio Saura e interpretada por Cándida Losada (Bernarda) y Julieta Serrano (Adela)

Asimismo su proyección internacional ha sido destacada. Aparte de su estreno mundial en Buenos Aires es digno de mención su puesta en escena en 1957 en el Teatro Stanislavsky de Moscú, con más de un año de representaciones, dirigida por Ángel Gutiérrez. Llama la atención que la ahora Bernarda, Nuria Espert, ya dirigiera la obra en 1986, en el Lyric Teathre de Londres y cuyas intérpretes fueron Glenda Jackson (Adela), Joan Plowright (Bernarda). Además no está de más recordar los numerosos grupos de aficionados y universitarios que abordan cada campaña teatral la obra de este poeta mistificado por la progresía.

(Liryc Theatre de Londres)

Ante todo este bagaje artístico se encuentran el TNC y Lluís Pasqual, un minucioso coleccionista de las dramaturgias lorquianas. El reto aparece al colocar dos pesos pesados en escena, aunque la sangre no llegará al río -sí la mozuela-. Al parecer -como los propios espectadores comprobaremos- flota en el ambiente una buena sintonía entre ellas. Antes de llegar a las tablas del Matadero, estuvo en la sala pequeña del TNC, desde el 29 de abril hasta el 28 de junio, con un gran éxito de público y crítica, aunque para el estreno no asistiera ningún representante del tripartito, quizá por que al estar la obra en castellano el bachiller Montilla hubiera tenido que hacer un trabajo extra y ya se sabe como está el presupuesto.

(Tres de los artífices del nuevo éxito de Bernarda)

Desde el 10 de septiembre se encuentra en Madrid. Nueve días después se hizo un encuentro con el público dentro de los actos que conmemoran el engendro cultural de la Noche en Blanco. Diez días más tarde nos dejamos caer de la mano de un mesiánico con el que trató mi buen di A´Trives.

En Las Naves, el espacio se acomoda según sean las necesidades del montaje. Esta vez se habían habilitado dos gradas y entre ellas...el escenario. Así es, podíamos contemplar las caras a los compañeros de butacas de enfrente, sus gestos de estupor, ensimismamiento, admiración...

(Imagen de la primera escena)

Las actrices se desenvuelven, pues, en un extensión rectangular de azulejo blanco y apostado en sus lados dos arcos blancos -con dos lavaderos de mármol (el agua es un elemento muy presente en escena)- que se utilizan como entrada y salida de los personajes. Una gasa blanca, a modo de telón, sirve para potenciar ese color blanco, que tanto simbolismo tiene en el trasfondo conceptual de la obra. En la primera escena aparecen sobre el escenario casi medio millar de sillas deslavazadas, pervirtiendo el sentido original de las acotaciones de la obra que piden las sillas de enea de toda la vida.

Posteriormente, cuando el cortejo fúnebre se presenta en la casa con un murmullo de abanicos, se observará unas de las cualidades más importantes de la obra: el equilibrio y la armonía coral de un buen trabajo colectivo que hace de cada una de las actrices una pieza básica del engranaje para el buen funcionamiento de la pasión dramática. Este buen hacer será el encargado de poder transmitir esa atmósfera de opresión, de deseo sexual suscitado por un voraz apetito en unos cuerpos insatisfechos, en los que todavía se vislumbra un talle gozoso y apretado.

(Hijas de Bernarda)

Nuria Espert, a pesar de las críticas que puede recibir por parecer demasiado histriónica, está en su papel. Ella es Bernarda, la del bastón, el puño del mando y ordeno. Eternamente de luto ejecuta sus designios de grandeza, en un delirio que la encamina hacia la tragedia. Rosa María Sardá me trae a la memoria la ruptura de mi infancia con las carcajadas de su famoso programa, que le hizo recibir el TP de oro a la mejor presentadora, Ahi te quiero ver. Esa pose de graciosilla da a la Poncia, papel que realiza, un toque de comicidad que alivia el severo y asfixiante aire espeso que envuelve la obra.

(Bernarda en acción)

Adela y Martirio, protagonizadas por Almudena Lomba y Rebeca Valls, desatan un círculo de sospechas y envidias en un enfrentamiento digno de felinas, aunque en el desenlace final Rebeca pecará de ampulosa y su interpretación desequilibrará su buena actuación durante el resto de las obra. Las otras tres hermanas, Angustias, Magdalena y Amelia, representadas por Rosa Vila, Marta Marco y Nora Navas, son unas perfectas comparsas. Incluso me atrevería a decir que Rosa Vilas desempeña un magnífico papel haciendo de mujer ingenua, instrumento de Pepe el Romano para llegar a su hermana pequeña Adela.

(Martirio martirizándose)

Sin embargo, opino que tanto la criada como Maria Josefa, Tilda Espulga y Teresa Lozano, desentonan en la perfecta maquinaria actoral en la que se convierte la obra. La primera parece que hiperactua, ella es consciente de que está haciendo un obra de teatro en la que representa a una criada, pero no se cree una criada. Mientras que Teresa Lozano enajena mucho su papel, tanto que rompe el clímax dramático, sobre todo en la escena del cordero.

Finalizando, quisiera hacer mención acerca del vestuario, sobre todo en los trajes de luto de las hijas que resplandecen en una erótica belleza de lo prohibido. También el calzado sobresale, sobre todo los zapatos de Bernarda y las graciosas zapatillas de arpillera que calzan las hijas, en alguna de las escenas. Por otro lado, me parece magnífica la iluminación azul nocturna del tercer acto que preludia el final trágico en una sensación de sofoco visual, ahogando nuestras conciencias. Para acabar, se echa en falta algo más de ambientación sonora sólo presente en las letanías del Memento de difuntos que aparece entre actos.

(Azulado tono nocturno en la iluminación)

En definitiva, una inmejorable puesta en escena de la obra maestra de nuestro poeta más internacional que consolida la trayectoria como director de Lluís Pasqual, engrandece el prestigio de las dos actrices principales, Nuria Espert y Rosa María Sardá, y da el pistoletazo de salida a las actrices nóveles como Almudena Lomba y Rebeca Valls.

(Bernarda en el apoteosis)

Dicen que Juan sin Credo y los suyos tomaron una rápida consumición en la carera barra del Matadero. Dicen que di A´Trives dijo que si Nuria Espert estaba tan caracterizada que parecía Darth Vader. También dicen que la bella y florida manceba Rivimar dijo que igual que los niños de Medea qué pintaba un cordero vivo en medio de la escena, que por cierto dejó lleno de cagarrutas el escenario donde se rebozaron trágicas algunas actrices tras el suicidio de Adela. Dicen que camino de la horrorosa plaza de Legazpi iban detrás de las actrices secundarias que tomaron el metro, mientras que, probablemente, las principales cogieron el coche oficial al servicio del Ayuntamiento.

Como generales para “ La Cena...”

Como generales para “ La Cena...”

