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Juan sin Credo
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El caparazólogo que lo caparazologué buen caparazologueador será.

El caparazólogo que lo caparazologué buen caparazologueador será.

 

Entre los destrozos causados en la nave intertemporal por la banda de Pedrito el Faltón y la retirada del carné de conducir por un mes, leve sanción impuesta por la Benemérita, nosotros LOS CIENTÍFICOS FUTURISTAS, no ganábamos para disgustos.

Paseábamos nuestro malestar por los alrededores de los Templos del Consumo, situados en las afueras de la Metrópoli, cuando de una patada rompimos un escurridor que se le había caído a algún despistado cliente. Nos sorprendió el líquido viscoso que manaba de su interior. Rojo mate fluía creando un gran charco donde se reflejaba, en un parpadeo incesante, la figura de nuestro inadaptado Juan sin Credo.

(De una patada rompo el escurridor)

Raudos nos encaminamos hacia nuestra Central de Alarmas para recoger la última tecnología en dispositivos de frecuencia que autentificaran la sombra de esa onduleante visión. Tal imagen significaba la asistencia al espectáculo infantil, dentro de la decimocuarta edición de Teatralia, Me duele el caparazón, dirigido por Jordi Palet Puig, el día 13 de febrero a las 18:00 en el Centro Cultural Pilar Miró. No dejando que se escurra ni una verdura más ponemos a hervir el documento de nuestro hilarante Juan sin Credo para deleite y regocijo de sus únicos y fieles lectores.


Varias son las emociones que se pueden recibir a lo largo de una jornada de descanso. Por la mañana había asistido al velatorio del padre de un amigo mío de la adolescencia. Sin embargo, para la tarde teníamos preparada una festiva jornada de Teatro familiar; además, mi florida manceba, Rivimar Saavedra de las Conesas, había quedado con una compañera suya del trabajo, auxiliar de conversación, de cuyo nombre recuerdo que era Katthy y su lugar de nacimiento, Oklahoma, acompañada de la mano de su tierna infanta, que se llamaba Luzi e hizo muy buenas migas con nuestro unigénito Francis La Ico.

(...empiece ya o el público se va...)

La sala del Centro Cultural Pilar Miro, anexa a la Biblioteca Luis Martín-Santos, es bastante moderna y a la par acogedora, conceptos que en muchas ocasiones suelen estar reñidos. La afluencia de público fue masiva, no quedó ni una butaca vacía. En general, hubo un buen comportamiento por parte de todos, tanto  de los adultos, -que las más de las veces son los peores- como de los niños. Parece ser que el pago de la entrada exige a cambio un mínimo de respeto a los profesionales. Al final, por culpa de algunos maleducados, conseguirán que nos terminen cobrando por asistir a los cuentacuentos.

De fondo, sonaba la música de Luis Miguel, muy acorde con el cercano día de los enamorados. A telón abierto se mostraba un gran semicírculo de pálidos colores. Las dos actrices, Ada Cusidó y Mariona Anglada, entraron a escena con unas enormes cajas huecas de contrachapado. Elementos que tendrán una función muy versátil en el desarrollo de la obra con la consecución de diferentes decorados, adosándose bien entre ellas mismas o bien junto a ese gran semicírculo.

(Las actrices)

Por otro lado, el vestuario, realizado por Fina Capdevila, estaba demasiado influenciado por la línea de la marca Desigual. Personalmente, me prendí por la viveza que puede tener el menaje del hogar, con un magnífico alarde de imaginación y una buena disposición manual en su uso artístico.

Escurridores, perolas de cocina, cazos de la sopa, lámparas o unas manoletinas se convierten en tortugas, cangrejos o mejillones. La trama es bastante sencilla pero con los tres pilares básicos de toda narración bien fundamentados -a saber con su planteamiento, nudo y desenlace-. Nada de experimento vanguardista que pone a los niños de los nervios y obligan a sus padres a tener que abandonar a toda prisa el patio de butacas.

(Juan y su madre)

En definitiva, una buena sesión de teatro infantil la ofrecida por la compañía catalana Farrés Brothers i cia, con un claro mensaje y un merecido final, donde el gran semicírculo de colores pálidos terminó por convertirse en una tortuga mayor, que corrigió a tiempo su enfermo caparazón al haber sido valiente visitando al caparazólogo.

Dicen que Juan sin Credo y los suyos llegaron a casa. Luzi y Francis se pusieron a jugar, Katthy y Rivimar a conversar en una lengua que él no entendía. Dicen que Juan sin Credo se puso a escribir pensando en una lengua universal que todos pudieran comprender. Dicen que llegó a la conclusión de que esa lengua no era posible y que el único lenguaje universal -donde casi todo se puede entender- es el del Teatro.

(Cartel Teatralia 2010)

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