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Juan sin Credo

DE PROFESIÓN: OBRERO DE LA REPRESENTACIÓN

DE PROFESIÓN: OBRERO DE LA REPRESENTACIÓN

 

El ahínco con el que intentamos devolver a nuestro idolatrado Juan sin Credo al justo lugar que le corresponde, nos invita a persistir firmemente en nuestro obstinado propósito de desenterrar todo su aparato crítico, allá donde vislumbremos el más mínimo resto de su ingente producción, aunque sólo se componga de algunos renglones torcidos.

Tan insistente búsqueda nos regaló entre unas crónicas de la época, al igual que algunos fragmentos de algún antiguo poema épico castellano, un breve escrito sobre la obra teatral El canto de la rana de José Sanchís Sinisterra, fechado el 14 de marzo del 2009, en la Sala El Montacargas, con Manuel Fernández Nieves, bajo la dirección de Aurora Navarro.

No queriendo más dilatar el tiempo de espera de los posibles lectores que se sumen a la fiesta nihilista de nuestro venerado Juan sin Credo, volcamos su pensamiento siempre incómodo, irreverente y pasional.

Empujado por las doctas palabras escritas de mi admirado maestro Juan Antonio López Esteve, en las que se me animaba a visitar la Sala El Montacargas y con una, cada vez mayor, reticencia a la asistencia de las obras pertenecientes al circuito institucional, producida por la lectura de la crítica oficialista latente en los textos de Marcos Ordóñez, nos acercamos a contemplar esa propuesta alternativa en donde la máscara se desnuda de los ribetes consagrados y el trabajo de actor se construye sobre un lúcido y anónimo esfuerzo alejado de las pompas y prebendas públicas.

En esta ocasión contamos con la presencia del preclaro Conde de Abascal -cuya obra más laureada es Todos los coños, el coño (Ediciones La Discreta, 1999)- y nuestras floridas mancebas. Poeta egregio, erotómano áureo, nuestro Conde pertenece a esa parte de la nobleza consagrada a la defensa de los ideales ácratas, aunque la mala prensa le tache en algunas ocasiones de procaz y libertino.

La Sala el Montacargas se ubica más allá de la jurisdicción municipal sobre las ordenanzas de parquímetros y controladores, en el barrio obrero de la margen pobre del río, en ese Madrid del mestizaje donde los antiguos colonizados ejercen de colonizadores, regentando las antiguas tabernas a ritmo de reggaeton y cerveza quilmes, elevando los tan maltrechos índices de natalidad de nuestra sociedad productiva y aspirando a un mundo mejor del que abandonaron allá en el margen pobre del océano.

La decoración de la fachada de la Sala, obra del pintor Miguel Brayda, es una seña de identidad propia que nos prepara para comprender que la actuación será diferente a lo visto en cualquier otra sala de carácter comercial. Al escenario se accede por una angosta escalera que no permite las aglomeraciones. Las butacas no son más de cincuenta y el tablado ni siquiera tiene más de diez metros cuadrados. Estamos en familia, una familia de espectadores que palpita.

El canto de la rana, obra de Sanchís Sinisterra recopilada en el libro Teatro menor ed. Ñaque (2008), resucita uno de las figuras más representativas del teatro del Siglo de Oro: Juan Rana. Dicho personaje pasó a formar parte del imaginario colectivo durante el reinado de Felipe IV y Carlos II como estereotipo del bobo en los géneros menores, especialmente en los entremeses. Muchos fueron los autores que escribieron estos textos breves en los que aparecía Juan Rana de protagonista, entre ellos Calderón y Quiñones de Benavente. Cabe destacar que este personaje estuvo encarnado en la mayoría de las ocasiones por el actor Cosme Pérez, ofreciéndose una simbiosis muy estrecha entre el actor y su máscara.

Sanchís Sinisterra aprovecha todo este material de nuestro teatro clásico y se basa en la obra de Chejov, El canto del cisne, donde Cosme Pérez aparece como un trasunto de Svetlovidov, para motor de arranque de su sugerente obra. El resto viene dado de la mano del magnífico trabajo de actor que realiza Manuel Fernández Nieves. Afincado en Galapagar, donde conduce como director la Escuela de teatro de la localidad, Manuel demuestra un verdadero dominio de los recursos dramáticos que dignifican y ensalzan su oficio.

El espacio único de la obra transcurre en el escenario del coliseo del Buen Retiro, una vez finalizada la fiesta teatral barroca, en donde probablemente se haya representado El triunfo de Juan Rana de Calderón, en 1672, tres meses antes de la muerte de Cosme Pérez. Por lo tanto nos encontramos ante la última representación que hará del personaje que le dio la fama y el dinero. Cosme Pérez se encuentra solo en esos momentos, despertándose de una enorme borrachera en homenaje a su enorme éxito. Ante esta situación entabla una conversación consigo mismo, reprochándose su figura de bufón como Juan Rana, que le ha impedido a lo largo de todos esos años representar otro tipo de papeles. En un momento determinado de la obra el propio Cosme se transfigura en Juan Rana, entablándose una situación de esquizofrenia donde no quedan muy claros los límites entre el actor y su personaje.

En la dramaturgia dirigida por Aurora Navarro la escenografía se sustenta sobre un exiguo decorado de una pequeña tarima que representa el que construyera Dionisio Mantuana para la comedia mitológica de Calderón de la Barca Fieras afemina amor. El vestuario se compone de un grotesco disfraz y unos postizos que conforman la figura de Juan Rana. Además existe un medido manejo de los medios técnicos de luz y sonido de la mano de Jota Fernández Nieves. El resto del éxito de la obra recae sobre las espaldas de Manuel Fernández.

Manuel engrandece la obra de Sanchís Sinisterra con su puesta en escena. Maneja una variada gama de registros y tonos, desde la gravedad más trágica hasta la más ridícula bufonada. Recorre el pequeño escenario no dejando ni un sólo milímetro por donde no pase su figura. Roza el paroxismo con la dualidad de sus personajes. Impregna con el olor de su fuerza de trabajo a todos los espectadores que salen satisfechos después de un velada exhausta en la que el actor ha ganado merecidamente su sustento.

Dicen que el Conde de Abascal, Juan sin Credo y sus floridas mancebas, camino de sus haciendas, encontraron una casa de postas en donde les sirvieron unas cervezas castizas madrileñas que tanto recuerdos infunde. Dicen que esos recuerdos trajeron a la conversación la fantasía infatigable del trovador urbano José María Alfaya. Dicen que despachando unos asuntos de sus estados en la Marca Hispánica, llegó a la posada del Conde de Abascal un diario noticioso que contenía cierta y grande información sobre el suceso que acaece en la Sala el Montacargas intitulado El canto de Juan Rana (ABC Cultural, 21-III-09). Dicen que se lo mostró a Juan sin Credo y éste pensó que a la escritora de dicho artículo a lo mejor le vendría bien ir a ver la función para tener una idea más completa sobre el fenómeno Manuel Cosme Rana. Dicen que Juan sin Credo recuperó su ilusión al sentir que ciertos actores se dejan la piel en su trabajo.

 

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