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Juan sin Credo

Pujalte, Cámara: ¡¡FICCIÓN!!

Pujalte, Cámara: ¡¡FICCIÓN!!

 

Mi piadosísimo Postrergénito López:

Finalmente recabé aquellos datos que me solicitaste. Ya sabes de la formación británica de Itxi Estuñiga, pues yo como tú soy de la cepa hispana. Insiste mi diva en recordarme una y otra vez la archiconocida cinta de Shakespeare enamorado, aunque también son importantes otras obras suyas como Rosencrantz y Guildenster han muerto, cuyos protagonistas son los personajes de la obra de Shakespeare, La costa de la Utopía, trilogía (Viaje, Naufragio y Rescate) que nos muestra una reflexión sobre la literatura y el arte durante el segundo tercio del siglo XIX, Rock´N´Roll, de estreno inminente en el Matadero y, por supuesto, Realidad (The Real Thing), a cuya puesta en escena asistió el inenarrable Juan sin Credo...

(Cartel de la archiconocida película)

Una vez más aireamos la correspondencia inédita e insólita de estos dos fanáticos de la doctrina de Juan sin Credo. Idólatras de su conciencia crítica, que como ya sabemos tiene un acentuado carácter nihilista, absurdo y filo-cartesiano.

Mientras tanto, esa noche nos tomamos los Gin-Tonic más sabrosos de toda la capital pero, finalmente, el precio a pagar fue excesivo. Nuestro nave intertemporal topó con un control de alcoholemia protagonizado por la Benemérita. El vehículo presentaba todos sus papeles en regla, cuando al soplar en aquel cacharro...¡¡Se marcó en positivo un documento de Juan sin Credo!! Ante nuestro tan espontáneo entusiasmo, el señor agente nos advirtió del previo pago del importe. Cuatrocientos euros, cuatro puntos menos del carné de conducir, además de su suspensión por un mes.

(El Reglamento es el Reglamento)

Este etílico texto mostraba la visita al María Guerrero, el 5 de febrero de 2010, donde se estaba representando Realidad de Tom Stoppard, una versión de Juan V. Martínez Luciano, bajo la dirección de Natalia Menéndez. No queriendo que se derrita ni siquiera un milímetro cúbico de ningún cubito de hielo, llenamos de nuevo la copa de la vida para el deleite de los únicos y fieles lectores del embriagado Juan sin Credo.


Sonaron las trompetas de la Fiesta del Teatro. La llamada a las butacas venía convocada por el multiforme Padre de las Criaturas, el gran Juan Manuel Romero. También vi a algunos de sus hijos, Javier y Karlos, Prisioneros en Mayo por la cautividad de su especie. Del mismo modo, llegó el maestro Juan Antonio, incluso la de los precisos análisis tras una labrada experiencia como espectadora, Maritxu, amiga cercana del maestro. Por mi mano, algunos habituales, Jimena del Mar Mediterráneo y su alegre mancebo, Carso el Neperiano, mi político Bolicéfalo Saavedra de las Conesas y, por primera vez, la discreta y sencilla SoniBaMa The Teacher.

(La última del Padre)

Al entrar a medio telón, el escenario mostraba una enorme estructura de madera dividida en tres espacios, siendo el central la suma de cada uno de sus lados. A su vez, tras la segunda escena, se observaban dos alturas, aunque la superior tenía, sólamente, una función ornamental. Mareaba el vértigo constante de subida y bajada de puertas -bien de metacrilato, bien de madera- con cada uno de los cambios de las secuencias. Además el Deus ex machina, que elevaba desde el subsuelo a algunos personajes, fue, a mi parecer, una nota excéntrica que rompía en mil pedazos la verosimilitud que intenta proponer el texto principal del autor.

En cuanto al decorado, estaba compuesto por unas piezas cuadradas de goma-espuma abatibles, que se convertían bien en camas, en sofás, butacas de tren o mesas de estudio....En fin, excesivo alarde de ahorro, aún en los tiempos que corren, de mobiliario realista. Sorprendieron, con una aportación en un punto desestabilizadora, las mozas de cuerda -al estilo Burguer King sobre todo por sus gorritas de visera-, desplazando, en la oscuridad del telón abierto, dichos cubos de un lado para otro.