 

Tiemblen butacas, candilejas, bastidores. Suban el telón, enciendan los focos y apaguen sus teléfonos móviles porque una nueva temporada de teatro acababa de comenzar y parecía que los documentos críticos de nuestro idolatrado Juan sin Credo no pararían de sucederse. Así ocurrió. Vuelta a la llamada incesante de un tono que suena y resuena. Anuncios desesperados en prensa, tanto escrita como oral. Vallas publicitarias, fijas y ambulantes, piden a gritos la solución inmediata del enigma.

 

(Vista del Hotel Palace)

Clientes del restaurante del Hotel Palace observaban, en la tan prestigiosa sopa de letras perteneciente a la Carta de su Gran Menú Especial, un mensaje que se repetía una y otra vez por mucho que mareasen el caldo con su cuchara para desordenarlo. Las letras volvían a su sitio formando una cadena fónica que, a buen seguro, algo trataba de comunicar. Como no podía ser de otra manera hasta allí fuimos para ponernos en contacto con el Chef que se mesaba los cabellos -apretados en la malla higiénica según normativa- ante la inminente perdida de reputación. No soportaba que la receta de una sopa salida de su imaginación se tropezase en una constante información que trastocaba su prurito de originalidad.

(Sopa de letras con mensaje)

Tal extraño caso nos hizo plantear unas pruebas selectivas muy competitivas de aspirantes expertos en la sopa boba. Muchos de ellos ni se presentaron. Otros tenían un currículum inmejorable. Al final optamos por un cuarentón que aún vivía con sus padres, no había frito ningún huevo en su vida y tenía cara de sopón. Con las primeras cucharadas se resolvió, prácticamente, el problema. No cabía ninguna duda acerca de la autoría de nuestro ingobernable Juan sin Credo. Doce cazuelas a rebosar de sopa bastaron para que descubriéramos un documento crítico sobre la obra La cena de los generales, de José Luis Alonso de Santos. Dirigida por Miguel Narros e interpretada en sus papeles principales por Sancho Gracia, Juanjo Cucalón y Ana Goya, el 23 de septiembre de 2009 en el Teatro Español. A continuación mostramos su cuestionada doctrina sin apenas eliminar ni una sola coma de su discurso.

(Unos huevos fritos mal hechos)

La vida continúa después del verano. En un principio parece imposible, algo que parece que nunca fuera a llegar. Siempre ese inicio de curso nos toma por sorpresa pero mirándolo bien comenzaba otra temporada, una nueva agitación en los patios de butacas, una buena ocasión para volver a abrazar a los amigos. Más de tres meses llevaba sin ver al lúcido Áng (d)el Mendi y casi tan de lo mismo a la florida manceba del gran Lolo (di A´)Trives. Así que sin importarnos tanto el desenlace de la obra sino el volvernos a ver, sanos y salvos, nos acercamos a la plaza de Santa Ana con la mejor y la más benévola de nuestras intenciones críticas. Esa actitud positiva hacia la amistad fue realmente la tabla de salvación de una “entretenida” comedia dirigida a un público mayor de edad.

(Juanjo Cucalón y Sancho Gracia en la primera escena)

Cruzábamos el pasillo hacia nuestras localidades con el telón abierto mostrando un escenario realista, fiel representación de una enorme cocina con tres fogones, sus extractores y múltiples utensilios de cocina. Colgado del techo un emblema falangista del yugo y las flechas que no da pie a ninguna posible interpretación, a ningún espacio simbólico para el vuelo de la imaginación del espectador. Alonso de Santos crea una amable visión de las dos Españas en clave de humor que está limpiamente llevada a la escena por Miguel Narros para hacer las delicias de unos pensionistas que esperan una diversión garantizada de la mano del mítico Sancho Gracia.

(Emblema de los vencedores sobre su propia miseria)

La puesta en escena se encuentra perfectamente organizada y se ofrece al espectador de una manera bastante lineal. Todo es muy sencillo, nada de complicaciones; hasta se emplean los paneles electrónicos que marcan el número y título de cada una de las escenas. Entre éstas se escuchan pasodobles, coplas, boleros y zarzuelas que hacen musitar el recuerdo juvenil de nuestras tan alegres compañeras de butaca.

Sancho Gracia, que realiza el papel del Sr. Genaro, maitre del Hotel Palace, deambula en susurros por el escenario dentro de un personaje que ni él mismo se cree. Su vuelta a los escenarios, después de su grave dolencia pulmonar, bien parece que será efímera, sobre todo al verle esputar cuando el resto de los actores estaba saludando. Atrás quedan sus memorables años como Curro Jiménez que le hicieron granjearse el prestigio de ser uno de los actores con mayor empaque dentro del panorama nacional.

(Sancho, Juanjo y Ana)

Sin embargo Juanjo Cucalón es el alma mater de la obra. Su papel como teniente Santiago Medina mantiene vivo el interés escénico y provoca la carcajada que hace viable la tan ligera dramaturgia. Suyos son los mejores momentos en los que el espectador disfruta de su hilarante y surrealista retórica castrense de agradar la cena de los generales.Por otro lado, aparece Ana Goya que no le va a la zaga, en cuanto a presencia dramática se refiere, a Juanjo. Su personaje de Chef suplente, organizadora y responsable de todo el equipo de cocineros y partener de Sancho Gracia, lo ejecuta con gran profesionalidad y ejerce un buen dominio de los diferentes registros, tanto de la voz como de la expresión corporal.

El resto del elenco sufre varios altibajos. De los cocineros destacan Emilio Gómez, en el papel de Tomás, por sus discursos de francachela con el vigilante Mustafá, Adolfo Grandy. También se merece una mención especial el personaje de Nando, representado por Víctor Manuel Dogar, al interpretar varias zarzuelas con un emocionado torrente de voz. Los demás se salvan, exceptuando la pareja que contrae el matrimonio. Nunca se sabe si el culpable de todo esto es el dramaturgo, el actor o el propio espectador. En una obra en la que todo se toma a rechifla, un personaje melodramático tiene que ser exageradamente bueno para que su actuación no quede desacreditada. Pues bien, esta situación no ocurre con Candela Arroyo. Su patetismo es francamente horrísono en una pose demasiado forzada, aunque en el saluda intente arreglarlo dándole una palmadita en la espalda a Sancho Gracia.

(Cocineros bailando)

En definitiva ninguna reflexión, ningún análisis de la realidad sino un rato agradable que nos hace pensar en que a los gestores culturales de Teatro Español, sólo les importa el éxito de taquilla en este comienzo de temporada, de la que esperamos que enmienden la plana pues un teatro público debe de preocuparse de ofrecer obras de más profundo calado que esta fútil frugalidad que termina siendo La cena de los generales

Dicen que Juan sin Credo y los suyos salieron a las Huertas en busca de otra cena más digestiva. Dicen que Juan sin Credo dijo que tanto realismo en el escenario chocaba con una simulada manipulación de los alimentos para la cena. Dicen que Áng (d)el Mendi dijo que no había verosimilitud en tanta blancura inicial y final de esos delantales tan blancos. Dicen que Lolo (di A´)Trives dijo que un espectador medio inglés ve en su vida al menos cinco puestas en escena de una obra de Shakespeare, Juan sin Credo le comentó que si un español sólo ve cinco veces una obra de Alonso de Santos o sus contemporáneos así nos van las cosas. Dicen que Itxi Estuñiga de Pasaron, la florida manceba del (di A´) Trives, dijo que el tiempo huye y que si por lo menos el español ve el teatro que ve ya va viendo algo.

