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Juan sin Credo

La plenitud plomiza de un océano con ronquera

La plenitud plomiza de un océano con ronquera

 

Queríamos aprovechar el acueducto de la vigilia de la Inmaculada Concepción para disfrutar de unos días de asueto y así alejarnos del mundanal ruido de la Gran Urbe, pero justo en el momento en el que iniciábamos el despegue de nuestra recién remodelada nave intertemporal: -TELÉFONO, TELÉFONO, TELÉFONO-

Repetitivo y urgente. Admonitorio. Quizá no deberíamos haberlo descolgado. Pudo más nuestra curiosidad y la confianza en que se tratara de un posible descubrimiento textual de nuestro idolatrado: ¡¡ el insoportable e ineludible Juan sin Credo !!

(Perspectiva exterior de La Olmeda)

El dispositivo localizador de emergencia nos mostraba una desesperada llamada originaria de Saldaña (Palencia). Con motivo de su ochenta cumpleaños, la ciudad estrenaba una escultura del descubridor de la villa romana de La Olmeda, fallecido el pasado tres de marzo, Javier Cortés. Fue el director de las excavaciones el que se puso en contacto con nosotros.

En el ala-izquierda de la villa, dirección sur, un enigmático mosaico mostraba unos símbolos inextricables nunca antes vistos. La organización de la efeméride pretendía ofrecer un completo homenaje al austero arqueólogo con el desentrañamiento de ese complejo galimatías de teselas policromadas. Desembarcamos nuestra más potente parafernalia de instrumentos medidores de frecuencia que mostraron unos algoritmos inequívocos del significado de tal mosaico.

(Mosaicos jeroglíficos)

Inmerso en ese jeroglífico de formas geométricas y vegetales se escondía otro valioso documento de nuestro denostado y libertario Juan sin Credo. Este último versaba sobre un recital escénico realizado por José Luis Gómez, con textos de Juan Ramón Jiménez, el 3 de diciembre del 2009, en la Sala Abadía, bajo el mismo título de una de las obras cumbres del Premio Nóbel de 1956, Diario de un poeta recién casado. Sin querer faltar una tilde a la verdad cedemos el espacio a las nihilistas palabras del ingobernable para gusto y regocijo de sus únicos y fieles lectores.


De mucho tiempo atrás me venía mi acendrado juanramonismo. Siempre tendré presente aquel poema del libro Eternidades que comienza Intelijencia dame el nombre exacto de las cosas, donde el poeta busca la precisión conceptual en la maraña agónica de lo inefable. Por este motivo, cuando vi anunciado en el libreto de la temporada del quince aniversario del Teatro de la Abadía el recital escénico de José Luis Gómez, sobre textos del Diario de un poeta recién casado, no dudé ni por un momento en que asistiría a dicho espectáculo.

(Logotipo 15 aniversario)

El caso es que cuando me quise dar cuenta apenas quedaban entradas y nos tocó sentarnos en la última fila, esquina derecha del escenario de la Sala Juan de la Cruz. No se nos ocurrió mejor idea que el acercanos con el monovolumen a la calle Fernández de los Ríos en hora punta, vísperas del puente de la Inmaculada. Entonces se nos apareció la virgen y aparcamos cerca de la puerta, cinco minutos antes del comienzo de la función.

Finalmente nos sentamos algo azorados y la espectatriz que estaba junto a mi butaca leía, sosegadamente, la selección de poemas del Diario realizada por Luis Muñoz para el audiolibro (y la tan excelsa ocasión), editado por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales y disponible en el Ambigú del teatro.

 

(El actor y director)

Le pedí, amablemente, que me lo dejara ver, razón a la que no puso ninguna pega y me confesó que era una estudiante de la RESAD, con un trabajo pendiente sobre José Luis Gómez. Mi ignorancia de novicio hizo que no le pudiera responder en ese momento. Ya debería estar pensando sobre la estulticia proverbial de la raza ibérica cuando, afortunadamente, el compañero de butaca me lanzó un capote y salvó la dignidad herida con unas cuantas frases acertadas acerca del origen, devenir y advenimiento de tan famoso actor y director.

Pues quién no se precia de haber visto alguna vez en su vida la película, basada en la obra de teatro del mismo nombre perteneciente a Jose Luis Alonso de Santos, La estanquera de Vallecas dirigida por Eloy de la Iglesia y protagonizada por Emma Penella, José Luis Manzano, Maribel Verdú y nuestro querido José Luis Gómez.

(Cartel de la película)

Sonó el aviso del comienzo y se apagaron las luces. Una pasarela recorría en vertical el escenario que desembocaba en una mesa, con dos sillas, ambas de madera, flanqueada por dos maniquíes de costura negros. Detrás de la mesa, una ventana rectangular, dividida, a su vez, por doce rectángulos menores, que serviría para proyectar, primeramente, una imagen de un joven Juan Ramón Jiménez.

Antes de continuar con la narración de los hechos, me gustaría dejar claro lo que humildemente entiendo por Producto Cultural de Consumo. Intentaré ser breve, pues mucha teoría desbarajustaría la intención última de mi crítica, aunque creo que esta precisión resultará beneficiosa para comprender con mayor exactitud el tipo de espectáculo al que asistimos.

En mi opinión, un Producto Cultural de Consumo es un tipo de espectáculo creado con fines comerciales, en donde la hondura metafísica del arte no importa ni un bledo. El más allá, la posible trascendencia de lo observado se sacrifica en aras de un entretenimiento vacuo sin otro interés que el propiamente lúdico. Ni lo alabo, ni lo denuesto, simplemente lo confirmo.

(Ferrocarriles de época)

Hecha esta salvedad retomo el hilo de la función cuando una vez apagados los focos se encendió la palabra. Una palabra cálida, que enternece y nos acaricia risueños, hablándonos de deseos, esperanzas y reencuentros. Una fuente de voz que emana sin fin, eterna, compacta. Un ritmo más otro ritmo más otro ritmo incesante, salpicado de melodías de época, sonidos férreos de ferrocarriles sin freno, bocinas de automóviles y sirenas de vapores transatlánticos. Una voz que se apaga, como los focos de la sala, ronca y triste que resquebraja el encanto de la palabra poética, asesinada por una maldita carraspera.

José Luis Gómez se muestra valiente al echarse sobre sus hombros todo el peso de una selección que destaca por el detenimiento en el viaje marítimo del poeta. Caracterizado con un sombrero de ala y un abrigo oscuro de tres cuartos, el actor apenas se levanta de una de las sillas y cuando lo hace sorprende con la mímica de la barra de la borda del barco.  Mientras tanto en la ventana se ofrecen contrapuntos grises de un mar de nubes plomizas y al final se verá iluminada con un retrato de la paciente Zenobia.

Por otro lado, los pacientes espectadores aplauden raudos en un espectáculo que fue de más a menos, vencido por la traición de una posible afonía, que de seguir así los responsables del evento se verán obligados a suspender las sesiones programadas para la semana siguiente en el Corral de Comedias de Alcalá de Henares.

(Nubes plomizas)

Dicen que Juan sin Credo le dio su correo electrónico a la estudiante americana para poder responder con más detenimiento (por no decir con chuleta) a la entrevista sobre José Luis Gómez. Dicen que al salir, su florida manceba, Rivimar le regaló el audiolibro del Diario, cercano el aniversario de su natalicio. Dicen que Juan sin Credo tuvo ya muy claro el valor y precio del auténtico Producto Cultural  de Consumo al que habían asistido de un euro por minuto.

(La joven y paciente Zenobia)

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