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Juan sin Credo

No hay mayor prisión que la de un alma oscura

No hay mayor prisión que la de un alma oscura

Habíamos decidido descansar unos días agotados mentalmente por la obstinada tarea que supone la constante reivindicación del más acendrado crítico nihilista, nuestro querido Juan sin Credo. Apacentábamos en la plácida campiña, alejados del bullicio y estrépito de la corte, con un fondo de álamos y ruiseñores. Las últimas nieves se derretían en el baño suave de las tímidas caricias de un sol todavía tibio y los arroyuelos corrían gozosos de sentir el abrazo de su cauce. Sentados a la vera de uno de los innumerables chorros de agua, promiscuos en estas estribaciones de la sierra de Gredos, con esa tranquilidad pasmosa de un tiempo que se detiene, vimos como, sorprendentemente, cedía por el peso manso del agua una enorme bola granítica que rodó despacio hacia donde nosotros nos encontrábamos, con unas extrañas inscripciones talladas en todo su voluminoso cuerpo. Cual sería nuestra enorme satisfacción al descifrar tales garabatos como uno de los escritos más codiciados del tan denostado cartesianista radical.

En esta ocasión se trataba de una reflexión sobre la obra del sensacional Juan Manuel Romero, puro espíritu poético de la dramaturgia española en las primeras décadas del siglo XXI, bajo el título Prisionero en mayo, con Javier Santodomingo, Marta Alonso y Karlos Aurrekoetxea, el 8 de abril de 2009, en la Sala Guindalera.

Como siempre no queriendo retardar ni el más mínimo de nuestros caracteres, ya damos paso a la fiesta nihilista de nuestro idolatrado Juan sin Credo.

Todo aquel ilustrado que se precie de conocer los primeros estadios de la lírica hispánica debe de saberse de memoria los primeros versos del Romance del prisionero, aquellos que comienzan Que por mayo era, por mayo... y que nos hablan sobre la soledad del prisionero cuya única compañía era una avecilla que termina atravesada por la flecha de un ballestero. Pues bien, es este romance bellísimo de nuestra tradición -donde el tema de la libertad actúa como metáfora central de la composición- el motor de arranque de la dramaturgia poética, repleta de sensibilidad, de nuestro joven, pero avezado, Juan Manuel Romero.

La acción se sitúa en un único espacio, que como no podía ser de otra manera es la celda de una prisión. La utilería es austera, apenas dos camastros desvencijados, con unos números a sus pies (54-46, 54-47), tres butacas, una máquina de escribir, un radiocasete prediluviano, una tabla de parchís, una cafetera, unos corchos en equilibrio y una bombilla. Del mismo modo, la música es acertada con un tema con raíces countries, que sirve de telón, y otro par de ellos anclados en el ritmo del reagge, como también está bastante orientado el manejo de la luminotecnia.

A partir de aquí, la maquinaria de los sueños comienza a funcionar. Muchas veces el espectador se preguntará para qué acude al teatro. Va para divertirse y lanzar unas cuantas carcajadas a destiempo, va para leer concienzudamente un texto espectacular que le sirva de sostén a su sufrido intelecto, o va simplemente a sumergirse en un torbellino onírico que le aparte durante un breve espacio de tiempo de la prosaica realidad que le circunda.

Mas bien nunca se sabe, sólo depende de qué tipo de obra haya elegido, si la obra que ha elegido la ha realizado Juan Manuel Romero seguramente que el espectador lo mejor que podrá hacer es ponerse a soñar y volar libre con su imaginación hasta los confines infinitos de todos y cada uno de los códigos culturales que pone en juego magistralmente la mano de su autor.

Después de la elaborada orgía sangrienta teñida de estética gótica de su último título Bathory y la 613, Juan Manuel cambia radicalmente de registro, aunque sólo sea en las formas, para mostrarnos el pensamiento de Abel, un místico y sentimental recluso, que verá como se transforma su pacífica existencia, hasta llegar a perder la comprensión de su amada que en alguna ocasión va a visitarle, al tener que convivir con Enric, un afamado y psicótico asesino, encarnación de la figura real de Charles Milles Manson.

Como veníamos diciendo, el cronotopo de la obra se sitúa en un tiempo anterior a la era informática, por los enseres electrónicos que se emplean, en una prisión de provincias y digo de provincias por la relación tan estrecha que se establece entre los reclusos y la carcelera -la cual sufre el síndrome de Estocolmo a la inversa- al tomar el café y jugar al parchís juntos.

En la primera escena de la obra aparecen Marta Alonso, en el papel de carcelera, con Javier, desempeñando el papel de Abel, nombre con una fuerte reminiscencia de sometimiento a la palabra de Yaveh, charlando amistosamente sobre la llegada del nuevo compañero de celda. Éste será Enric, figura que representa Karlos, que sufre una patología de un exacerbado complejo de superioridad, alentada por la ingente repercusión mediática que tiene su personalidad y que será el encargado de proporcionar los momentos más hilarantes de la representación.

La relación entre los presidiarios se va construyendo desde una dificultad inicial hasta una colaboración mutua, a raíz de la escucha magnetofónica de una de las miles correspondencias que recibe Enric. La voz de Eduardo, personaje también bastante trastornado que solicita el apoyo de Enric, cautivará el espíritu solidario de Abel hasta convertirse en esa avecilla que le hace superar ese encierro físico que le atormenta.

La tensión dramática irá en aumento en un juego de respuestas y preguntas hasta que al final Eduardo comete un matricidio y un fraticidio, gracias al empuje provocado por Enric, que ha contestado una de las cartas a las espaldas del bueno de Abel. Este acto infame será el detonante de la transformación de Abel que agrede con toda su rabia a Enric al sentirse traicionado.

El final de la obra se presenta de nuevo con la soledad de Abel en la celda hablando con la carcelera, esta vez vestida de civil, en un situación de un flirteo imposible, y por último con un retazo de metateatro cuando el actor que encarnaba a Enric se presenta ante Abel como el actor que va a desempeñar su papel en la ficción, superándose asímismo en su propia representación.

En definitiva un magnífico texto escénico donde las palabras del autor se convierten en jirones de niebla que salen mutilados por la boca de los actores y el espectador sale preguntándose en qué lugar de su corteza cerebral se ha perdido la pieza del gigantesco rompecabezas ético que plantea Prisionero en mayo.

Dicen que Juan sin Credo salió satisfecho de la enorme calidad que proyecta la compañía de teatro Vuelta de Tuerca en todo su conjunto. Dicen que a Juan sin Credo le hubiera gustado saludar con mayor efusividad a Juan Manuel Romero pero también dicen que se le adelantó un critico de primera que terminó por diluirse en los túneles de la línea 5. Dicen que Juan sin Credo a estas cosas no les da importancia porque él conoce su necesidad de crecimiento y la enorme calidad que proyecta. Dicen que Juan sin Credo estuvo haciendo cábalas acerca del número 54-45, pensando a que preso le correspondería. Dicen que ese prisionero era el público, las ochenta localidades de la sala Guindalera más uno: Juan sin Credo.

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