(El tiempo que huye y se derrama)

 

 

El lazo cósmico de Pandur está sin cobertura

El lazo cósmico de Pandur está sin cobertura

 

Francamente, para que negarlo: ¡¡ Estábamos de enhorabuena !! Después del filón descubierto en el monasterio de Simat de la Valledigna -aún a sabiendas de que aquellos cartapacios encontrados contenían documentos pertenecientes a un género menor- no habíamos vuelto a recibir ningún encargo para confirmar la autenticidad de restos textuales atribuidos a nuestro idolatrado Juan sin Credo

Al final la esperada llamada llegó. Después de un estío lleno de hastío sin teatro a pedir de boca , el retorno se hizo -si se nos permiten la taurina expresión- por la puerta grande. Desde Mérida, Marco Vespasiano Agripa hablaba emocionado, tras el otro lado de la línea, por lo que parecía un magnífico descubrimiento realizado gracias al trabajo de los pertinaces arqueólogos José Ramón Mélida y Maximiliano Macías.

(Teatro romano de Mérida)

En una actividad frenética de múltiples excavaciones sin precedentes en el lugar denominado por los lugareños las Sietes Sillas, en donde, supuestamente, estaba situada la Cavea media del Teatro Romano, cerca de lo que hoy en día podemos denominar banco de prensa, se extrajo una extraña inscripción que llamó de inmediato la atención de estos dos graves eruditos. No pudiendo averiguar su ignoto significado, se pusieron en contacto con su mentor, que a su vez recurrió a nuestro sofisticado equipo de detección para desentrañar esa ilegible escritura que, como no, resultaba ser de nuestro descarado e irreverente Juan sin Credo.

La labor de investigación puso sobre la mesa un texto crítico sobre Medea, bajo la dirección de Tomaz Pandur y con Blanca Portillo, en el papel estelar, fechado a 27 de agosto del 2009, como representación exclusiva del 55 Festival de Mérida. A partir de este momento, siendo nuestra principal obligación científica el mostrar tan feliz hallazgo, cedemos el espacio a las iconoclastas palabras del denostado Juan sin Credo para regocijo y pábulo de nuestros únicos y fieles lectores.

(Tomaz Pandur)

En verdad me digo que no sé cómo empezar. En verdad la visita a Mérida me supuso una sobredosis emocional, desde el punto de vista dramático, difícil de superar. En verdad me digo que todas las expectativas alimentadas durante tanto tiempo fueron, satisfactoriamente, superadas.

Al principio fue la respuesta a un capricho de mi querida amiga Zeniala Volvoreta, prendada tras asistir al -tan injuriado por la crítica madrileña y en especial por Santiago Martín Bermúdez en el número 327 de la revista Primer Acto- Hamlet de Pandur. Ilusión que fue creciendo hasta convertirse en realidad después de colocar al dulce retoño durante al menos treinta horas y tras casi mil kilómetros en las espaldas de chapa de nuestro sufrido monovolumen.

(Zeniala Volvoreta)

Hasta allí llegamos, al reclamo de la llamada de los Balcanes, entre unas piedras con más de 2000 años de antigüedad. Puede afirmarse que Mérida es una ciudad irregular, al menos en su casco antiguo, donde la arquitectura de las viviendas tradicionales está jalonada con bloques de viviendas, totalmente funcionales, que le otorgan un triste aspecto de desencanto.

Fue el gran Javinchi Light, técnico de iluminación de la obra, paisano de nuestra aguerrida narradora oral, el que ejerció de fantástico cicerone y nos permitió ascender en la categoría de espectadores hasta el rango de ayudantes del equipo técnico, con localidad reservada en el banco de prensa; en el que, por cierto, se encontraba también Daniel Albadalejo, tras un merecido descanso después del largo peregrinar de La estrella de Sevilla por los veraniegos corrales hispánicos.

(Albadalejo como Sancho IV)

Estuvimos merodeando por las ruinas, tras la estampida de los turistas, en el sofoco de la tarde agonizante, cuando Blanca Portillo calentaba la voz ante la inminente elevación del lazo cósmico mediante un dirigible negro más los dos globos que le servían para obtener el equilibrio. Una hora antes del comienzo de la función ya estábamos ocupando nuestras localidades bajo una cálida luz de las estrellas que permitían un respiro y tregua sobre el calor apretado entre las piedras.

(Momento previo de la ascención del lazo. Imagen gentileza de Paco el muerto)

Diez minutos antes de las 23:00 -cuando los espectadores estaban abarrotando el Teatro Romano en un día de diario cualquiera- vimos pasar a un extraño personaje que se colaba entre el público, deambulando con una vieja maleta. El musical bucle sempiterno machacaba un ritmo intensificado bajo una lluvia de flashes fotográficos, camino de un escenario repleto de fardos de paja, que formaban, a su vez, un laberinto en una de las partes de la Orchestra, de cuyo centro se elevaba ese enorme lazo negro, vía de comunicación, según nos explicó Davinchi Light, con los Dioses del Olimpo.

(Un personaje desterrado. Imagen gentileza de Paco el muerto)

Tras su estreno en el año 431 a. C., varios han sido los autores que a lo largo de los siglos han recreado el mito de Medea. Así nos encontramos a Séneca, Cornielle, Anouilh, Bergamín, Sastre y el propio Pandur, con una dramaturgia de Darko Lukic y Livija Pandur. Tal como dice Vicente Cristóbal -en su artículo Mitología clásica en la literatura española de la edad media y del renacimiento, en el número 6 de los Cuadernos de la literatura griega y latina- el mito surge de una constante reinterpretación y actualización con el fin de hacerse inteligible a la nueva civilización en la que se instala. De esta manera, nos encontramos ante una visión de Medea, por parte de Pandur, como paradigma del refugiado contemporáneo, apátrida y desarraigado, con unas atroces secuelas de su oscuro pasado que le persiguen como una zahiriente y alargada sombra.

Así se nos presenta esta primera escena, con Medea en el centro del escenario asediada por unos inquisidores reporteros sacados de la delatora escuela de Joseph McCarthy, instalados en cada una de las siete escaleras, abrumando con sus preguntas condenatorias a la protagonista que estalla en un quejido de angustia.

(Josep McCarty, el "brujo rojo")

Tras este barullo se rompe en el escenario una pared de fardos donde está escondido el centauro Quirón, uno de los mejores aciertos de Pandur, que no aparece como personaje ni en Euripides ni en Séneca, pero que según la tradición fue el maestro de Jasón. Quirón será la profunda voz de la conciencia, el análisis certero de los hechos. Asier Etxeandía pasa con nota el examen del Teatro Romano de Mérida, mostrando un envidiable estado de forma y manifestando una fiel recreación de los rasgos equinos, fruto de un duro y esforzado entrenamiento. Decir en favor de nuestro gran Davinchi Light la habilidad y destreza al marcarle los pasos de trote con un juego rápido de los focos que causan el deleite y el asombro de los más interesados espectadores.

