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Juan sin Credo

Cuéntate un cuento y verás un tormento

Cuéntate un cuento y verás un tormento

 

Científicos Futuristas, Científicos Futuristas, Científicos Futuristas

refulgía cálida la pantalla. En el puerto de Barcelona, desde el pailebote Santa Eulalia, construido en 1918 y restaurado 90 años después, había aparecido un alijo estraperlista de harina. Incautado este polvo blanco, se llevó a los hornos próximos de las atarazanas barcelonesas para cocerlo y hacer masa de pan. Al removerlo y calentarlo salió un extraño alimento que tenía en jaque a toda la marinería portuaria que iba entonando por los aledaños del Museo Marítimo famosas canciones libertarias, induciendo pues al escándalo e hiriendo los bien pensantes oídos de la alta burguesía catalana.

(Pailebote Santa Eulalia)

Temprano llegamos y nuestra nave intertemporal amerizamos. Era Juan sin Credo, el ingobernable, el iconoclasta, el santón nihilista. Su documento versaba sobre la asistencia a un cuentacuentos en la biblioteca de la Villa de Vallecas, el 23 de enero del 2010, bajo la interpretación de Fábulo, con el título de Cocinando los cuentos. Queriendo que sus únicos y fieles lectores degusten la gula en su paladar, dejamos, a continuación, en fuego lento su texto hilarante y filo-cartesiano.

Fue al profesor Senabre a quien se lo escuché, aunque sus palabras carecieran totalmente de la más mínima credibilidad, contenían un punto de justicia y equidad. Decía que nunca había hecho crítica alguna sobre un amigo suyo pues era imposible pretender ser parcial cuando existe de por medio una confianza y un legado sentimental. Algo así me pasaba con mis amigas Volvoretas. Mi decadente amistad con Zeniala me impedía coger el escalpelo quirúrgico y sanear las excrecencias impúdicas de su último número de cuentacuentos. Pensaba que, primeramente, tendría que coger otra víctima para foguearme en mi disección critica y poder, con posterioridad, afrontar mi lectura de un espectáculo de las Volvoretas más sosegado y repleto de moral. Entonces elegí a Fábulo, el cocinero de los cuentos, uno de los componentes del grupo Primigenius. Diversión garantizada.

(La aguerrida Zeniala)

Varias veces habíamos hablado de este tema con Zeniala: el bajo grado de respeto del público que asiste a un cuentacuentos y la nula asistencia de los profesionales de la sala para mantener el orden en el evento, por lo menos en la Biblioteca de la Villa de Vallecas, Luis Martín Santos. El espacio donde se desarrolla la sesión de los cuentacuentos no es ni mucho menos el adecuado. En medio de la zona infantil se encuentra una bebeteca con forma de iglú que tiene varias sillas y puffs de prolipopileno diseminadas a su alrededor, al igual que varias estanterías móviles con cuentos.

Primer error. ¿Qué hacen ahí esas estanterías? ¿No hay ningún responsable que las retire? Interesa que tanto los niños como los adultos concentremos nuestra atención en el personaje que está intentando realizar lo más dignamente posible su función. El segundo ya lo hemos adelantado ¿No debería ser obligación de los bibliotecarios la custodia y garantizar el silencio en la sala? Bien es cierto que estas actividades lúdicas han engrandado el concepto de biblioteca como lugar de estudio pero no me parece que el bibliotecario se sienta indiferente hacia una actitud de desorden generalizada. O si no que intervenga el guardia de seguridad que también está cobrando de nuestros impuestos.

(¿Garantía de silencio...o qué?)

Aún así Fábulo comenzó con el espectáculo. Su sesión se enmarca dentro de un acto de cocinar. Los elementos son la cacerola Lola, las cucharas Sara y Tamara y el mortero que pica ajo en enero y en febrero y perejil en abril, además de un morterillo que le falta medio culillo. Los demás ingredientes son la imaginación y la fantasía de los espectadores.

Después remueve que te remueve para ver qué cuento viene. El primero fue el Mostruo Peludo, un clásico que sigue a rajatabla las funciones estudiadas por el formalista ruso Vladimir Propp, en su también ya clásico libro Morfología del cuento. El menú se aderezó con unas cuantas adivinanzas, la última muy graciosa. ¿Cuál es el animal que tiene al padre en el mar y al hijito en la iglesia? Fábulo nos dio muchas pistas pero no lo adivinamos. ¿Vosotros sabéis cuál es el animal? Pues el pulpo, el padre, en el mar y su hijito, el p(ú)lpito, en la iglesia.

(Vladimir Propp)

Para entonces ya empezaba a estar todo demasiado revuelto. Padres que no se responsabilizan de sus hijos. Madres que insisten en que su hijo de un año siga permaneciendo en el cuentacuentos porque a ella sí le gusta. Y Fábulo, armándose de paciencia, remueve que te remueve para ver qué cuento viene.

2º Plato: Pipí Caca es la historia de un conejito que sólo sabe decir Pipí Caca y que es devorado por un lobo que se indigesta por tragárselo vorazmente. Empachado llama al doctor Conejo que resulta ser el papá de Pipí Caca. Al no haber sido masticado sino engullido Pipí Caca sale de la barriga del lobo indemne, además ya sabiendo hablar para sorpresa del padre, pero este dominio del lenguaje sólo le durará hasta llegar a su casa pues otra vez, bisilábico, su vocabulario se reducirá a una palabra ventosa y olorosa: ¡¡Pedo!!.

(El conejo bisilábico)

En el postre ya estaba todo desatado. Al fin, menos mal, alguna madre se fue con su niño llorando en brazos, aunque otras seguían insistiendo en boicotear la función con su mala educación dejando hacer a su hijo lo que le viniera en gana. Fábulo terminó el sabroso menú con Luna, luna, luna. Luna, luna, sol. Luna, luna, luna. Luna corazón...

Dicen que Rivimar de las Saavedras y Juan sin Credo salieron echando chispas. Dicen que pensaron poner y pondrán una reclamación por escrito y si no la pusieron fue porque su tierna criatura, Francis La Icó, tenía ya que comer y estaba un poco cansado. Dicen que saludaron con sinceridad a Fábulo, dándole la enhorabuena por esa paciencia que le ha dado dios y esperando mejor ocasión donde el público guarde el debido respeto que se merecen estos profesionales. Artistas que se ganan la vida haciéndonos disfrutar como al niño que siempre conservaremos en nuestro corazón y en nuestra memoria.

(Se aburre en los cuentacuentos)

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