(El autor)

En cambio habría que resaltar, positivamente, la técnica audiovisual, la cual está muy elaborada. La imagen embauca, sobre todo, como es el caso, si el texto tiene tanta sumisión a la tiranía del cinematógrafo. El paso del tiempo con las inclemencias meteorológicas de fondo sobre el árbol que se despoja de sus vestiduras para volver a renacer me pareció un gran acierto. También me gustó el fuego de la chimenea, cuando se aumenta el zoom. Fuego que queda remarcado, a su vez, con un potente foco de luz naranja, llegando casi a incendiarnos las pupilas.

Asimismo, se debe subrayar la ambientación musical -viga maestra de la dramaturgia- concatenada de forma magistral con el texto dramático. Todo el imaginario pop anglosajón de los años ochenta, -desde la apertura con Karma Chameleon de Culture Club, hasta el cierre con Rama lama ding dong de Rocky Sharpe and The Replays- se encuentra destilado, acorde tras acorde, durante el transcurso de la obra. También aparecerán algunos otros fragmentos de música clásica de Vivaldi, Strauss o Verdi.

(El actor)

Continuando con el vestuario, se puede decir que era elegante, moderno y muy variado. Destacarán los trajes sobrios de Javier Cámara y los vestidos sugerentes de María Pujalte, en seda, lino y algodón. Estupendo trabajo el realizado por la figurinista María Araujo que ha sabido leer la actualidad del texto buscando en los almacenes comerciales de las grandes firmas sin tener que acudir a una confección de elaborados diseños.

Tratándose del elenco, elegiría la fascinación que ejerció el trabajo de Javier Cámara. Metido hasta la médula en la piel de su personaje, Henry, fue capaz de transmitir, en menos de dos horas, la transformación de un individuo carente de sentimientos en otro más humano, más cercano, gracias al amor que emana de los otros, especialmente el del personaje de Annie, interpretado por María Pujalte, -magnífico contrapunto para la plena identificación actoral de Javier-. Me pareció significativa la escena, casi al final de la función, cuando, en un segundo plano, se ve, proyectada sobre el público, su sombra abatida. Signo de su rendición ante la inevitable evidencia de la promiscuidad de su amante, una debilidad surgida por medio del interés que le suscita un ser humano que no está dentro de él mismo.

(Los principales)

De los otros actores, apunto la buenas maneras que se vislumbraban en la jovencísima figura de Patricia Delgado, Debbie. A pesar de su escasa participación –un único cuadro- aprovecha muy bien su oportunidad. No se cebó en su papel de niña bien venida a macarra, para así llevar la contraria a unos padres liberales que nunca la atendieron con verdadera afectividad. Sin embargo, he de comentar que Juan Codina se puso el listón muy alto con su excelente interpretación la temporada pasada de don Igi, el Indiano, en La cabeza del Bautista y en esta ocasión le cuesta impregnar de veracidad a su personaje Max.

En definitiva, buena dramaturgia de una difícil obra, debido a los múltiples escenarios que contiene, de Tom Stoppard, con un mensaje existencial cifrado en la evolución de un individuo, desde su primitiva identidad ególatra hacia una dualidad que le configura una actitud aperturista del Ser, donde, finalmente, la fidelidad se convierte en un ideal carente de significado y prima un amor incondicional que supera cualquier tipo de convencionalismo social.

(La dramaturga)

Dicen que Juan sin Credo había estado entretenido contemplando la función de Realidad. Dicen que pensó qué distintas experiencias se sienten en los mismos lugares y si hace mes y medio había salido despotricando decepcionado de Bodrios de Sangre está vez estaba más satisfecho. Dicen que sólo un cuarteto no hace soneto pero sí si son dobles, aunque no hubo terceto, pues echaron de menos a los Condeses de Abascal. Dos botellas de vino del Bierzo, apellidado Utaris, y dos copas de más les hicieron de menos y a las dos se marcharon los dos, el político Bolicéfalo y Juan sin Credo cada uno por su lado. Los otros dos vieron a otros dos vestidos de verde marciano con un extraño aparato en la mano. Dicen que Jimena del Mar Mediterráneo le dijo a Juan sin Credo que ese extraño aparato en realidad, no de Stoppard, se llamaba alcoholímetro.

(Por un mal soplido)

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