(Coche de época del rey Egeo. Imagen gentileza de Paco el muerto)

Los barridos del escenario son impresionantes, con los perros de presa de los hombres de Creonte, con los segadores, las acordeonistas, la procesión del cortejo nupcial de Creúsa, las niñeras con los cochecitos de paseo, modelo Vittoria Peonia, los ancestrales antruejos que nos traen un aroma añejo de una cultura milenaria común mediterránea, o el Peugeot 404 con la roulotte, también de época, del mítico rey de Atenas Egeo. De este modo es como Pandur enamora, como avezado discípulo que bebe, insaciable, en las fuentes de inspiración del gran escenógrafo checo Josef Svoboda. El espectáculo inflama la retina en una fiesta ágil de fértiles movimientos, proyectados bajo una minuciosa y exacta coreografía.

Pero teatro, en el sentido castizo del término, poco, bien poco. Los diálogos entre los actores se pierden en el precipicio de una verosimilitud nada creíble. El personaje de Jasón es el peor parado, pues se amilana ante el torrente exponencial de fuerza bruta escénica que plasma Blanca Portillo. En la escena doméstica, desarrollada entre el laberinto de fardos, se bordea una interpretación patética; con la canción de Perfidia de fondo, Medea lava la ropa interior y bate huevos mientras Jasón, representado por Alberto Jiménez, se acicala para cometer el público y “ventajoso” adulterio.

(Imagen del cortejo nupcial. Imagen gentileza de Paco el muerto)

Julieta Serrano nivela el trabajo actoral con un papel soberbio en la figura de la Nodriza, que absorbe parte de las estrofas y antiestrofas que Euripides cede al Coro. También realizan con bastante dignidad su trabajo los catorce actores restantes en sus papeles de Argonautas, o periodistas, y mujeres de la Cólquide.

Incompresible el lugar que ocupan en escena los niños haciendo de los hijos de Medea y Jasón. En cuanto a Blanca Portillo, musa y diva de Tomas Pandur, le salva su rigurosa profesionalidad, aunque cuando declama los largos monólogos, flaquea en la dicción y se difumina el sentido del texto en los mármoles más elevados del frontispicio. Además en sus disputas con Jasón le anula hasta desintegrarle, sobre todo en la escena del apoteosis con el lacrimosa de Mozart. Por no citar la nana final, completamente desafinada.

(Partitura de la lacrimosa de Mozart)

En definitiva, para mi gusto Pandur debería engrasar la maquinaría humana y así poder ofrecer un producto más acabado, donde la coreografía no fuera sólo un broche dorado, resquebrajándose sin la esencia principal de toda obra de teatro que es hacer ver a los espectadores una apariencia similar de la verdad sobre las tablas.

Dicen que Juan sin Credo y los suyos acompañaron a Davinchi Light hacia el Peristilo donde estaban sirviendo un excelente jamón serrano -exclusivo para el elenco de actores y el equipo técnico- financiados por la Junta de Extremadura y magistralmente cortado por el campeón del mundo en la materia, Nino Jiménez.

 Dicen que tras unos combinados servidos en la zona habilitada cerca del Aula Sacra, éstos ya pagados de sus propios bolsillos, hablaron y hablaron del excesivo presupuesto del Festival de Mérida.

Dicen que la florida manceba, Rivimar Espejo-Saavedra de las Conesas, dijo que menos jamón y más subvención a grupos de teatro, con una enorme calidad como la que atesora, sin ir más lejos, la compañía Vuelta de tuerca.

Dicen que abandonaron el recinto a horas intempestivas y que llegando a su destino Juan sin Credo recordó haberse olvidado unas gafas de sol, una camisa, una cazadora y este escrito rescatado tras las excavaciones realizadas cerca de lo que tiempo atrás se pudo denominar banco de prensa.

A la jaca, la jácara, jacaranda

A la jaca, la jácara, jacaranda

 

Podría parecer imposible, pero nada más cerca de la realidad que aquellos hechos acaecidos próximos en el tiempo al solsticio de verano del año del señor de 2009. Por aquel entonces, preparábamos los enseres básicos que se estiman para disfrutar unas preciadas vacaciones, cuando recibimos una incesante llamada telefónica de la Sociedad Ornitológica Española, donde se necesitaba contar con nuestro inestimable apoyo científico en la resolución de un gran enigma, que les estaba trayendo por el camino de la amargura desde hacía ya varios días.

 (Cigüeña reflexionando antes de crotorar la crítica sobre Vidriera y Monipodio)

Sucedía que una cigüeña -apostado su nido en una de las torres cercanas al claustro del Colegio del Rey de Alcalá de Henares- no paraba de crotorar desde que se había representado en ese patio una adaptación de dos de las Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes, bajo dramaturgia y dirección de Pepe Ortega, al mando de la compañía de teatro Ítaca. Preocupados por la posible inflamación que estaría sufriendo la siringue de tan locuaz ave, nos preguntaron si era posible que Juan sin Credo tuviera algo que ver en todo este misterioso asunto.

(Cartel del Festival de Alcalá 2009)

Hasta aquel lugar nos desplazamos con toda nuestra parafernalia y entramado de exactos medidores de frecuencia por ultrasonidos, infalibles en estas situaciones tan dramáticas, además de contratar, específicamente, un traductor que había venido desde París, como tantos otros bebés nacional-católicos, y que conocía a la perfección el lenguaje secreto de las cigüeñas.

(Cigüeña trayéndonos al traductor)

Así fue como apareció otro de los grandes escritos de nuestro admirado nihilista, el irrefrenable, compulsivo y monomaníaco Juan sin Credo. Como no pretendemos ceder ni una sílaba siquiera al deleite en la verbena de la doctrina critica de tan ilustre libre-pensador, transcribimos, a continuación, sus hilarantes palabras para provecho de sus posibles y únicos lectores.

Breve fue nuestro viaje y mudanza, dejando la gran urbe de lado, en busca de una buena y experimentada dramaturgia. La exquisita Luz Sonora de la Partitura parecía una puntual conocedora de los bellos rincones de la vieja ciudad, que hacían más amena y encendida su agradable sonrisa; mas luego se incorporó el prócer, a la par que discreto, Conde de Abascal, haciendo gala de su buen tino e hilvanada ironía, añadiendo, aún si cabe, una nueva dosis de sazonada sabiduría a nuestra tan alegre dialéctica. Alcalá de Henares bullía en el ardor del ocaso de su IX Festival de Artes Escénicas preñada de escenarios, comedias y finos paladeadores de la Cultura.

 (Claustro del Colegio del Rey)

Pepe Ortega (Ortegeo) y su farándula (Pepelopes), tras su precipitada marcha de la Sala Ítaca,-condenados a vagar por todas las tablas del orbe cristiano, incluso pagano si fuera menester- habían desembarcado esta vez, durante tres días, bajo las celestes estrellas y los torreones nidificados del claustro del Colegio del Rey con Vidriera y MonipodioEL PATIO DE MONIPODIO, EL PATIO DE MONIPODIO (BIS)-: una muestra bufa de las Novelas ejemplares, contemplada con anterioridad por cientos de escolares durante los dos últimos cursos académicos.

