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Juan sin Credo

Casi otra novela de la guerra civil

Casi otra novela de la guerra civil

 

Le conocía por las referencias literarias del momento; tal vez por algún premio importante que hubiera recibido por aquel entonces, pero el caso es que nunca antes me había parado a leer al poeta Ángel González, fallecido en enero de 2008. Fue durante un verano del Escorial, cuando acudimos a la clausura sobre un curso que versaba sobre la generación del 50, en el que estaban presentes Caballero Bonald, Antonio Gamoneda, del que hablaré próximamente, y nuestro citado Ángel González.

El curso lo estaba realizando mi querido Lolo di a´Trives, que necesitaba dos miserables créditos  para licenciarse en Teoría de la Literatura y Literatura comparada. A esa última sesión del mismo, le acompañamos el lúcido Áng(-)el Mendi y vuestro discreto servidor Juan sin Credo. Fue este último el que me recomendó, encarecidamente, la lectura de Ángel González. De vuelta a Madrid lo primero que hice fue hacerme con un ejemplar de una de sus múltiples antologías poéticas,  para esta ocasión la publicada por la editorial Cátedra.

(Dios con el amo)

Varias son las razones que me llamaron la atención en la forma de hacer poesía de este autor. La principal es por ese aire de rechifla que desprenden algunos de sus poemas; me acuerdo, en concreto, de uno que habla de las cucarachas que pululan por su piso de Madrid cuando él llega al amanecer bien cargado de los licores alcohólicos (Dato biográfico). O ese otro que trata sobre el Porvenir que nunca viene, por no olvidarnos del titulado Ayer, que refiere la monotonía existente en un tiempo que, a veces, no sucede. También me cautivó su aspecto de abuelete bonachón y encallecido; rasgo, este último, propiciado, posiblemente, por una vida repleta de enormes vicisitudes.

Poco a poco fui adentrándome en el conocimiento literario de la obra de Ángel González; esta vez bajo la obra Palabra sobre palabra pero, también, con una antología para jóvenes, muy propia para los iniciados en su poesía, en la editorial Alfaguara. De esta manera, un sano interés se me despertó al leer en el Babelia una reseña sobre la publicación de su biografía novelada, escrita por el poeta Luis García Montero.

 (Foto de Dios)

Este autor es sobre todo conocido, últimamente, por la encendida polémica que ha mantenido con su compañero de Departamento en la Universidad de Granada José Antonio Fortes, al que tacha de perturbado en su columna periódica del diario El País (14-10-2006-suplemento de Andalucía) con motivo de la vinculación o no de Lorca con los presupuestos ideológicos del fascismo (Para una información más detallada sobre este asunto consultar la página http://www.rebelion.org/noticia.php?id=75355...)

Tampoco quisiera parecer aquí como un abogado del diablo pero es innegable que Lorca era un señorito andaluz como la copa de un pino. Del mismo modo, mi humilde parecer me dicta que las obras literarias no se deben por qué leer siempre desde el prisma marxista de la lucha de clases, pues también es lícito prestigiar su valor estético sobre cualquier contenido ideológico, por muy revolucionario que éste sea.

 (Lorca de proleta, ja, ja, ja )                                                                                                                                                                          

               (Los malos)                                

En fin, polémicas aparte me enfrasqué vorazmente en la lectura de la obra Mañana no será lo que dios quiera. Predomina en este texto una voz íntima y elegíaca que comprende la primera etapa de la vida de Ángel González, en su natal Oviedo, desde la antigua calle Fuertes Acevedo, rebautizada, posteriormente, como avenida de Galicia, exceptuando el año que pasa con su hermana, rehabilitada ya en su puesto de maestra, después del episodio de su depuración en un pueblo de León -Páramo del Sil-, sanándose de la tuberculosis contraída bajo la menguada subsistencia de una posguerra cruda en el bando de los vencidos. Año de cura y reposo que también le servirá para descubrir los versos melancólicos de la Segunda Antolojía poética de Juan Ramón Jiménez y el lenguaje sencillo, casi coloquial, del libro Campos de Castilla de Antonio Machado.

