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Juan sin Credo

... Y CAYÓ LA TORMENTA.

... Y CAYÓ LA TORMENTA.

 

Mi almibarado en la amistad pero acíbar de las liliáceas en la disputa:

Te encontré bastante mejor del último resfriado que pescaste al naufragar con aquella barcaza en el estanque del Retiro. De todas maneras, a quién se le ocurre, precisamente ese día de tormenta, lanzarse a remar en la búsqueda infructuosa del conocimiento dramático que inspira el movimiento de la zozobra tras varias copas de whisky.

(Lluvia en la ciudad)

En fin, mi capitán Postrergénito, he encontrado numerosos datos acerca de aquella condesa psicópata sobre la que me pediste información hace varias semanas. Simplemente tecleé su nombre en Google y me aparecieron más de un millón y medio de enlaces.

Parece ser que la tal Ersébet Báthory mataba su tiempo matando doncellas y el resto de sus ratos libres quiso emplearlos dedicándose al aprendizaje del baile flamenco y olé. Arte en el que empezaban a despuntar un grupo racial de origen indio, que se había asentado dentro de los territorios húngaros por donde se esparcían las posesiones de esta rama de la nobleza magyar...

(Lluvia en la ciudad)

 

Irredenta, conspiradora, maldita. Así era toda la correspondencia inédita que lentamente íbamos desgranando, nosotros los CIENTÍFICOS FUTURISTAS, entre el doctor di´a Trives y Postrergéntio López. Todo azufre, todo ricino, por los cuatros costados apestaban a idolatras, iconoclastas y ácratas. De ahí nuestra insistencia en indagar, en recabar nuevas señales que construyeran el camino hacia las catacumbas del olvido, lugar en el cual habita el pensamiento del ingobernable Juan sin Credo.

Por aquel entonces, nosotros nos manteníamos cabizbajos a la espera de poder volver a pilotar nuestras naves intertemporales. Abierto el canal de ultrafrecuencia en la Central de Avisos recibimos un mensaje de la Casa de Vacas. Con motivo de una retrospectiva sobre la Conquista del Espacio habían ubicado en la Sala de Exposiciones un medidor de alta frecuencia. Debido a la fuerte tormenta que cayó durante varios días se produjeron una serie de interferencias entre ambos radiotransmisores. Su elevada potencia sumativa, en torno a los 5.000 Gigafaradios, provocó en todos nuestros paneles de información un desajuste que dejó parpadeante la luz de alarma.

(Lluvia en la ciudad)

Calados hasta los huesos nos personamos allí y los responsables nos advirtieron temerosos de los alaridos que se escucharon durante los viernes, sábados y domingos del mes de marzo de 2010 a partir de las 19:30 en el pequeño teatro adjunto a la sala. -¡Voces de ultratumba!- castañeaban con el aterido esmalte de sus dientes. No tardamos en dar con un medium que pasaba la tarde echando las cartas en el Paseo de Carruajes, cerca de la estatua del Ángel caído, para que nos resolviera el enigma de esas lamentaciones.

Ya empezábamos a sospechar sobre la autoría de esos extraños aullidos y después de varios conjuros se plasmó la evidencia. Un acertado sortilegio dio fin a la espectral cantinela de la pesadumbre, convirtiéndose en otro de los brillantes documentos que permanecían desaparecidos de nuestro endemoniado Juan sin Credo. En esta ocasión su texto se refería a la asistencia de la puesta en escena de la obra de Juan Manuel Romero, Báthory y la 613, el 5 de marzo del 2010 en el teatro de la Casa de Vacas. No queriendo que el espíritu de su doctrina se desvanezca tras cualquier exorcismo de alguna otra ortodoxia religiosa mostramos, a continuación, su hilarante credo para goce y regocijo de sus únicos y fieles lectores.

(Lluvia en la ciudad)

Vaya tormenta que estuvo cayendo durante toda la jornada. Los arroyuelos se formaban en cualquier bocacalle haciendo impracticable el tráfico y caminar por la ciudad, sin terminar empapado hasta los huesos, se había convertido en una proeza de difícil alcance. Los charcos en el Retiro eran pantanos y la sensación de humedad se apoderaba de todas nuestras articulaciones.

En la Casa de Vacas, reposición de Báthory, la segunda vez de la temporada en el mismo recinto. Tras semejante chaparrón sólo diez espectadores. El reestreno, entonces, se transformó en un gran ensayo general.

(La Condesa y la 613)

Varias son las facetas que han mejorado en el conjunto de la obra, desde mí primera lectura allá por los inicios del 2008 en la Sala Ítaca, entre ellas la confección de un nuevo y sugerente vestuario para la Condesa, trabajo realizado de la mano de Ana Bernal. Las gasas y transparencias elevan en un grado la capacidad de femme fatal de la actriz Begoña Blanco, que hacen suspirar en un quejido los oscuros deseos del público masculino.

Del mismo modo, tengo que señalar el positivo crecimiento experimentado por Patricia Quero, la 613, que otorga un equilibrio a la obra que otrora no lo tenía. La primera parte de la representación es suya, manejando con una hábil dialéctica los argumentos que nos posicionan contra Ersébet Báthory. Mientras tanto, afuera seguía lloviendo y el golpe de las gotas se multiplicaba con un ritmo lento y agonizante sobra la uralita, ahogando la voces de súplica de las actrices.

(La 613)

Para finalizar he de reseñar que también me sorprendió el nuevo final de la obra, en el cual la víctima termina suplantando la personalidad del verdugo, haciendo aún más honda la reflexión sobre la culpa de la acusada. En definitiva una extraordinario pugilato dialógico entre las actrices que imprimen una acertada interpretación del hermoso texto literario de Juan Manuel Romero, repleto de retazos líricos, en dónde aún me cuestiono la validez de los elementos esotéricos que emplea la 613 para devolver la vida a la Condesa.

 

Dicen que Juan Manuel Romero les dijo a Loló di´a Trives y Juan sin Credo que les esperaran para tomar algo juntos. Entonces salieron al exterior del recinto y contemplaron maravillados la espesa cortina de lluvia, tamizada con la luz mortecina de las numerosas farolas del Retiro. Dicen que fue Moisés el que les condujo con su vehículo a la tierra prometida del Café del Arte. Dicen que allí establecieron la necesidad de la existencia de un teatro alternativo a la Cultura Oficial de Gerardo Vera, José Luis Plaza y demás Grandes Funcionarios que proponen un producto comercial de fácil consumo. Dicen que después de varias cervezas y algún que otro whisky se despidieron hasta la próxima, pensando Juan sin Credo que en la siguiente ocasión sería conveniente pagar a escote las consumiciones. Así evitarían el sablazo que los vampiros malmaridados de la figurinista acostumbran a infringir a los ingenuos críticos de pluma doliente.

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