(Imagen interior de la desahuciada Sala Ítaca)

Nace esta propuesta escénica hincando sus raíces en el género milenario de la farsa, en los orígenes elementales del drama, en el primigenio disfraz de las pasiones humanas convertidas en chanza y algarada, bajo el rito proteico del desdoblamiento de la identidad. Posiblemente ésta sea la principal causa de su merecido éxito y triunfo, aparte de contar con un excelente grupo actores entre los que destaca el papel de Vidriera, realizado por María José Sárrate y el esforzado empeño de Giovanni Holguin, experto en el manejo de las transiciones dramáticas.

(Detalle de uno de los pases de mano)

La obra se articula en torno a un narrador rockero, Eduardo Zubiaur, de voz aflautada, escorado a la izquierda, con sus zapatillas blancas de velcro, vaqueros sencillos y camisa también blanca de algodón, que, de la misma manera, se encargará de pautar, en bastantes ocasiones, las intervenciones de los personajes. En un primer momento salen en carrusel, uno tras otro, los diversos actores declamando fragmentos del Prólogo de las Novelas ejemplares, voz propia de Miguel de Cervantes, para, posteriormente, irse alternando una de las novelas, seleccionadas por el director, con la otra.

(Portada de las Novelas ejemplares)

El escenario, desnudo de decoración, se viste con una tela de color pálido -que permite un atrevido juego de sombras fuera del proscenio- donde parece quedar proyectada, o tal vez pintada, la portada de la primera edición de las novelas y además cuenta con un trabajo actoral muy elaborado en algunos memorables momentos. Es digno de destacar, cuando Vidriera responde con su locura a las preguntas de los curiosos, la cantidad de registros de mímica gestual y los diferentes tonos de voz que es capaz de manejar la actriz María José Sárrate.

  (Logotipo del IX festival de teatro clásico de Alcalá de Henares)

Por otro lado, Monipodio, encarnado por el veterano Felipe Vélez, es un gurú amanerado con cualidades cercanas a los vaticinadores contemporáneos que pueblan nuestras parrillas televisivas. El peldaño elevado que tiene su personaje con respecto al resto hace que se enseñoreé en su papel, mostrando cierta arrogancia que desequilibra, en cierta medida, su actuación.

Mientras tanto, Rincón y Cortado, Javier Muñoz y Mikele Urroz, respectivamente, son dos jóvenes promesas del teatro español, como tantas otras que pululan por las Salas y compañías del orbe ibérico, donde sólo el tiempo de su duro oficio marcará su destino. No queremos olvidarnos de la encomiable labor realizada por Giovanni, de la que ya, sucintamente, hemos aludido. Su importancia radica en la funcionalidad que tienen sus múltiples personajes en el trascurso de la obra como nexo de relación entre el resto de las escenas y los demás actores.

Otro de los aciertos de la dramaturgia es el cuidado trabajo vertido en el vestuario y los complementos o utilería,  tarea encomendada a Paz Ayuso. Preciosos y elegantes son los trajes morunos que viste Monipodio, al igual que la vestimenta guerrera que luce Giovanni, cuando interpreta al capitán Valdivia. Acertada está también la caracterización de Vidriera en la silla de ruedas, con un embudo de brillante hojalata como sombrero y una lanza con su estandarte de loco. Por último, es de vital importancia las minúsculas máscaras de goma que se ensartan los personajes de Monipodio y que deforman, sutilmente, su rostro, vía de entrada al mundo de la sátira, el baile y la carcajada.

En suma, una brillante lectura que vivifica la prosa menor de Cervantes, denostada por la amplitud de su Novela de novelas de su gran loco don Alonso Quijano, y que nos permite ahondar en esa visión compleja de las relaciones mundanas entre los individuos mediante la desnudez en lo ridículo y lo grotesco que trae consigo el eterno e inmutable género de la farsa.

Dicen que los suyos y Juan sin Credo salieron contentos por haber pasado un rato divertido contemplándose en el espejo del mundo de los personajes de la comedia burlesca. Dicen que Juan sin Credo estaba conforme tras haberse desplazado en busca de la dramaturgia de Pepe Ortega, haciendo honor a las acertadas palabras que había escuchado de la boca de Maritxu, atenta espectadora de su radiante éxito Kampillo, o el corazón de las piedras, al que todavía el propio Juan sin Credo esperaba ver en escena. Dicen que una grácil cigüeña, solemne en su crotorar, se despidió de Luz Sonora de la Partitura, el Conde de Abascal y Juan sin Credo deseándoles una fructífera amistad a pesar de la posibilidad en que sus destinos y desatinos se bifurcaran para siempre.


(La cigüena crotora su despedida)

¡Vaya terna más desequilibrada!

¡Vaya terna  más desequilibrada!

 

Apurábamos la primavera en la matutina tranquilidad del paseo con prensa dominical y terrazas de jarras heladas y pinchos de ensaladilla harto sospechosos. Decidimos sentarnos en aquella franquicia de comida hindú, antes taberna castiza, al no encontrar otro lugar más acorde con nuestros tiempos de espera. Ya en la mesa, leyendo las revistas de suplemento con las variedades semanales, nos llamó la atención el brillo de un objeto tras las ruedas de uno de los vehículos estacionados con tarjeta fiscal de residente. Se trataba de un burujo rojo de nylon hecho un gurruño que parecía contener un tipo de documento textual.

Nos empezó a palpitar incesante el corazón, pues, últimamente, sucedía que detrás de cualquier descubrimiento inesperado, aparecía el pensamiento y doctrina de nuestro idolatrado Juan sin Credo. Así fue, consumados los aciertos del azar y su buen tino, como recuperamos otra de las críticas del libre-pensador cartesiano radical, perteneciente a la corriente nihilista, escuela de gran calibre intelectual en el pasado, ya que en nuestros tiempos se encuentra bien próxima a la extinción, debido al ambiente materialista de codicia que reina en nuestros ampulosos créditos y escasas cuentas de ahorro.

 (Retrato de Valle-Inclán)

En esta ocasión, se trataba de la obra la Avaricia, lujuria y muerte del gran Ramón María del Valle-Inclán, en el mismo Teatro que lleva su nombre, sobre tres de las cinco obras que componen esa farsa, cada una de ellas dirigidas por una persona distinta. La primera Ligazón por Ana Zamora, la siguiente La cabeza del Bautista por Alfredo Sanzol y la última La rosa de papel por Salva Bolta; lo más curioso de todo este galimatías textual es que tenía dos fechas marcadas: el 13 de mayo y el 3 de junio de 2009.

Para aclarar este misterio, así como descubrir el hilarante pensamiento y doctrina de nuestro bien amado Juan sin Credo, cedemos el discurso a sus palabras en una nueva verbena y fiesta nihilista de su artificio y colorido verbo.