Cronológicamente van desgranándose los sucesos, incluso los previos a la existencia de Ángel González -como son aquellos relacionados con el devenir de su padre y su abuelo-, de la vida de su familia: su madre, doña María, que le tenía un miedo atroz a las guerras, su hermana Maruja, de la que ya hemos hablado, sus hermanos Manolo y Pedro, víctima y verdugo, y, por último, la ayudante, a la que también podemos incluirla dentro del núcleo familiar, Soledad, buena cumplidora de los caprichos del pequeño Ángel.

Familia, por cierto, muy relacionada con las instituciones pedagógicas más avanzadas del momento, e ideológicamente cercana a la izquierda burguesa, que se adhiere con entusiasmo y sin ningún tipo de tapujos a la proclamación de la II República. Además, Pedro, participará en los sucesos revolucionarios de 1934, pasando a formar parte de las milicias republicanas en los primeros momentos de la contienda y que, finalmente, podrá salvar su vida partiendo al exilio.

                                                            (....subirían al claustro gritando: ¡ LIbertad, libertad, libertad !

Como no podía ser de otra manera, la irreprochable familia de Ángel sufrirá el escarnio de la derrota por su ideas contrarias a las de los golpistas de la Reacción, con lo que la biografía novelada se convierte, durante un tramo, en otra obra más sobre la guerra civil en la que se muestran las penalidades de una élite intelectual y burguesa que padece la miseria de la delación, el crimen y el ostracismo.

Al final de la obra, se muestran las relaciones de amistad con los hermanos Taibo, Manuel Lombardero y Benigno Canal, sus lecturas conjuntas de la obra de Alejandro Casona o los poemas vanguardistas de Gerardo Diego. También se narran los primeros escarceos poéticos y literarios de Ángel González, cuando, por ejemplo, ocupa la columna de la crítica musical en La Voz de Asturias, así como su establecimiento en la capital, allá por los primeros años de la década de los cincuenta de un Madrid desvencijado y gris.

La lectura se hace muy grata, aunque es bastante notorio el fuerte olor a panegírico. Por las hojas van desfilando las ausencias y las presencias en ese primer tramo de la vida de Ángel González, con un tono de confidencia lírico, muy cercano a lo sensible, repleto de simpáticas anécdotas y salpicado de poemas propios del biografiado, al hilo de algún acontecimiento que lo vincula.

Luis García Montero podrá creerse un ser superior al resto de los mortales y las cotas de endiosamiento por él alcanzadas superen con creces las marcas de la media, pero no le falta talento para convertir las innumerables charlas que mantuvo con Ángel Gónzalez en un texto ameno y de gran calidad literaria. En definitiva, una obra cuyo fin es ser depositaria y tener cautivada, pues, la Memoria de la Dignidad, que junto al resto de otras voces poéticas mediáticas se encargan de mantener viva la llama de la izquierda progresista, heredera del espíritu ideológico de otro tan señorito andaluz como fue Rafael Alberti.

(El Lider de la Tribu)

Dicen que era un último domingo caluroso del mes de mayo en el que Juan sin Credo acudía a la cita anual en el Paseo de Carruajes del Parque del Buen Retiro de la mano de su bella cría. Dicen que Juan sin Credo dijo una y no más cuando el nivel de muchedumbre ascendió al nivel de alerta extrema. Dicen que su apuesta y florida manceba llegó al rescate justo cuando anunciaban por los altavoces que en la caseta 241 García Montero firmaba ejemplares. Nunca había sido Juan sin Credo coleccionista de estos fetiches pero como todo en la vida alguna vez tiene que ser la primera. Dicen que Juan sin Credo confirmó su idea de un Luis García Montero frío y distante con unas antiparras decimonónicas de rompetechos en su jaula de feria acartonada. De todas maneras, todas estas habladurías a Luis le importarán un bledo, pues su libro ya va por la segunda edición en tan sólo dos meses desde su salida a los estantes.

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