Dice Anne Ubersfeld en su Semiótica teatral, publicado por Cátedra en 1998, que el teatro es el arte de la representación, flor de un día, jamás el mismo de ayer... Por este motivo, aún tenía pendiente en mi nómina y carrera de crítico de la Cultura el asistir en más de una ocasión a un mismo montaje, para comprobar las mutaciones, las imperfecciones o los aciertos.

La intrahistoria de la asistencia al Retablo es rica y compleja. Todo comienza el 24 de abril cuando al Padre de las Criaturas le propongo crear grupo para ver a Valle. Mi propuesta es un manifiesto fracaso porque sólo consigo algunos acólitos, entre los que destacan el tan ínclito Conde de Abascal y su florida manceba, Ana del Cancionero, Luz d´Oda a Salinas y Jimena del Mar Levante. Al mismo tiempo, mi gran amigo el libertario Lolo Di a´Trives me dijo a primeros de mayo que había reservado butacas para el miércoles 13. ¡¡Bingo!! -exclamé entusiasmado por el éxito de la corona con los laureles de la fortuna-. Al final, el miércoles 3 de junio fue la segunda ocasión en la que fui a ver a Valle, esta vez con los acólitos y con la presencia de una amiga del Maestro, compañera nuestra, Maritxu del Kampillo, que fue, en esta ocasión, quien nos facilitó las entradas.

Si señor, así son las cosas, así suceden los acontecimientos que a uno le han hecho comprender que una misma obra de teatro tuviera tan diferentes puntos de vista. Los actores podrán desempeñar lo más fielmente posible ese papel que les toca en suerte, pero un gesto distinto, una entrada a destiempo les delata, les hace engrandecer aún más ese organismo vivo que es el directo de una puesta en escena.

Por lo demás, el espectador es el más mutable de todos los componentes que intervienen en una obra de teatro; suelen ser distintos, tienen otros pareceres, otros gustos y estados anímicos diferentes, y si este espectador repite función -como fue mi caso en dos ocasiones- no tiene nada que ver la primera vez, en la que todo resulta inesperado al no conocer lo que va a suceder, con la segunda, donde ya no actúa como impulso del conocimiento el efecto sorpresa; además la visión del escenario se produce en otra butaca, con otro escorzo distinto.

Dados ya demasiados prolegómenos, iniciemos de una vez por todas su debido análisis dramático. Tres son los directores que toman la alternativa en el Teatro Valle-Inclán con Retablo de la Avaricia, lujuria y muerte. La primera que sale al ruedo es Ana Zamora, artesana miniaturista especializada en el pase poético de la sensibilidad en las escenas, conseguidas mediante gasas, chapoteos de agua y juegos de luces y sombras que nos hacen respirar aromas cercanos al aldeanismo universal de Divinas Palabras. En Ligazón se recuperan para la expresión teatral las ricas acotaciones expresionistas de Valle de la mejor manera posible: en boca del personaje que sale. Elena Rayos, La Mozuela, enciende su actuación en una grave madurez con la negación de entregar su cuerpo por unos miserables aljofares; los demás actores sirven de contrapunto para mostrar su libertad e independencia. Cabe destacar el artilugio del afilador que dará una iluminada creatividad para el desenlace final de la farsa.

(La Mozuela con el Afilador y el artilugio)

La cabeza del Bautista, bajo la dirección de Alfredo Sanzol, comienza con una coreografía casposa ambientada en el desarrollismo patriótico español de finales de los sesenta. Muy divertida, muy graciosa pero inútil para la estructura cognitiva de la obra, al igual que las otras canciones que se escuchan. Destaca la gran cortina de macarrones con más de quince tonalidades en atrevidos colores chillones. El papel de Don Igi, el Indiano, interpretado por Juan Codina es brutal. Es un garabato de alfeñique que deambula por el escenario en un jirón trágico del esperpento más puro. También es reseñable el personaje de la Pepona, realizado por la actriz Lucia Quintana, sobre todo en la última escena, repleta de patetismo, que implora la pérdida del Jándalo, Juan Antonio Lumbreras, por ellos mismos asesinado.

  (La Pepona y los Casposos)

Para finalizar la faena está La rosa de papel, llevada a cabo por Salva Bolta, que en un principio parece que promete mucho pero que se termina por difuminar en una absurda espiral grotesca de mal gusto. Zafia, chocarrera, blasfema, alejada de los ideales estéticos e ideológicos de Valle, pueden confundir al espectador más profano en la materia por esa distorsión tan vulgar a la que se ve sometida de la mano de la dramaturgia de su director. El toque de puterío en las peinetas de viudas alegres como ewoks pintados a lo Gene Simmons y los penes gigantes de los huerfanitos destruyen el buen comienzo que realizan el protagonista Marcial Álvarez -el famoso Pope de la veterana serie Comisarios- enseñándonos el culo, y La Encamada, Nerea Moreno, -¡¡ Mama Floriana, Mama Floriana, Mama Floriana !!-, que terminará semejando el icono de una virgen furcia necrofilada por el enorme falo del personaje principal de Simeón Julepe.

(Simeon Julepe en el velatorio ante Mama Floriana)

Por lo tanto, una propuesta escénica descendente, que va de más a menos, finalizando con una decadente dramatización, por parte de Salva Bolta, que deja un regusto agridulce del buen trabajo, sobre todo el de Ana Zamora, provocado por sus otros dos compañeros.

Dicen que Juan sin Credo el primer día que fue a ver el Retablo, terminó en una terraza del asturiano de la calle Argumosa, escuchando los goles del Barça del triplete, en una Copa del Rey de un Rey que se va de Copas y al que luego silban sin himnos ni banderas. Dicen que Juan sin Credo, en la segunda ocasión que estuvo viendo el montaje, se llevó como fetiche el burujo rojo donde Mama Floriana se guardaba los reales antes de morir. Dicen que a Juan sin Credo se le cayó, no sabe donde, dicho burujo después de escribir esta crónica antes del amanecer.

La constelación CNTC brilla con La Estrella de Sevilla

La constelación CNTC brilla con La Estrella de Sevilla

 

En aquellos días habíamos sido invitados a unas jornadas que se estaban desarrollando en el Observatorio Astronómico Nacional sobre la identidad de ciertos cuerpos celestes, especialmente refulgentes, alojados en lo más recóndito del firmamento. Llamaba, poderosamente, la atención a todos los investigadores el resplandor provocado por un objeto no identificado, que estaba trayendo de cabeza a todos los organismos dependientes de la materia versada en el estudio del Cosmos. De ahí su desesperado llamamiento a toda la comunidad científica; por si alguno de nosotros nos sentíamos capaces de arrojar, valga la paradoja, un pequeño rayo de luz sobre ese arroyo de luz desconocido.

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Cuando nos tocó el turno de mirar por el telescopio, no podíamos dar crédito, en un primer momento, de lo que estaban viendo nuestros atónitos y deslumbrados ojos. Primeramente nebuloso pero después tomando forma de manera gradual, nos encontramos ante un remoto astro que -mediante diversas emisiones de rayos ultravioletas- proyectaba un nuevo texto crítico de nuestro idolatrado Juan sin Credo. En aquella ocasión se trataba de una reflexión sobre la obra La Estrella de Sevilla, representada por la Compañía Nacional del Teatro Clásico, en el Teatro Pavón, la tarde del 22 de mayo, bajo la dirección de Eduardo Vasco.

No queriendo perder la ocasión del deleite para los posibles lectores del siempre iconoclasta Juan sin Credo, cedemos el espacio interestelar necesario donde dé comienzo la festividad nihilista con el regocijo y disfrute que ésta se merece

Aquel Madrid -a la salida de la boca de Metro de la estación de Tirso de Molina- hedía a orines secos y calenturientos, en la multitud de desechos de las tiendas al por mayor que existen en la zona. La rehabilitación especulativa de ese espacio urbano por el Faraón Gallardón no había conseguido erradicar los malos hábitos de una población adicta al crimen pasional y al chute miserable de la heroína.

A la puerta del Pavón estaba esperando, con su siempre gastado maletín, -repleto de entradas, cuadernos pedagógicos y sueños por enseñar- nuestro gran maestro Juan Antonio López Estévez, aún pendiente de recibir mi visita en este curso que ya pronto iba a finalizar.

Me sorprendió el poco pudor que se gastó la Compañía, porque en la distribución de su cuadernillo de mano apenas se hacía una escasa mención al más que probable autor de la obra, Andrés de Claramonte. Se ha procurado, al igual que los impresores de las primeras décadas del siglo XVII, con el ejemplo paradigmático del muy ladino Francisco Lucas de Ávila, atribuir el texto a Lope como reclamo comercial para éxito de la taquilla. En fin, reduccionismo cultural discutible el de la Compañía Nacional que puede soliviantarse acudiendo el interesado a la edición de Alfredo Rodríguez López-Vázquez en el número 337 de Cátedra, de la colección Letras Hispánicas.

Dejando a parte este problema referente a la didáctica de la literatura, nos centramos en el brillante espectáculo teatral que nos brindó la Compañía la tarde del 23 de mayo, del año del señor de 2009. La distinción más importante que cabe señalar en la dramaturgia de la Estrella de Sevilla es la existencia de un magnífico y elaborado trabajo del grupo actoral, que rejuvenece y rehabilita el clásico con una puesta en escena de muy buen gusto y elevado nivel.

El escenario está delimitado por veinte planchas rectangulares de un color caoba claro, que forman las tres paredes entre las que se desarrolla la acción; en el centro de la escena existe una tarima con cinco planchas y alrededor siete prismas -también rectangulares- móviles, que serán manipulados por los actores para crear diversos ambientes según lo necesite el discurso del texto teatral. Además los actores siempre están en escena, sólo la abandonan los que mueren, creando espacios, formas, presencias que dominan y determinan la creación de una espesura dramática muy sugerente y significativa.

Aparte de este excelente trabajo colectivo, existen momentos en la obra donde destaca la actuación individual de algunos de los actores principales. Por ejemplo es digno de mención el binomio compuesto por el rey don Sancho, interpretado por Daniel Albaladejo, y don Arias, cuyo papel desempeña Francisco Rojas; el primero sin más atributo que su presteza y elegancia, el segundo por su enérgico torrente de voz que ensancha los designios humanos de la tragedia (aún está fresca en nuestra memoria su actuación como rey Melchior, declamando vernácula, -bajo la batuta de Ana Zamora que actualmente dirige Ligazón de Valle- en el Auto de los Reyes Magos, durante el pasado mes de diciembre en la Sala Abadía)

Otra pareja que también cobra protagonismo, en el último tramo de la obra, es la de Sancho Ortiz de las Roelas, Jaime Soler, acompañado del bobo Clorindo, personaje realizado por Paco Vila, sobre todo en la parte donde el Cid de Andalucía pierde momentáneamente el juicio y cree descender a los infiernos, cual un Dante sevillano. Por último, en esta puesta en escena tan masculina -pues de los quince actores sólo dos son mujeres y una de ellas no está más de media función entre las tablas- es admirable aquella en la que Estrella Tavera, brillantemente representada por Muriel Sánchez, vestida de novia, se entera del asesinato de su hermano a manos de su prometido Sancho Ortiz, culminación de la tragedia, arquetipo de la desolación.

En definitiva, una meritoria dramaturgia la de Eduardo Vasco con este clásico de nuestro Siglo de Oro, donde también es reseñable el vestuario de etiqueta de los personajes y los fragmentos musicales que avivan la intriga de la obra, pertenecientes al grupo experimental alemán de los primeros setenta C.A.N. (Comunistas. Anarquistas. Nihilistas); además, de la misma manera, es importante para el éxito de la representación la cadencia de un verso limpio, suave y la difícil apuesta por una versión bastante fiel, exceptuando algunos pequeños ajustes de personajes y situaciones.

Dicen que Juan sin Credo salió satisfecho esta vez del Pavón, a diferencia de la anterior cuando había asistido a la representación de la Comedia Nueva y el Café, dirigida por Ernesto Caballero. Dicen que Juan sin Credo se despidió, afectuoso, de su maestro Juan Antonio con la esperanza de verse pronto. -Si ya no fuera en este curso será entonces para el que viene- dicen que dijo con un tono metafísico...sencillo y optimista...sentimental. Dicen que Juan sin Credo fue a visitar, en la cercana vecindad del Avapiés, a su amigo Lolo Di-a ´ Trives, junto con su florida manceba, y que se mojaron mucho, incluso con agua, tanto... que hasta las calles se limpiaron frescas de ese olor reseco a orines y desechos malditos de la miseria.

¡¡ Qué lío de hilos !!

¡¡ Qué lío de hilos !!

 

Siempre alerta, siempre atentos, siempre bajo aviso. Curioseando entre papeles y maletas. Husmeando por aquí y por allá. Ojeando detrás de las estanterías y encima de los armarios. Azuzando a los sabuesos desde los zaguanes en el rito inicial de nuestra búsqueda. Así van saliendo, uno a uno, todos los documentos críticos del inolvidable Juan sin Credo. Pensador filonihilista entroncado -gracias a unos estudios reveladores que saldrán, próximamente, a la luz- con la escuela quietista del heresiarca Miguel de Molinos.

Esta vez el azar jugó de nuevo un papel relevante para que el descubrimiento nos llenara de gozo. Despachábamos nuestros asuntos en el lugar ameno, al pie de la colina, donde solemos poner en orden toda la documentación que pensamos puede pertenecer a nuestro idolatrado libre-pensador, cuando, sorprendentemente, vimos rodando cuesta abajo cinco ruedas de un carruaje de títeres anglosajón, germano-normando o eslavo-postsoviético. En la quinta rueda, -the fifth wheel, propiamente dicha- que se desvencijó al romperse sobre los muros que nos encierran, apareció, no sin causar entre nosotros el mayor estupor posible, este festivo escrito que a continuación vamos a reproducir para deleite de todos nuestros lectores ávidos de la colorida fiesta nihilista de nuestro olvidado y abandonado Juan sin Credo.

Señoras y señores el gran espectáculo de títeres comenzó tras media hora sentados a una espléndida solanera, piedra sobre piedra -fragor de inquietud- niños sobre adultos, Plaza de san Martín abarrotada.

El Gran Políglota es el conductor de esta fantástica tropa de muñecos -en cuatro manos prodigiosas, cercanas a la prestidigitación- que nos harán morder un bocado de la felicidad durante un mediodía del mes de mayo del año del señor de 2009, en la eterna ciudad de Segovia. Uno tras otro van apareciendo los números musicales, bien anclados en la tradición, bien en la absoluta modernidad, que irán amenizando el sufrir de nuestras maltratadas posaderas en tanto tiempo contrahechas.

La coordinación de la pareja es asombrosa, su movimientos crean una sensación de vida en esos trozos de trapo que maravillan al público. La complicidad entre ellos aumenta el grado de satisfacción: un pequeño gesto... una ligera sonrisa provoca un resultado provechoso que relanza el nivel del espectáculo. Minúsculos matices de caracterización, tal vez un gorro o una peluca, son las únicos complementos que emplean esta pareja enlutada para completar el acompañamiento, en un segundo plano, de sus elaborados muñecos.

Destaca el número de la bailadora de la danza de vientre, que sale desde dentro de un recipiente cúbico, despertando la libido del muñeco turco, a la vez que el público más adulto se arranca en unas estrepitosas carcajadas. También existen las actuaciones dedicadas a los niños, algo más simbólicas y sugerentes, como el de la mariposa y el camello. Los esqueletos rockanroleros proyectan una elevada potencia escénica. Del mismo modo, el pase de los jinetes mexicanos presenta tres muñecos sobre las tablas, cantidad que se verá multiplicada por la apoteosis final del carromato gitano. Por último, el Gran Políglota, batuta directora de esta alegre y divertida función, se descubre después de un excepcional baile sin hilos con la música del sin igual Michael Jackson.

Dicen que Juan sin Credo batió estruendosas palmas y gritó clamores y vítores en ruidosa algarabía. Dicen que los suyos y Juan sin Credo marcharon a lo populoso de la calles con titirimundi, hablando sobre las posibles mejoras de la actuación. Juan sin Credo dijo que si distorsionaba la música. Lolo di Atrives dijo que si la pareja participaba activamente, restando protagonismo a los muñecos. Ángel del Mendi dijo que si lo artesanal primara sobre lo virtual de nuestros tiempos, el ser humano no estaría tan insatisfecho.

Volando volvió, tortilla comió y el quinto metarcapio se rompió

Volando volvió, tortilla comió y el quinto metarcapio se rompió

 

Harto sorprendidos nos quedamos al encontrar este documento en la escayola que utilizó la gran Zeniala Volvoreta, fantástica narradora oral en un mundo cada vez más sordo, cuando se rompió el quinto metacarpio del pie izquierdo al intentar dar un mordisco a un pincho de tortilla volador. Dicho texto contiene datos reveladores sobre la existencia de Juan sin Credo, además de mostrar un singular conocimiento sobre ciertas operas que se practicaban en los inicios de siglo XXI, tomando como escusa obras consagradas de la tradición como el Hamlet de Shakespeare.

Siendo la principal característica su enorme curiosidad, volcamos las palabras de Zeniala como un pasatiempo nihilista para deleite de aquellos lectores que quieran ganar su tiempo en estas fruslerías críticas, escritas en una convalecencia que permiten la divagación en el análisis.

 Algo está podrido en Dinamarca.


Llegamos con el agua al cuello a un espacio lleno de agua, sofocados tomamos asiento, y no conseguimos recuperar el aliento, hasta tres horas y media despues, unos antes que otros, despues del cabaret Juansincredo ya no estaba, quise verlo escondido en el Ser o no Ser, creo que se escapó de Dinamarca.
 
No hay nada gratuito en esta versión. Ningún movimiento se deja al azar, nada en la escenografía se queda muerto, todo está medido, cada gesto, cada silla...
 
Blanca Portillo es una mujer, Blanca Portillo es Hamlet, Blanca Portillo es la única mujer que podría ser Hamlet sin desprestigiarlo. Su interpretación es sublime, tanto por su forma física, que es capaz de colocarse como Cristo invertido o participar en un duelo de esgrima, como por su calidad vocal e interpretativa, ¿lloras todas las noches, Blanca? o ¿son lágrimas dedicadas?...

Hugo Silva, es guapo, Hugo Silva es mediático, Hugo Silva no es carne de niñatos. En el papel de tío-padrastro este actor soprende por una interpretación limpia, que para nada asociamos a lo que nos tiene acostumbrados, sus amplios registros vocales, los matices de tirano que imprime a su personaje, la forma en que se acompasa con los cuatro amigos (o no) de Hamlet, consiguen demostrarnos que este chico ha realizado un trabajo brillante con su personaje. Su mérito reside en no quedarse anclado.

El padre de Ofelia y los demás, Morón es un actor secundario de primera en el cine español, es fácil que te suene su cara o su voz, actúa en películas como El bola, Smooking Room o en una más reciente, Distancia. Como buen actor de la vieja escuela, es carne de teatro, como un buen café solo, su papel es corto, pero intenso.
 No opino lo mismo de la joven actriz Susi Sánchez, que interpreta el papelón de Ofelia, que a mi parecer queda eclipsado por su alegría (Ofelia es todo menos alegre) de aparecer en escena... Destacar la actuación de los cuatro amigos (o no) de Hamlet, por su expresión corporal y vocal perfectamente orquestada, parecen una sola persona con cuatro cuerpos... y por supuesto la interpretación muda del mimo que dice más que si dijera, y de Asier Etxebarría en el papel de padre asesinado... la madre, pasable, el hermano cojo no siempre cojea, y de los demás están en un lugar de mi memoria que ni logro acordarme...


Tomaz Pandur, este joven director es un punto de referencia por esta novedosa interpretación escénica de un clásico, no sé cuántos años lleva Hamlet rondando en su cabeza, pero desde luego ha sabido parirlo sin aristas. Su concepción de la escena y de lo que debe ser una actor en un escenario hacen de él, a mi modo de ver, un pequeño prodigio de grandeza por su originalidad, demostrándonos que todavía no está todo inventado... prepara una nueva versión de Medea, deseándo estoy verla... enhorabuena!
 
No puedo terminar mi comentario sin hacer una mención especial a los técnicos de iluminación que considero han hecho un trabajo espectacular, consiguiendo que una olvide que está en el teatro para -con sus juegos de luces y sombras- llevarnos en brazos hasta Dinamarca.
 
P.D. si alguien sabe algo de Juan sin Credo, por favor, hágamelo saber.
 

Dicen que Juan sin Credo salio volando hacia la llegada de un vuelo procedente de las Islas. Dicen que Zeniala Volvoreta se quedó disfrutando en el teatro, con el compromiso de escribir una crónica. Dicen que la última noticia que recibió Juan sin Credo de Zeniala había sido para hablar de su escayola en el quinto metacarpio del pie izquierdo.